1-5. Vida en Marte

Me puse a escuchar Bowie mientras escribo al filo de la medianoche. Life on mars. “Oh man, look at those cavemen go/ It’s the freakiest show/ Take a look at the lawman/ Beating up the wrong guy/ Oh man, wonder if he’ll ever know/ He’s in the best selling show/ Is there life on Mars?” (“Mira como se van aquellos hombres de las cavernas/ Es el mayor espectáculo de monstruos/ Echa un vistazo al representante de la ley/ Dándole una paliza al tipo equivocado/ ¡Oh cielos!/ Se pregunta si (él) alguna vez sabrá/ Que está en el espectáculo que más vende/ ¿Hay vida en Marte?”).

Se está celebrando un aquelarre en redes sociales y en despachos. La parte por el todo. El general por la legión. El director por la función. El alineador por los alineados.

Luis Carrión será –con casi total seguridad- sacrificado esta misma madrugada, mañana o pasado. Si no ha sido despedido ya.

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Yo no me alegro porque lo considero un amigo –él, de hecho, así me ha llamado en la que puede ser su última rueda de prensa como entrenador del Córdoba-. Pero tampoco debería alegrarse nadie de nada de lo que está pasando. Ni siquiera su más furibundo detractor debería congratularse de lo que va a suceder. Primero, porque un despido es como la fiebre que indica una grave enfermedad y, de paso, también es un cartucho ya usado; segundo, porque cualquiera que vea fútbol con frecuencia reconocerá que los impropios errores de los jugadores –de jugadores profesionales, me refiero- son mucho menos achacables a cuestiones de técnica o táctica y mucho más a falta de actitud y, en algunos casos, de aptitud; tercero, porque en el fondo si usted que le ha gritado tiene un trabajo y una familia sabrá lo traumático que supone cualquier despido (Y no me vale que me diga lo de que va en el sueldo, porque ni por todo el oro del mundo querría sentirme como Carrión en estos momentos).

Dicho esto: Luis Carrión debe dejar el banquillo del Córdoba. Primero, lo más peligroso, porque ha probado todo y casi nada le ha salido esta temporada; segundo porque el equipo no compite nada más que cuando tira de casta –algo no demasiado frecuente y desde luego nada continuado- y ha naufragado en casi todos los encuentros tácticamente; tercero porque queda mucha Liga y el Córdoba necesita –creo- otro perfil de entrenador para salir de Segunda B; cuarto porque aprecio sinceramente a Carrión y creo que no merece seguir pasándolo tan mal.

¿Habrá vida en marte? ¿Habrá un mañana para el Córdoba tras este 1-5? A la primera pregunta, seguro, porque Ziggy Stardust fue tan real como el glam; a la segunda, me figuro que la catarsis dará lugar a un futuro distinto. Ojo: ni mejor ni peor. Distinto. Ay.

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2-0. Mañana es viernes

Venga, mañana es viernes. Ya podéis pensar en escapar de vuestra realidad. En marchaos con vuestra familia, amigos, amante o con quien os dé la gana bien lejos. O bien cerca, que muchas veces estar cerca es estar muy lejos. Podéis huir a la playa o a la montaña. Podéis hacer un perol si os mola el cordobitismo o bien –dado que el verano nunca se acaba- tomaros un espeto en Fuengirola. Gloria pura siempre.

Pero iros. Por favor. Aunque sea en sentido figurado si no os lo podéis permitir o no os sale de los huevos.

Evadíos y desconectad, porque no os merecéis el reconcomio cotidiano. Ni os corresponde entrar en discusiones, ni en debates. Ni tampoco que os comáis la cabeza.

Este Córdoba será lo que su Destino quiera. Y estaremos ahí para verlo.

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A este equipo, y escribo ya de lo de Lugo, le habíamos visto fracasar de varios modos. Generalmente, o al menos mis inexpertos ojos así lo detectaron, por culpa de la falta de acierto o de intensidad de sus jugadores. Esta vez, insisto: esto es lo que ven mis inexpertos ojos, creo que quien se equivocó fue el entrenador. Carrión dispuso un once inteligente que, de hecho, contuvo a su rival durante todo el primer tiempo sin por ello renunciar a merodear el área contraria. Es lo que todo estratega desearía. Contener y exponer. Plan perfecto. Sin mojar, pero perfecto.

Pero en el segundo tiempo los cambios trastocaron esos planes y destinaron al equipo al fracaso. Ni Javi Galán ni Aguza mejoraron a Markovic y Javi Lara. La salida del campo del montoreño –si no estaba agotado o tocado- no se explica teniendo en cuenta lo inseguro que es el meta del Lugo, Juan Carlos, a balón parado.

Y el equipo se descompuso. Buena muestra de ello una acción en la que el Polaco Fydriszewski –de aquí en adelante “Polaco” a secas- tuvo tiempo de caerse, levantarse y disparar al larguero mientras Caro le miraba y casi le ayuda a que se incorporara. Esa fue la tónica del segundo acto. Darle toda la libertad del mundo al mejor jugador del Lugo, Campillo, y permitirles todas las acciones que desearan desde que pisaban campo del Córdoba. Y así, un equipo en el que sus delanteros aún no han marcado, le metió dos al Córdoba. Uno fue un error individual –de Fernández- y en el otro había un jugador en fuera de juego. Pero de eso nadie se acordará porque nadie echará de menos la justicia cuando recuerde este Lugo-Córdoba.

Por eso, ya que es jueves… márchese antes del domingo y haga acopio de energía para ver el partido ante el Nàstic. Viva, respire, coma, beba, ría… yo no puedo confiar ahora mismo en que este Córdoba cortito de prácticamente todo lo que hace grande a un equipo pueda hacernos felices con la frecuencia que requiere un aficionado a un equipo de clase media-baja. Coño, que también tenemos nuestro corazoncito.

Panamá, Estados Unidos y el segundo incidente de la tajada de sandía

Panamá se clasificó el martes por vez primera para un Mundial. Lo hizo en un final de hexagonal Concacaf tan surrealista como el que le dejara fuera de la anterior Copa del Mundo. Si en 2013 la “Sele” entrenada por Dely Valdés se quedó a minuto y medio de colarse en Brasil’14, esta vez el destino le compensó el trauma. En las dos ecuaciones, un adversario común –Estados Unidos- y el recuerdo de un suceso absurdo que llegó a costar una guerra: el incidente de la tajada de sandía.

A mediados del siglo XIX Panamá no era independiente. Formaba parte, junto con Colombia, del Estado de Nueva Granada. Los Estados Unidos, en pleno proceso de formación como imperio y conocedores de la importancia de controlar el Istmo de Panamá, consiguieron en el Tratado Mallarino-Bidlack el monopolio en la construcción de ferrocarriles en la región y, de paso, se aseguraron la potestad de intervenir militarmente en el país centroamericano si les daba la real gana (como todo lo que han hecho en los últimos tiempos, realmente).

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Pues bien, en el marco de ese acuerdo –abril de 1856- un gañán norteamericano llamado Jack Olivier estaba de farra en Ciudad de Panamá con sus compinches con una tajada como un piano esperando para volver a embarcarse rumbo a Nueva Orleans cuando decidió acercarse a un puesto de fruta regentado por un tal José Manuel Luna para comprarle una tajada de sandía. El yanqui se la zampó y le hizo un “simpa”, jactándose del hecho –no es difícil imaginárselo- y amenazándole con un colt. Lo que no esperaba el embriagado Jack era que los vecinos tomarían sus cuchillos, fusiles y hasta piedras y se ajustarían sus sombreros pintados y panamás para tomarse la justicia por su mano. En el fondo, subyacían las diferencias entre una sociedad racista y en la que todavía era legal la esclavitud y otra en la que se había abolido apenas unos años atrás y en la que mestizos, mulatos y negros vivían con normalidad.

El caso es que los acongojados norteamericanos tuvieron que refugiarse en la estación de ferrocarril, pero no consiguieron frenar el instinto homicida de los panameños, que mataron a catorce y comenzaron una oleada de saqueos y pillajes en comercios regentados por estadounidenses. El asunto se convirtió en “casus belli” para el gobierno de Franklin Pierce, que autorizó el envío de un contingente para “salvaguardar” sus intereses en la zona. Al final, la tajada de sandía –que costaba unos 50 céntimos- permitió a los Estados Unidos invadir de manera “legal” Panamá, también que Nueva Granada le cediera algunas islas menores y pagara una indemnización por las víctimas del incidente y, de paso, aumentar los resentimientos de su población.

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Pues bien, han pasado 161 años de ese incidente y –afortunadamente- Panamá y Estados Unidos solo están en guerra cuando se juegan meterse en un Mundial. En 2013 el equipo entrenado por Jürgen Klinsmann estaba ya clasificado en la última jornada del hexagonal y se dejó llevar en el estadio Rommel Fernández durante 91 minutos. Hasta ese momento, los panameños estaban clasificados para el Mundial de Brasil, y México, que perdía ante Costa Rica, fuera. Pero un cabezazo de Zusi y un derechazo de Johannson dejaron helados a los habitantes del país tropical. México, sin merecerlo demasiado, se coló en la repesca ante Nueva Zelanda (que luego solventaría favorablemente).

Este martes cambiaron las tornas. Estados Unidos, Honduras y Panamá se jugaban el pase y los norteamericanos tenían todas las de ganar porque se enfrentaban a la eliminada Trinidad y Tobago. Pero cayeron bien sorprendentemente -2-1- y únicamente podían esperar que sus rivales no cumplieran con su cometido. Honduras remontó dos veces ante México en San Pedro Sula para ganar 3-2 mientras que Panamá, que también empezó perdiendo ante Costa Rica, acabó remontando gracias a un gol que nunca llegó a entrar de Gabriel Torres y a otro que sí fue totalmente válido de Román Torres.

A los norteamericanos “socceros” les ha sentado fatal quedar eliminados por primera vez de un Mundial antes de que empiece desde 1990. Quieren recurrir a la FIFA buscando incluso que se repitiera el partido de Panamá por el gol fantasma que les dejó fuera (ya se repitió por algo parecido otro entre Sudáfrica y Senegal).

No obstante esta vez, parece, sí que pagarán la sandía.

Fuentes:

https://revistas.unal.edu.co/index.php/achsc/article/viewFile/16859/19205

3-0. Recalcitrantes

No creo en la obstinación como camino hacia ningún sitio. Ser recalcitrante –o parecerlo- no debería enorgullecer a nadie. El error es hermoso y reconocerlo y corregirlo, sublime.

Hay muchos cordobeses –ciudad, no solo hablo del fútbol- que confían más en las etiquetas que en el análisis. Que prefieren asumir un rol y que los demás asuman el suyo para no tener que detenerse a reconocer que no todo es blanco ni negro. Que viven con miedo al cambio. Por eso, en parte, creo que la convivencia en esta ciudad no es todo lo buena que debería para todas las posibilidades que tiene. Dicho finamente.

gol

En la mesa y en el juego se demuestra al caballero –dicen-, así que… en la grada, la verdad. Y la verdad de ayer, de hoy y de casi siempre es que El Arcángel sigue castigando al mismo mientras perdona a terceros que pueden tener mucha más culpa de sus males. Que Carrión se ha convertido en la bruja mientras el tren sigue rodando. Que aquí muchos siguen pensando que somos el equipo que nos prometieron hace dos años y que llevamos dos temporadas sin ver.

No comprendo –desde el máximo respeto, que se suele decir- la enorme pitada de hoy a Luis Carrión. Mucho menos teniendo en cuenta que con los jugadores se hizo tabla rasa, obviando que fueron sus errores individuales –mucho mayores que los que pudiera cometer su técnico al ponerlos en el campo- los que nos hicieron sonrojar en Valladolid o Granada.

A Carrión ya se le ha condenado hasta el extremo –esto no lo había conocido yo en esta ciudad- que parece que cuesta concederle ni el más mínimo mérito de lo logrado ¿Que el Alcorcón fue un desastre? Lo acepto, pero si me compráis que únicamente vino a por el empate a cero y acabó recibiendo tres goles. ¿Que dos de los goles fueron regalos? De acuerdo, pero entonces… ¿qué méritos hicieron Granada y Valladolid para ganarnos si les dimos el triunfo en bandeja?

Ante el Alcorcón se silbó hasta con 3-0 a favor porque no se buscaba con ahínco un cuarto frente a un rival sin portero.

En Segunda, parece mentira que tenga que escribirlo, lo único que cuenta es ganar. Ser regular es lo que te hace subir y vencer de tanto en cuanto es lo que te garantiza salvarte. El Córdoba, si gana de higos a brevas –uno de cada tres partidos, por ejemplo- seguirá el año que viene en el fútbol profesional. Exigirle más de una permanencia holgada a esta plantilla –con o sin Carrión al frente, ojo- es hacerle un flaquísimo favor.

¿Es bajar el nivel? Claro, pero es que el nivel lo han bajado quienes han ido confeccionando la plantilla temporada tras temporada. Tras el mayúsculo error de enero de 2016 todo lo que le llegue a este Córdoba de bueno será desde su condición de equipo de clase media de la categoría. Lo que, por otra parte y dejando al margen la mala gestión en el aspecto social y deportivo de González en los dos últimos años, le corresponde por historia.

Que cada palo aguante su vela, pero tengo claro que enrocarse en una postura tanto en la victoria como en el empate o en la derrota no conduce a nada. Sobre todo si pretendemos progresar como afición y como club.

La Furia Española que irritó al moribundo Franco

Hoy como en 1570 y como en 1975. A ver. La propaganda nació en los Países Bajos en el siglo XVI cuando las tropas del traidor –porque traidor fue aunque allí se le conozca como libertador- Orange se valieron de la imprenta y del apoyo de los ingleses y franceses para desprestigiar al Imperio de los Austrias. En una teórica Liga de barbaridades los tercios de Flandes que comandaría el Duque de Alba –que aunque allí todavía asocien al coco no fue ni tan cruel ni tan taimado- empatarían con los Mendigos del Mar calvinistas que apoyaban a los rebeldes que se querían sacudir el control de Felipe II a través de lo que se convirtió en una guerra civil.

Sin embargo, a partir de ese conflicto se identificó a España internacionalmente con tierra de barbarie y a los españoles como ignorantes furiosos. El término “Furia Española”, de hecho, se gestó tras el saqueo de Amberes de 1576. Un acto protagonizado por unos tercios en los que, normalmente y por su condición de tropas imperiales, no había más de un diez o quince por ciento de españoles, por cierto.

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Futbolísticamente también fueron los neerlandeses los que bautizaron peyorativamente a la selección española como “Furia”. Sucedió durante los Juegos Olímpicos de Amberes. El diario francés L’Auto tituló con un “Dinamarca derrotada por la furia española” el estreno del equipo de Zamora (0-1, por cierto), pero fue el diario holandés De Telegraaf quien equiparó el juego duro de los españoles con el salvajismo de los tercios en el siglo XVI. Curiosamente, aún en ese 1920 los católicos sufrían una discriminación en Holanda que les obligaba incluso a montar equipos de fútbol distintos al margen de los protestantes –verzuiling se llamó a ese complejo proceso social-.

España siguió siendo sinónimo de Furia para los aficionados al fútbol hasta prácticamente la llegada de Luis Aragonés al banquillo. Era un término que no disgustaba a los aficionados y que al régimen que tiranizó desde el Estado durante 36 años le venía estupendamente para destacar la estirpe imperial, el rancio abolengo de la raza y demás milongas.

Pero hubo una vez que el término Furia Española irritó a Franco. Sucedió el 11 de julio de 1975 cuando fue estrenada la película “Furia Española” dirigida por Francesc Betriu. Un largometraje que abordaba en palabras del director una trama “típica de aquí: los inmigrantes más o menos integrados y el papel que desempeña el Barça como representante máximo de integración en Cataluña”. La historia en realidad narra las peripecias de una andaluz (Cassen) cuyos grandes pasiones son el club culé y las prostitutas.

El caso es que la película –que podría haber sido una más de la época del destape- generó tanta polémica que fue confiscada y prohibida, aunque cuando el festival de Cannes pidió el rollo para su exhibición el Ministerio de Información y Turismo de León Herrera negó la existencia de la película. Tan surrealista medida provocó la reacción de los críticos de cine españoles, que firmaron una petición exigiendo la liberación de la cinta.

Al final la película –convenientemente retocada por la censura- fue proyectada por primera vez en el cine Olympia de Valencia en julio de ese 1975 con gran escándalo en la ultraderecha y amenaza de bomba incluida.

No sé si este popurrí histórico-pelotero tiene alguna moraleja o enseñanza, pero sí que tengo claro que cuanta menos Furia y más fútbol tenga la selección mejor nos lo pasaremos.

Fuentes:

Goles y Banderas. Fútbol e identidades nacionales en España, de Alejandro Quiroga Fernñandez de Soto (Marcial Pons Historia).

Imperiofobia y Leyenda Negra, de María Elvira Roca Barea (Siruela).

El bigotillo de Iñaki. 4-1.

El otro día mientras me cortaba el pelo, en lugar de pensar en cosas dulces y tiernas o de entregar mis sentidos a las expertas manos del peluquero y el relajante sonido de las tijeras, se me vino a la cabeza el grupo Glutamato Yé-Yé. Su líder, Iñaki Glutamato, gustaba de adornar su rostro con un bigotillo recortado a lo Adolf Hitler que resultaba ideal para, en esos tiempos tan convulsos y gamberros, generar toda la polémica posible –en uno de sus conciertos se le puede ver arrojando panes al público con una bandera del Atlético de Madrid de fondo-.

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Iñaki no era nazi, pero llevaba ese bigote. Su aspecto, impostado, le hacía parecer lo que no era.

El Córdoba tuvo una barba frondosa a la que le han ido pegando bocados de aquí y de allá. En su momento fue un equipo de Primera antes de pasar a ser candidato real al ascenso y luego un outsider. Así ha sido su evolución en los últimos tres años. Ahora es uno más de la categoría. Uno de los muchos que puede subir –sí, matemáticamente es posible después de la jornada siete- y que puede bajar –la cruda realidad es que todos estamos acojonados-. Es el decimosegundo en cuanto a tope salarial y el último ahora mismo en lo que a defender se refiere. Sus jugadores -medianos- no tienen moral y tampoco parecen sobrados de casta salvo honrosas excepciones. Su técnico tampoco termina de dar con la tecla, aunque ha probado ya casi todo.

Tal vez pueda resultar chocante lo que voy a escribir ahora, pero yo no culpo al Córdoba por los de hoy. Este Córdoba triste, gris y con paupérrima pinta llora en 2017 por los errores acumulados. En lugar de cuidarse la barba se la ha ido retocando hasta convertirla en un pequeño mojoncillo en un rostro que aterra.

No sé si lo sabría Iñaki Glutamato, pero Hitler se tuvo que recortar el bigote cepillo para poderse ajustar la máscara antigás en la Gran Guerra. Preparad vuestras máscaras. Por si acaso.

Gratis en Granada 3-1

En el bar Ecu puede uno comer cojonudamente por seis euros. Una cerveza –Sacromonte, muy recomendable– te garantiza un trozo de pan blanco repleto hasta arriba de proteínas y grasa; dos, dos. Y así sucesivamente hasta que tu hígado e intestinos lo soporten. Es barato comer. Mucho.

Pero es más, uno llega a Los Cármenes a trabajar y acaba suplicando un Alka-Seltzer. Se puede hacer una merienda-cena por gentileza del club. Bandejas casi sin interrupción para la prensa (y de calidad). Incluso mientras escribo, una hora después del partido, mi amigo Álvaro Vega está zampando por pura gula de la enésima hilera de canapés que le han puesto a su alcance mientras espera que terminemos de escribir para volver a Córdoba (ya vamos).

Así pues, resulta que todo parece gratis en Granada. Pero no lo es.

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El Córdoba, ante cerca de mil de los suyos acabó regalando tres puntos a un enemigo que no estaba para conceder nada y que dio más sensación de que era consciente de su situación.

A ver, volvemos al discurso del miércoles. No pasa nada por perder, pero sí por la manera. Por los modos y por los alardes.

Ni el más pesimista pensaba en repetir un bochorno defensivo después de lo que pasó el pasado domingo con los mismos protagonistas sobre el terreno de juego. Los errores que se habían convertido en automatismos en jornadas precedentes habían quedado disueltos en el ácido lisérgico del 2-0 ante los de Martí.

Pero uno no sabe ya qué pensar. Porque no hay quien coja el partido de la banda izquierda del Córdoba en Granada. Ni atrás ni en ataque. No dieron ni una. Por ese flanco entró Pedro o entró Machís, y hubiera entrado hasta la madre de Boabdil el pusilánime.

La aceptable puesta en escena –no todo el partido fue espantoso, pero el recuerdo es malísimo– quedó empañada por el primero de los errores, que fue aprovechado por un Machís que sabía que era su última oportunidad de ser titular (una sensación que NO tienen –en mayúsculas- algunos de los fijos en el once de Carrión).

Luego ya, a contracorriente, todo fue corazón antes que fútbol. El entrenador quiso coser un centro del campo descosido con Markovic de enganche, pero aquello no hizo sino romper del todo a un equipo desorientado. Por eso tras el segundo –en el que Machís hizo lo que quiso y Kieszek no hizo lo que pudo- llegó un penalti que pudo haber sido el tercero y, claro, el tercero (en el que Machís también fue protagonista ante unos rivales que parecían menores a su altura).

Se puede salvar, aunque sea cara a la galería, el final del partido. Al menos algunos de los jugadores quisieron dar la cara y apretaron a Javi Varas (hubo uno que no y que se marchó incluso nada más pitar sin despedirse de su afición).

Ni Oltra pensaría lo barato que le iba a costar su primera alegría ante un rival que no estaba para muchas euforias. Le salió casi gratis. Como si hubiera salido a comer.