Jugar ganando, ganar jugando (1-2)

El Córdoba ha ganado. Lo ha hecho después de nueve jornadas sin conseguirlo. Lo ha conseguido, además, en uno de los campos más complicados de la categoría y ante, probablemente, el equipo revelación del torneo. Tal vez todos esos titulares bastarían para resumir el partido del Municipal de Reus, pero tal vez lo más llamativo del marcador sea la manera en la que se ha producido. El Córdoba ha jugado ganando desde el minuto dos porque fue capaz de imponer un ritmo más al principio del encuentro (cosa que no sucedía desde hace dos meses) y luego ha ganado jugando al fútbol, porque nunca renunció a colar el segundo.

Cuando Juli anotó antes de que muchos aficionados reusenses se hubieran sentado ya podían encontrarse motivos para la esperanza. La posición de un Edu Ramos incrustado entre los centrales y obligando a los laterales propios a hacer anchísimo el campo; un Juli omnipresente como antes pero un poco más desahogado por la complicidad de un Borja también activo en tareas de colaboración; un Javi Galán de campanillas que abarcó todo el costado zurdo con solvencia y que volvió loco a Benito, uno de los laterales más destacados de lo que va de campeonato y un Rodri muy participativo y con ganas.

Si a todas esas razones se les da un motivo y un por qué suceden cosas como las de la primera mitad. El Reus causó muy poco peligro y, además, se precipitaba una y otra vez ante la idónea colocación de los de Carrión, que –además- nunca renunciaban a sacar la pelota con criterio desde su portería (algo que, eso sí, atacaba los nervios de los aproximadamente cincuenta-cien seguidores cordobesistas presentes en las gradas del coqueto recinto reusense).

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De cualquier modo, un aparte merece la actuación de Kieszek. Sus paradas fueron aumentando en calibre conforme más arreciaba el ataque del Reus. La última, a disparo de Edgar Hernández, in extremis y con su pierna, resultó incluso tremendamente plástica.

Pero, como escribí antes, el Córdoba no ganó por el polaco (al menos, no únicamente por él). Ganó jugando porque después de marcar siguió buscando la meta rival aunque fuera, naturalmente, de manera más esporádica. Así llegó un segundo tanto bello que ojalá resuma lo que desea Carrión para su equipo. Toque, conducción, desmarque y pegada. Balón por el verde y acierto. Si funciona, Rodri se puede inflar de hacer volteretas y Javi Galán de dar asistencias.

Sería tan injusto no reconocer que el empuje del público del Reus Deportiu mereció un poco más de premio en el tramo final como que el gran trabajo de los blanquiverdes también les hizo acreedores a lo que al final pasó. Tres puntos. Tres puntazos. Una victoria y un panorama que ha cambiado al menos en cuanto a ideas, precisión e intensidad.

Dejó escrito el emperador Adriano que en Tarraco siempre es primavera… y el Córdoba de muy cerca de Tarraco se la ha llevado en sus equipajes.

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POR EL REUS DEPORTIU Edgar Badía; Benito, Babic, Atienza, Ángel; López Garai, Folch; David Haro (Jorge Díaz, 69’), Miramón, Fran Carbiá (Querol, 69’); Chrisantus (Edgar Hernández,82’).

POR EL CÓRDOBA C.F. Kieszek; Antoñito, Héctor Rodas, Bijimine, Domingo Cisma; Borja Domínguez (Alfaro, 67’), Edu Ramos; Guille Donoso (Esteve, 50’), Juli (Pedro Ríos, 84’), Javi Galán; Rodri.

GOLES: 0-1, Juli (2’); 0-2, Rodri (59’); 1-2, Babic, 83’.

ÁRBITRO: Pulido Santana (Comité Canario). Amarillas a los visitantes Domingo Cisma (35’) y Antoñito (48’).

ESTADIO: Municipal de Reus, unos 4.000 espectadores. Cien de ellos, cordobesistas.

Por qué me gusta la Copa del Rey (2-0)

Lo siento, pero me gusta la Copa del Rey. Me gusta incluso en este formato rancio, demodé y que convierte a los equipos modestos en catetos cazaautógrafos que ponen el cazo mientras rezan a algún dios menor para que les toque el gordo con las cámaras a su acecho para recalcar que cuando no juegan contra Madrid o Barça son seres humanos con trabajos de los que vivir.

Y me voy a justificar. Me gusta porque el fútbol sirve, entre otras cosas, como vía para encontrar la felicidad. Y no hay mayor felicidad inmediata que un triunfo inesperado, incluso a sabiendas de que puede ser pan para hoy y hambre para mañana. El Córdoba le ganó al Málaga, que está en Primera, justo en su peor momento de la temporada. Y jugando bien, muy bien a ratos. Y empleando su técnico, que acaba de sentarse en el banquillo después de una semana desquiciante, hasta a cinco jugadores del Córdoba B, que está en Segunda B.

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Me gusta la Copa porque me permite ver cómo un defensa que a veces actúa en Primera es humillado en un flash por otro chaval que mete goles, a veces, dos categorías más abajo. Me gusta porque, y esto me lo han dicho jugadores de los que me fío, las piernas no pesan si la mente está bien.

Este torneo me gusta porque, si se quiere jugar, depara momentos indelebles en la mente de quien lo siente. Y ya son unos cuantos: cuando Cámara marcó en Son Moix, aquellos goles de Pepe Díaz en el Villamarín y Cornellá, la mano de Jonathan Sesma en Coruña (que sí, que también eso fue en la Copa), el cabezazo de Kiko Olivas en Anoeta, el regate de Traoré y el remate de Borja… El aficionado, y ahora está tecleando el aficionado que aún está emocionado de lo que ha vivido hoy en El Arcángel, vive de recuerdos y muere por ellos. Y son estos los instantes que, al menos a mí, me enganchan con ilusión a ese sentimiento que castiga más que recompensa.

De paso, también me gusta la Copa porque es inmisericorde con los abúlicos y con los engreídos. Juande Ramos, por ejemplo, que pasó de informarse de lo que podía dar de sí un equipo herido como el Córdoba y pagó su castigo con un rapapolvo que, eso sí, no le será tenido en cuenta si gana en Valencia el fin de semana.

Me diréis, con razón, que lo importante llegará el domingo en un escenario tan diferente como Reus y tendréis razón porque será un baño de realidad. Pero nadie nos va a quitar esta noche acostarnos con una sonrisa en el rostro. Si el destino nos la borra, ¿Qué más nos dará ahora? Y, pensad, ¿cuántas veces sonreís de verdad por el Córdoba? Si la respuesta es la misma que la mía, entonces entenderéis por qué me gusta la Copa.

Ay (y no hay) 1-3

Las dos horas y media de margen entre el pitido final del árbitro y el aporreo del teclado para escribir estas líneas dan para mucho. El 1-3 ante el Getafe no aportó nada nuevo: nulidad en ambas áreas de los nuestros, impotencia con el balón en los pies por falta de un organizador, bandas torpes y sin profundidad, defensa sin defensa y un rival que rasca porque sabe explotar sus virtudes mucho mejor que el Córdoba aprovechar sus carencias.

Pero todo lo que de nuevo no trajeron los noventa minutos sí lo aportó el post-partido. La cara de Oltra y su aparente incapacidad para revertir la situación. Superado y alegando que el equipo está mal como argumento para explicar una derrota. Mezclando causa y efecto y obviando –también es cierto que ningún periodista tuvo capacidad de preguntarlo por evidentes- los múltiples errores que cometieron los jugadores que alineó y que, probablemente, también disponga en Reus (tampoco los otros han aportado mucho más).

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Su cara no se diferenciaba mucho de la de los jugadores que pasaron por zona mixta. Fueron Luso y Pedro Ríos los que dieron la cara una vez más, pero los que pasaban a toda prisa hacia sus vehículos no mostraban un aspecto mejor. Obviamente, peor sería que se rieran, pero asusta la sensación de abatimiento y de no estar creyéndose ni ellos mismos palabras referentes a la superación, a la mejoría y al partido a partido (porque de ascenso ya ni se atreven a hablar ni deben hacerlo en estos momentos).

Son nueve partidos sin ganar dando diferentes imágenes, pero con un elemento en común: en más de dos meses el Córdoba no ha sido capaz en ningún momento de ser más inteligente que su rival. Cuando ha golpeado primero, el contrario levantó el match-ball. Cuando encajó, se hundió. Los rivales siempre han lucido mejor sus galones y exhibido con más orgullo y capacidad sus armas, por muy modestas que fueran. El Córdoba está, ahora mismo, mal dirigido en los despachos y en su dirección deportiva (porque ni se ha invertido lo suficiente y lo poco que invertido lleva sin funcionar dos temporadas) y tampoco da con la tecla el equipo que dirige a los que juegan, por mucha voluntad que ponga y muchos cambios que haga.

Lo más preocupante no es la situación deportiva, reversible sin duda, sino el daño que todo esto está causando a una masa social hastiada, agotada demasiado pronto y con unas esperanzas que se van desvaneciendo por culpa de un proyecto destinado a sufrir para luchar por subir (demasiado infinitivo seguido) que puede acabar llorando por no bajar. Miedo. Mucho. Ay (y no hay).

JUGARON

POR EL CÓRDOBA C.F. Kieszek; Antoñito, Caro, Bijimine, Cisma; Luso, Alfaro (Quiles, 67’); Guille Donoso (Pedro Ríos, 78’), Juli, Bergdich (Caballero, 56’); Rodri.

POR EL GETAFE C.F. Alberto García; Molinero, Cala, Gorosito, Damián; Lacen, Portillo (Emi Buendía, 61’); Pacheco, Paul Anton, Álvaro Jiménez (Facundo, 73’); Jorge Molina (Stefan Scepovic, 88’).

GOLES: 0-1, Gorosito (24’); 0-2, Jorge Molina (57’); 0-3, Facundo (83’); 1-3, Pedro Ríos (85’).

ÁRBITRO: Ais Reig (Comité Valenciano). Amarillas a los locales Bijimine, Cisma y Quiles y a los visitantes Cala y Molinero.

ESTADIO: El Arcángel, unos 13.000 espectadores.

Jorge Jesús, el entrenador del Sporting de Portugal que pudo haberlo sido del Córdoba hace veinte años

El hombre que hoy ocupa, siempre con su característico pelazo, el banquillo del Sporting Club de Portugal, el mismo que en esta jornada de Champions se ha medido al Real Madrid, pudo haber dirigido al Córdoba hace ahora veinte años.

La historia nos lleva a octubre del año 96. El Córdoba, una campaña más, pelea por recuperar la división de Plata con el explosivo cóctel de un presupuesto cuantioso y poquísima paciencia de su mandatario. A Pedro Campos se le despide en la jornada octava de esa 96-97 por culpa de un gol del futbolista del San Pedro Márquez (y eso a pesar de que había ganado los tres partidos anteriores y de que el equipo apenas estaba a dos puntos del cuarto).

En aquel equipo se alineaba un once que muchos éramos capaces de recitar de memoria: Viña, Algar, Javi Prieto, Ortega (Dani), Juanito, Puche, Torres, Barajas, Quero, Gallego y Loreto. Era imperativo para la directiva que capitaneaba Francisco Rojas, pero en la que mandaban los cuartos de Rafael Gómez, entrar en la liguilla. Y como primeros.

 

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Jorge Jesús, durante su paso por el Benfica

 

Así que tras despedir a Campos y durante el impasse en el que ocupó el cargo el siempre fiel Verdugo se estuvo haciendo un sondeo para encontrar un técnico de garantías al que no le pesara la responsabilidad.

Finalmente, los dos finalistas para el cargo fueron un contrastado técnico con experiencia en Segunda B, Segunda y Primera (Chato González) y un prometedor portugués de apenas 42 años que había conseguido ascender al modesto Felgueiras a Primera División lusa y mantenerlo durante dos temporadas (Jorge Jesús).

La balanza, con el voto determinante de Gómez, se decantó después de una reunión en el Hotel Occidental para el madrileño, quien dirigiera con éxito al conjunto blanquiverde hasta aquella infausta tarde del Deportivazo que truncó (otra vez) el sueño del ascenso.

En la 97-98, la paciencia con González apenas duró tres partidos de Liga y dos de Copa. Su relevo fue tomado por Teixidó, y el suyo por Pacuco, etc.

Después de que se trifurcaran los caminos del Córdoba, Chato y Jorge Jesús, los cordobesistas sufrieron otros dos años hasta el ascenso de Cartagena, González entrenó únicamente al Real Murcia en Segunda durante ocho partidos de la 01-02 y Jorge Jesús ha pasado –entre otros- por cuatro grandes del fútbol de su país como Belenenses, Sporting de Braga, Benfica (ganando tres ligas, una Copa y llegando a una final de Europa League) y ahora Sporting de Portugal. Cosas del fútbol.

Punto… y seguido (1-1)

Llega un punto en el que ya da hasta pereza teclear la misma historia. Tal vez sea el castigo por no apostar por la tranquilidad definitiva. Tal vez sea esta la tónica por la que debamos caminar durante toda la temporada. Tal vez, apurando, la recta que tengamos que seguir los que no vemos el Córdoba ya como una elección durante el resto de los tiempos (al menos durante estos tiempos).

El Córdoba calcó otra vez el guion de semanas pretéritas. De hecho, Oltra repitió el mismo once con el que perdió ante el Mallorca. Ambicioso, sin duda, pero tal vez demasiado exigente para unos jugadores cargados de tensión, presión y con siete partidos seguidos sin olisquear el triunfo. La presencia de Alfaro en el centro del campo obligaba a Juli a multiplicarse en la media punta para echar una mano al doble pivote. El equipo podría partirse… y después de cinco minutos de buena puesta en escena se partió. Vaya si se partió.

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Durante media hora el Córdoba deambuló por el campo como lo hiciera en Almería. Persiguió fantasmas y los vio cara a cara cuando Pedro Martín empujó de manera habilidosa a la red un centro de Bustos. El tanto (era el 22’) descompuso del todo a un Córdoba que pudo haber encajado a disparo de Guarrotxena y que, en general, daba tal sensación de desorientación que parecía un pelele en las piernas de un equipo que no estaba para tirar cohetes como el Mirandés.

A partir del minuto 40 los jugadores se dieron cuenta –o su banquillo- de que las bandas eran la mejor opción para llegar a la portería de Roberto. Por las bandas llegaron los disparos de Antoñito- flojo- y de Cisma –que obligó al portero rival a realizar un paradón-. Las dos mejores jugadas del Córdoba en el primer tiempo. Muy poco.

La segunda parte comenzó por los mismos derroteros, con la diferencia de que el Córdoba parecía tener un método para asediar la portería rival. Las llegadas parecían más claras y los remates, en consecuencia, también. Roberto sacó con una extraordinaria estirada un remate de Alfaro de cabeza, pero no pudo evitar un impresionante derechazo de Juli a la media vuelta. Era el minuto 64 y en ese instante el Córdoba parecía el claro candidato a llevarse el encuentro.

Pero el empuje fue decayendo conforme el fuelle se le fue agotando a los blanquiverdes. De hecho, la oportunidad más clara en el tramo final –obviando una postrera falta lanzada por Borja- fue para el Mirandés por culpa de un error de Caro que casi aprovecha Pedro Martín.

Como pinceladas positivas de este nuevo empate, sean apuntadas la mejoría a balón parado con el cambio de forma de defender esas acciones y el estreno –apenas tres minutos- del delantero del Córdoba B, Alberto Quiles (siempre es bueno que eso suceda).

Por lo demás, nada nuevo. El Córdoba sigue alejándose del ascenso directo (cinco puntos), equidistando de una zona de play-off cada vez más pretendida (dos) y todavía a tres del descenso. Preocupa, creo, menos que cansa. Por mucho que esto sea muy largo.

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POR EL C.D. MIRANDÉS: Roberto, Carlos Moreno, Fran Cruz, Aurtenetxe, Álex Ortiz, Javi Hervás (Kijera, 46’), Maikel Mesa, Néstor, Pedro Martín, Guarrotxena (Sangalli, 56’) y Álvaro Bustos.

POR EL CÓRDOBA C.F. Kieszek; Antoñito, Caro, Bijimine, Cisma; Luso, Alfaro (Quiles, 87’); Guille Donoso (Borja, 73’), Juli, Bergdich (Pedro Ríos, 64’); Rodri.

GOLES: 1-0 (22’) Pedro Martín; 1-1 (63’) Juli.

ÁRBITRO: Areces Franco (Comité Asturiano). Amarillas para los locales Carlos Moreno y Aurtenetxe y los visitantes Juli y Bijimine.

ESTADIO: Anduva, 2.496 espectadores.

El ascenso (incompleto) del Xerez Deportivo de Sanlúcar

Mientras el Xerez Deportivo jugó en Sanlúcar de Barrameda, subió a Primera. Dicho esto, ahora maticemos. Año 2001, el Xerez Deportivo acababa de ascender a la categoría de Plata de la mano de Máximo Hernández superando en la liguilla al Toledo tras una campaña convulsa. Para la siguiente temporada, el presidente del equipo, Luis Oliver, la da las riendas del club a Bernd Schuster. El teutón nunca había dirigido en España. De hecho, su única experiencia en los banquillos la había vivido en el modesto Fortuna de Colonia. En esos momentos era comentarista para una televisión de su país y asesor de Gaspart en el Barça.

El alemán firmó por una temporada, a cambio de 70 millones de pesetas. Al Ayuntamiento, que ya estaba indignado con Oliver porque entendía que acumulaba una deuda de 500 kilos (107 de ellos a una plantilla que sopesaba la posibilidad de denunciar al club ante la AFE), se le agotó la paciencia con el mandatario madrileño. El ínclito Pedro Pacheco, alegando que el estadio de Chapín era municipal y que iba a ser sometido a unas reformas para una Olimpiada Ecuestre, impidió al Deportivo jugar en el que era su campo.

 

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Vicente Moreno y Mono Montoya, en El Palmar. (twitter)

 

Así que como no les dejaron tampoco el campo de la Juventud, los xerecistas tuvieron que tomar sus bártulos y mudarse a Sanlúcar de Barrameda, a 27 kilómetros. Allí encontraron acomodo en el modesto campo de “El Palmar”, casa del Tercera Atlético Sanluqueño, que –a toda prisa- tuvieron que acondicionar para que cupiera más gente (apenas tenía capacidad para 4.000 espectadores) y más medios. Oliver se quejó ante Canal Plus: “ser el único equipo del mundo occidental en pleno siglo XXI exiliado es dramático”.

Un equipo recién ascendido con un entrenador novato y sin la más remota idea de lo que se cuece en Segunda y exiliado de su hogar. Todo apuntaba a que aquel Xerez Deportivo, que tampoco tenía grandes figuras, retornaría por la vía rápida a Segunda B. Pero el fútbol es curioso y aquella plantilla que cobraba a veces y que no tenían ni vendas ni servicio de lavandería se hizo fuerte en su campo. Fuerte no, fortísima.

En la primera jornada cayó el Sporting por culpa de un zurdazo del eterno capitán Mendoza (de nada sirvió que como revulsivo el técnico gijonés Acebal tuviera a un tal David Villa); en la tercera fue el Badajoz el que sucumbió en El Palmar 2-0, tantos de la letal pareja que formaban Julio Pineda y Mena. A esas alturas, los xerecistas ya se frotaban los ojos porque su equipo era líder invicto. En la cinco, 2-1 , esta vez al Numancia y de nuevo con goles de Pineda y Mena. Para la siete, primera derrota en Sanlúcar. Fue ante el Albacete y por culpa de dos goles de Basti que hicieron inútil el de Cubillo. Luego cayeron en El Palmar el Córdoba (1-0), el Elche (2-0), el Murcia (3-1), el Poli Ejido (2-1) y el Nàstic (2-1). Únicamente rascaron algo del Xerez exiliado el Atlético (0-1, gol de Aguilera) y el Recre, que empató a cero. 25 puntos en 11 partidos, una cifra espectacular que había resultado decisiva para que a mitad de temporada el conjunto azulino fuera segundo con 38 puntos, a dos del líder Atlético y siete por encima del Racing, tercero.

 

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Kortina salta con Mendoza ante Cañizares y Katxorro (vozdelxerecismo.com)

 

Con un equipo diseñado para el juego directo y el contragolpe, con Luis García y Ramón alternando en la portería y el actual presidente de la AFE Rubiales junto al alemán Kutschera liderando la defensa; con un centro del campo potente con Vicente Moreno (actual técnico del Nàstic) y Cubillo y la magia del incipiente Katxorro y los contrastados Viqueira y Lardín como asistentes de los infalibles Julio Pineda y Mena.

Así, casi de memoria, funcionaba el que para algunos –quitando el que subió a Primera en 2009- fue el mejor Xerez C.D. de la historia. Uno que jugaba en casa a casi 30 kilómetros de distancia. Uno que, cuando era Xerez C.D. de Sanlúcar, podía presumir virtualmente de ser de Primera. Uno que, cuando regresó del exilio –cosas inexplicables o que se explican mirando al palco– se hundió sumando apenas un triunfo en los últimos nueve partidos. Una de esas rarezas que hacen único un deporte aparentemente tan común.

Fuentes:

http://futbol.as.com/futbol/2002/01/18/mas_futbol/1011308415_850215.html

http://elpais.com/diario/2001/06/27/deportes/993592806_850215.html

El Xerez de Bernd Schuster y lo que al final no fue

 

Ladislao Mazurkiewicz, el portero que resistió a Isabel II y a Pelé

El nombre de Ladislao “Chiquito” Mazurkiewicz, el hijo uruguayo de un polaco que huyó de la amenaza de Hitler, ha pasado, injustamente, a la historia como el de un actor secundario. Fue el portero burlado en el gol imposible de Pelé. Fue aquella figura de cera a quien el legendario Rey de balón ni mira mientras deja pasar el balón sin dejar de correr para engañarle de la manera más dolorosa de las posibles, por inacción. Eso sucedió en México y dio para letras tan bonitas como las de Sergio Rodrigues en “El Regate”: “Chupando un cubo de hielo o algo parecido, el tipo camina de vuelta al centro de la cancha, mirando de soslayo a la portería uruguaya. Es de suponer que esté frustrado por el gol que no pudo hacer, pero parece tranquilo, de una placidez incluso arrogante, como si quisiera dar a entender que, la verdad, no quería hacer lo que parecía haber querido hacer, que todo salió conforme a lo planificado y que la impresión de todo el mundo –de que quería anotar el gol, mientras todo el tiempo su intención era fallarlo por poco, marcar en el cuerpo colectivo de la especie la cicatriz de ese «por poco», consciente de que quemaría más que el gozo de la realización-, eso era el regate definitivo, inconcebible, el regate del regate sobre el pobre Mazurkiewicz”. Brasil ganó 3-1, pero Pelé no le marcó a Mazurkiewicz (aunque nadie lo diría).

Eso pasó en 1970, pero la leyenda de, probablemente según la mayoría de los expertos, el mejor portero uruguayo de la historia en los Mundiales nació cuatro años antes. La selección charrúa inauguraba el campeonato del 66 frente a la anfitriona en el mejor escenario posible: Wembley. Era el 11 de julio y la mismísima Isabel II se había dignado a presenciar junto a su esposo Felipe ese choque, que paralizó el país y buena parte del Mundo (la tele lo acercó a 300 millones de espectadores).

Los Pross de Alf Ramsey eran grandes favoritos para ganar el torneo y no solo por jugar en casa, sino por su elenco de peloteros en todas las líneas (Banks, Stiles, los Charlton, Moore, Ball…). Uruguay aportaba, como en otras ediciones y según la poética crónica del Mundo Deportivo una “serenidad rayana en temerario y apoyada en la exquisitez de una técnica quizá más fría o menos espectacular que la de los demás grandes sudamericanos, pero más eficiente a la hora de la verdad”.

 

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Mazurkiewicz, ante Inglaterra en Wembley (Foto: Getty Images)

 

Mazurkiewicz, que cuando comenzó a jugar en Racing de Montevideo quería ser centrocampista pero que dada su especialidad en parar penaltis le obligaron a ponerse en la portería, era felino. Además, había practicado baloncesto de niño y era ágil, muy veloz e inteligente. Y con la personalidad suficiente como para suplir en todo un Peñarol y en la selección casi al mismo tiempo a otra leyenda en su país como Luis Maidana. Espárrago comentaba que con 21 años, en el 66, ya daba órdenes de veterano. Siempre de luto riguroso, no por tristeza sino como tributo a su gran héroe, la araña Lev Yashin. La araña negra, claro.

Volvamos a Wembley. El partido debió ser –una vez que se ve el resumen que hay en youtube se confirma- un continuado y frustrante ejercicio de Inglaterra por derribar el muro uruguayo. La mejor intervención del Chiquito llegó ya en la segunda parte a disparo de Bobby Charlton. En realidad, casi no tuvo que parar más, puesto que los ingleses tuvieron el punto de mira bastante desviado. No obstante, Mazurka, así le llamaban sus compañeros, resultó fundamental para calmar los ánimos de sus compañeros cuando tras besar la mano enguantada de blanco de la monarca antes del partido le dijo: “Es como si usted acabara de salir de un cuadro, pero hoy vamos a ganar nosotros”.

Con el silbido final, los jugadores de la Celeste se abrazaban sobre el verde ante los silbidos de las gradas de Wembley. El comentarista de la BBC contaba: “miren la celebración, parece como si los uruguayos hubieran ganado 5-0”.

Al final, es conocido, Inglaterra ganó su Mundial y en todos los demás partidos fue capaz de marcar al menos un gol –curiosamente, el choque que más les costó fue el que les midió a otra selección sudamericana: Argentina-. Uruguay, por su parte, cayó en cuartos (4-0) ante la finalista Alemania.

Mazurkiewicz, el primer portero extranjero capaz de dejar su portería a cero en partido oficial en Wembley, jugó un par de mundiales más. En el 70, en el que Pelé no le marcó luego de regatearle con magia, fue elegido el mejor arquero del torneo. Cuatro años más tarde, presenció desde su arco la primera exhibición internacional del fútbol total de Cruyff (Holanda les barrió 2-0).

Es la historia del Mazurkiewicz mundialista, pero tampoco se queda manca –nunca mejor dicho en el caso de un guardameta- su leyenda en los clubes en los que compitió: en Peñarol ganó tres Ligas, la Libertadores del 66 ante River y la Intercontinental de ese mismo año al Madrid –parece ser que en el Bernabéu fue un coloso-. Por cierto, el Chiquito también jugó en España. En 1974 firmó por el Granada donde ya estaba su compatriota el duro Montero Castillo, pero sus problemas en las muñecas apenas le permitieron jugar dos encuentros en dos años.

“Yo salí y Pelé hizo una jugada excepcional, pero no fue gol. Y eso es lo que yo siempre quise en mi vida, que no me hicieran gol”, así resumió la jugada en la que fue gran actor secundario Mazurkiewicz. Probablemente no se hayan dicho mejores palabras para explicar lo que es la vida y obra de un portero.

Fuentes:

http://www.independent.co.uk/news/obituaries/ladislao-mazurkiewicz-goalkeeper-who-thwarted-england-in-1966-8444899.html

http://deportes.elpais.com/deportes/2013/01/02/actualidad/1357131847_949421.html