Un decálogo para sobrevivir (2-1)

Muerta ya la temporada –muerta, que no terminada, porque las campañas como estas no acaban, sino que se mueren-, es hora de recapacitar. Mejor, de que recapaciten. Si, como parece y a pesar del sentir de su irritada plebe, los González siguen cortando el bacalao en El Arcángel, sería preciso que tomaran buena nota de estos meses didácticos y que han podido terminar en catástrofe (al menos para los aficionados). Más que nada, para que no nos pase como al Señor Blank de Auster quien, encerrado en su habitación blanca, no sea capaz de mirar las fotos para no evocar. Que vivir sufriendo solo puede ser peor que vivir sin atreverse a evocar.

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No me extiendo que ya es tarde –es junio, de hecho-. He aquí los diez puntos en los que el Córdoba C.F. debería mejorar para la 17-18 (enumerados y explicados por uno que no ha sido ni jugador, ni entrenador, ni directivo ni representante… toma osadía).

1.-Inversión en la plantilla (mayor… o algo): Perogrullo. Si eres el equipo que más beneficios obtienes de Segunda (no lo digo yo, sino la Guía Económica de la Liga, avalada por el Centro de Estudios Garrigues) y terminas salvándote en la penúltima jornada es que algo va mal. O que va muy bien, según se quiera mirar. Si el Córdoba quiere aspirar a subir –simplemente aspirar, subir depende de muchos factores– sus rectores deben rascarse el bolsillo para traer mejores jugadores. Por mucho que una inversión no siempre garantice el éxito, al menos garantiza que se busca. Ah, y que sea el Director Deportivo quien fiche, que para eso cobra por ello.

2.-Transparencia institucional: Es decir, no alejar a los minoritarios de las juntas y dar explicaciones de los movimientos a todos los niveles. Que la prensa no tenga que andar –siempre- elucubrando y escudriñando para obtener verdades, mentiras o medias verdades. Por mucho que sea su obligación.

3.-Libertad e igualdad para sus aficionados: Faltaría la fraternidad, pero eso en una ciudad tan repugnantemente cainita como Córdoba es impensable. No más vetos, sabotajes, coacciones… pero que igualmente se corten los tratos de favor a los pelotas y a los correveidiles. Solo con un ambiente social sano se puede aspirar a un espíritu del tiempo colectivo –el Zeitgeist que dirían los alemanes- más o menos limpio en El Arcángel.

4.-Un estadio en condiciones: Que se meta presión a quien corresponda: políticos, empresarios, el sursuncorda… El Arcángel no debería permanecer un año más en semejante estado de abandono. Ni se debería tolerar que subsista el mato grosso en Tribuna, ni que haya unos servicios que parecen los de un After de Aluche, ni que –sobre todo- la fachada principal del campo siga en pelotas para escarnio de todo cordobés que pase por la cercana autovía. Como aquí nadie quiere lo suyo no pasa nada, pero es vergonzoso.

5.-La prensa, con perdón: A ver, que si puede ser nos concedan alguna entrevista de vez en cuando con los jugadores o el entrenador. Porque es un poco coñazo tener que estar tirando del trabajo de nuestros compañeros de CCFTV –por otra parte, muy bueno- para escuchar lo que dicen los nuestros entre semana. De paso, que no se vuelva a repetir ningún veto ni menosprecio a ningún medio. Por mucho que, como todo profesional, los medios también nos equivoquemos.

6.-Gentileza con los trabajadores del propio club: Que se genere dentro de las oficinas de El Arcángel un ambiente bueno de trabajo, que no haya tiranteces, ni exigencias desmedidas, ni menosprecios… Que todo lo que pueda servir de ejemplo, llegue desde el trato con aquellos que se dejan la piel, calladamente y desde un discreto segundo plano, por el Córdoba C.F. (y por su S.A.D.)

7.-El fútbol base y esas cosillas de pequeños: Que no cobren diez euros extra –vamos, ni cinco- a quienes deseen ir a un partido con su recién nacido. Que se les permita a los padres acceder gratuitamente a los partidos de sus hijos. Que se eduque en valores de club –más allá del gran trabajo de los técnicos de la cantera- a los que algún día vestirán la blanquiverde. (Y ya puestos que se fomente la presencia de jugadores locales en el B y el juvenil).

8.-Que se le dé más brillo a la labor de la Fundación: Que sigue haciendo un gran trabajo callado y discreto aquí y allí. Que sigue promoviendo lo bueno que tiene el fútbol y regalando sonrisas a algunos desfavorecidos por la suerte. Y que hagan las paces con el colectivo de Veteranos de la entidad. El respeto al pasado es imprescindible.

9.-Que no se mienta al cordobesismo: Nada de promesas vanas, nada de “no vamos a regalar entradas”, nada de petulancias ni de arrogancias. Gestión por encima de egos. Gestión, gestión y más gestión. Y discreción, coño.

y 10.- Que se disculpen: Que quien o quienes hayan sido culpables de esta campaña tan triste, larga y desangelada –por no usar otros calificativos- salgan a la palestra cuanto antes asumiendo su o sus errores. Si no, sin ese espíritu de enmienda, me temo, los otros nueve puntos serían meros deseos abortados antes de imaginados.

Feliz verano. Felices ilusiones.

 

Dubois, el futbolista metalero que jugaba con la cara pintada

 “When pride and love battle with desire
Better hide your heart,
‘cause you’re playing with fire”

De la canción “Hide your heart”, de Kiss

A Darío Dubois, jugador de fútbol, le gustaba el Metal. De hecho, le gustaba mucho más la música que el fútbol, que practicaba a nivel profesional como central en las categorías más modestas argentinas para ganar plata con la que mantener su grupo “Tributo Rock”. Con suerte, pensaba, podría llegar a grabar un videoclip.

Un día, mientras competía para un equipo llamado Midland, pensó que no tenía por qué trabajar disfrazado. Mientras sus compañeros se colocaban las espinilleras y se ataban los cordones, Darío le pidió permiso al árbitro para usar el espejo de su vestuario. El colegiado, curioso, no le puso impedimento y Darío sacó el maquillaje que guardaba en una bolsa y sacó el Gene Simmons que llevaba dentro. Es decir, se sintió libre. “Te pintás la cara y salís a guerrear. Sé que los rivales se van a asustar, pero el reglamento no lo prohíbe. Yo escucho black metal, bien podrido, una música que me parte la cabeza y tengo ganas de jugar así, como soy”, dijo entonces.

Dubois

Los directivos de la Federación de Fútbol Argentina (AFA) no pensaban igual que Dubois. Y por mucho que hubiera quien únicamente se acercara al modesto campo del Midland para ver al nada dogmático futbolista, tardó dieciséis semanas en prohibirle que saltara al campo maquillado (“Me demoraba diez segundos en pintarme. No había ninguna ley que prohibiera eso”).

Darío se defendía diciendo que él no buscaba fama ni popularidad. Que si por él fuera se hubiera dedicado a golf, que le resultaba más interesante –“no tengo mano para eso”-.

Pero su fama de rebelde no terminó cuando le obligaron a jugar con la cara libre de pintura. No era infrecuente que, cuando le tocaba chupar banquillo, contemplara los partidos protegido por unas gafas de sol –“así lo veía más claro”-. En otra oportunidad el patrocinador del equipo para el que entonces jugaba, Lugano, les debía dinero, así que decidió llevarse “una cinta aislante negra para taparme la publicidad de la camiseta. Pero cuando llegué a la cancha me di cuenta que me la había olvidado. Entonces, aproveché que había llovido, ocupé mi puesto, hice que me persignaba, tomé barro del piso y me la tapé toda”. Otro año, para festejar una clasificación para un fase de ascenso tiró toda su ropa a la grada. “-¿Toda? ¿Los calzones también?” “-Nunca llevo calzones”.

Su carácter era tan fuerte como su integridad. Presumía de que en una ocasión el presidente de un rival le ofreció dinero para dejarse perder y él le contestó que podía “comer mierda” mientras le escupía en la cara (después en una televisión local le calificó como “rata hija de puta”).

En el verano del 99 se planteó un salto a Portugal después de leer que Jardel y Drulovic se habían pintado las caras de azul y blanco antes del último partido de su temporada ante el Estrela Amadora y no fueron castigados, pero finalmente no se concretó su pase.

Dubois nunca llegó a pesar de su fama a jugar al máximo nivel. Sincero y realista, resumía así su estatus: “para el A –Primera argentina- no existo, para el nacional B no doy el nivel, en la B soy buen jugador, en la C soy muy bueno y en la D soy el mejor defensor”.

La historia de Dubois, como la de los rockeros más grandes, terminó antes de tiempo. Tuvo que abandonar el fútbol mientras trabajaba para Victoriano Arenas porque sufrió una rotura de ligamentos en su rodilla y nadie le pagó la operación. Nadie le contrató después y la AFA –que le odiaba- no le ayudó en absoluto. Mientras trabaja de ganarse la vida como sonidista de bandas (así se llama a los arreglistas en Argentina), en 2008, le intentaron robar en el barrio –digámosle popular por no decirle pobre– en el que vivía. Y tras robarle una bicicleta y su teléfono móvil le mataron de un disparo en la pierna y otro en el estómago. Tenía 38 años, mucho rock que sentir y muchas normas que romper.

Fuentes:

https://www.youtube.com/watch?v=KdOycUyM6vc

https://www.theguardian.com/football/2017/jan/24/forgotten-story-dario-dubois-argentina-face-paint-football

https://www.clarin.com/deportes/dario-dubois-tipo-colores-alma_0_Bk3VqnpC6Yg.html

La venganza de la verdad (1-2)

El Córdoba se salvó sobre el verde de Vallecas. Lo logró siendo fiel a los principios que ha ido adquiriendo conforme la temporada se le ha ido complicando. Sufrió por otra mala puesta en escena agravada con los fallos defensivos de costumbre y mejoró gracias a fe, orgullo y a varios nombres propios que seguro que querrían que la temporada durara hasta agosto.

Pero, sobre todo, si algo ha caracterizado a este Córdoba que se acaba de salvar ha sido su honestidad. Desde que perdieran en Getafe y se quedaran en números rojos a apenas cinco jornadas del final, la reacción ha sido encomiable. Sin voces altisonantes, sin hipérboles, sin recurrir a la épica. Los profesionales que tenían que decidir la suerte deportiva de la entidad tomaron conciencia de lo que debían lograr y se pusieron manos a la obra hasta lograrlo. No es sencillo para un equipo en apuros en la recta final de un campeonato encadenar cuatro partidos sin perder –tres de ellos fueron victorias-. Que se lo digan a Nàstic, Almería, UCAM, Alcorcón… o a los ya relegados Mallorca, Elche y Mirandés.  

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Lo que más me ha gustado de esta salvación ha sido que ha mojado a muchos de un baño de realismo. Un chapuzón que ha permitido descubrir autenticidades y miserias; ambigüedades y firmezas; Ha sido, por todo, una permanencia con un sello muy propio por la que se deben felicitar jugadores, cuerpo técnico, empleados y aficionados.

Durante estos últimos cuatro partidos todo me pareció todo bastante auténtico. De verdad.

Y ahora, con la salvación, la verdad dará paso a la mentira. Nos mentirán los mercachifles que transan por hacerse con la S.A.D. o mantenerla –a todos, incluso a ellos mismos-. Nos mentirán los representantes y los jugadores para negociar a la alta sus contratos. Nos mentirá todo aquel que pueda sacar tajada durante una negociación. Y tendremos que ser muy finos para saber qué es grano y que es paja (y qué es una paja, que no es lo mismo).

En un artículo en la Revista Hiperión llamado “La venganza de la verdad”, Félix de Azúa hablaba del argumento de una ópera de Mozart –lo cierto es que no sé si existe y no me apetece indagarlo- en la que una vieja se toma la revancha de un posadero y sus huéspedes con el siguiente juramento: “todas vuestras mentiras se cumplirán, todos vuestros embustes se harán realidad”. Me encantaría que eso sucediera durante este verano. O mejor aún, que tuvieran una pesadilla todos esos mentirosos con ese argumento. Lo mismo así aprenden realmente (no creo).

El día que Garrincha jugó en El Arcángel

Nadie sabe dónde está lo que queda de Mané Garrincha. Al mejor regateador de todos los tiempos le enterraron en una modesta tumba en la que apenas se puede leer su nombre y una incorrecta fecha de fallecimiento –murió en 1983, pero en su lápida figura 1985-. Casi nadie se ha preocupado en más de treinta años de su recuerdo en Río hasta que el alcalde pensó en su figura para honrarla por lo que hubiera sido su 84º cumpleaños. Cuando fueron a buscar sus restos, apenas quedaba la lápida… pero nada de Garrincha, cuyos despojos habrían sido trasladados por alguien a otro lugar en secreto.

Nadie sabe dónde está Garrincha, pero todo el mundo que le vio galopar con el balón pegado a sus desiguales piernas recuerda a ese pájaro que pedía perdón a los defensas que trataban de pararle, sin lograrlo, con los medios más bruscos posibles.

Y en Córdoba también dejó su recuerdo. Sucedió un 13 de mayo de 1956. Su Botafogo hacía escala en la ciudad dentro de su gira por España para disputar el Trofeo Ciudad de Córdoba en un Arcángel que apenas tres semanas antes había vivido el primer ascenso a Segunda del recién renombrado Córdoba C.F.

En un día de mucho calor –de mayo cordobés, no es difícil imaginárselo- los dos equipos saltaron al campo portando las banderas del país del contrario mientras se interpretaban los himnos español y brasileño. Según ABC, el estadio presentó una gran entrada y los jugadores cordobesistas disputaron “el mejor partido de la temporada” (como si el Botafogo participara en Tercera española).

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Pero el Fogao, que ganaría al año siguiente la liga carioca, era incuestionablemente muy superior en lo técnico. El cronista lo describe como “un completísimo equipo, dominadores sus hombres del balón y con una velocidad asombrosa” si bien –sorprendente- “adolecen de la falta de disparo, aunque cuando lo hacen es con una dureza peligrosísima”.

Por el Córdoba jugaron el Tenazas Sánchez Rojas; Navarro, José Luis, Alfaro; Mújica, Luisito; Sánchez, Joaquín, Araújo, Hermida y Fustero. Después entraron Jiménez, Encinas, Quintín, Outerelo (el primer extranjero del Córdoba, un uruguayo) y Corsim.

Para Botafogo se vistieron de corto Amaury (suplido por Pereyra Natero), Domício (Thomé) y Nílton Santos en defensa; Orlando Maia, Bob y Pampolini (Juvenal) en el centro del campo y Garrincha (Neyvaldo), Didi, Alarcón (Wilson Moreira), João Carlos (Mário) y Rodrigues en ataque.

El anónimo corresponsal de ABC destaca a la línea defensiva al completo de Botafogo, en especial a Nílton Santos -que ya había estado en la selección brasileña subcampeona del 50 y que estuvo en las campeonas del 58 y 62. Su nombre es ahora el del campo del Botafogo- y en ataque a Didí –campeón también en el 58 en Suecia y que llegara a probar fugazmente por el Madrid en el 59-. A Didí le cataloga de “verdadera maravilla”. Ni una palabra del entonces joven (22 años) Garrincha que fue sustituido –no se sabe en qué minuto- por Neyvaldo. Lo mismo ese día se había pasado con la ingesta de sus famosos cuba-libres que hacía pasar por cocacolas.

Al parecer los cordobesistas presentaron una digna oposición, destacando por su “entusiasmo”. El goleador Araújo antes de lesionarse estuvo muy activo y varios de los suplentes –atendiendo a la crónica- también.

Hubo siete goles para regocijo de los asistentes a El Arcángel. Por el Botafogo colaron Joao Carlos por partida doble (10’ y 27’), Alarcón en el 31’ y Rodrigues de cabeza en el 35’mientras que en el bando local marcaron Joaquín en el 6’ a pase de Heredia, Sánchez 23’ y Fustero en el 39’ para establecer el definitivo 3-4. Es decir, en dos ocasiones el Córdoba se puso por delante del Botafogo de Garrincha cuando los amistosos no eran tan amistosos. Según la crónica de Mundo Deportivo, de hecho, los brasileños se emplearon con mucha dureza tras colar el cuarto, por eso se lesionó Araújo.

Al final, ese día de mayo del 56 unos diez o doce mil cordobeses se fueron a sus casas contentos porque su equipo, que acababa de subir a Segunda, había sido el primero en meterle tres en España a todo un coloso sudamericano. Y también, aunque la inmensa mayoría no se hubiera dado cuenta ese día, porque habían visto en acción durante unos minutos a uno de los mejores jugadores de la historia de este espectáculo. Casi nada.

Fuentes:

@laligaennumeros (Álvaro Vega)

http://mundobotafogo.blogspot.com.es/2012/02/1955-copa-caritas-de-futebol_25.html

http://www.marca.com/futbol/resto-america/2017/05/31/592eedeb268e3e02248b47bb.html

Hemeroteca ABC

Hemeroteca Mundo Deportivo

Como peces en agua (4-2)

La filosofía es sencilla. La praxis es compleja. Foster Wallace contó una vez una historia para explicar el papel de la cultura. Dos peces que jóvenes que van nadando y se topan con otro mayor que les dice: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadaron un rato antes de que uno mirara al otro y le dijera: “¿Qué demonios es el agua?”.

El Córdoba ha sido durante muchas semanas un puñado de profesionales bienintencionados que no terminaban de saber dónde estaban nadando. Hasta que se dieron cuenta. Cuando el grupo de futbolistas de Carrión fue consciente de lo que tenían en sus piernas comenzaron a remar. Lo hicieron valiéndose de su gente cuando no les quería y lo han hecho –mejor, claro- cuando les convenció su juego. Lo hicieron mutando hasta encontrar un sistema –bueno, esto lo encontró Carrión, claro– que les hizo atenuar sus defectos y potenciar sus virtudes. Lo hicieron atinando ante el portero rival y paliando con intensidad colectiva los errores que alguno de los que jugaran pudieran cometer.

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Que el Córdoba aplastara al Oviedo no fue casualidad, supongo. Unos atesoraban números de titán en casa y los otros de mequetrefes a domicilio.

Con todo, esta versión mejorada del Córdoba quedó reflejada desde el primer minuto. La forma de presionar de Piovaccari, la forma en la que se plantó ante Juan Carlos y –sobre todo- la calma con la que envió la pelota a la red.

Luego ya fue todo coser y cantar. Aunque que parezca sencillo ganar es preciso hacer que lo parezca. Extraordinario Javi Galán –como todo su final de temporada-, recompensado Javi Lara, compenetrados Aguza y Edu Ramos y –esto no es novedad- colosal Kieszek. Resulta casi imposible encontrar matices en una nota colectiva de sobresaliente.

La salvación es un contrato cerrado sin rúbrica. La venta del Córdoba es una rúbrica sin contrato cerrado. Y, mientras, el cordobesismo reflexiona (creo) al mismo son que su técnico: “hay que hacer análisis, porque la temporada no ha sido buena”. El presidente, a su bola, prefiere decir que fue didáctica. Pues vale.

Ser, sentir y parecer (en el fútbol)

“Le he dicho a mi padre

que uno no puede vivir

tantos mundiales como

cree durante la vida

Los noventa minutos más el tiempo de descuento de la final no son más que una espera de la muerte” (de “Mi padre es árbitro de fútbol”, Ida Linde)

En 2010 escribió Carlin en un artículo que “hay pocas cosas más desagradables para una persona que enfrentarse a sus prejuicios y verse obligado a reconocer que no tienen justificación”. Hemos llegado a un extremo en este mundo desnaturalizado, dogmatizado y lleno de complejidades sociales en el que cada sujeto parece que tiene que pedir perdón por ser y sentir.

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En el fútbol, que es sobre lo que suelo escribir, más.

Esta semana se ha debatido en las redes y fuera de ellas sobre la vulgaridad de quienes en Málaga –fue en Málaga, pero pudo haber sido en Coruña, San Sebastián, Valladolid… o Córdoba- asistieron a la Rosaleda vestidos con la camiseta del Real Madrid para animar a este equipo contra el –teóricamente- de su ciudad. Se les ha querido retratar de aficionados de pacotilla o de advenedizos en un coto vedado para los sentimientos auténticos: justo los de aquellos que sufren por el fútbol.

Y no puedo estar de acuerdo. No me atrevo a estar de acuerdo.

Galeano decía que en el fútbol son mucho más numerosos los consumidores que los creadores. No hay un único tipo de cliente y, lo que es mejor, no hay una manera única de sentir este espectáculo.

Los aficionados al fútbol solemos ser devotos de la nostalgia. Tenemos claro desde la añoranza -¿qué quedaría en este universo sin la recurrente épica?- cuándo tomamos la primera comunión con nuestro equipo. Los más con una hostia, los menos con una victoria, porque casi nadie se engancha por las buenas. Y, ¿quién me dice a mí que mi hostia fue mayor o menor que la de un aficionado a otro equipo? ¿Quién me asegura, de paso, que yo soy más digno de chillar que un seguidor coreano o uzbeko del Barcelona?

Esto es cuando jóvenes, pero nos hacemos viejos también para el fútbol. Vázquez Montalbán contaba que con el paso de los años le resultaba más trabajoso “recuperar la camiseta del baúl de los disfraces” y que solo si se dejaba llevar “por ese gilipollesco niño que, según algunas mujeres ternascas más que tiernas, llevamos dentro” era capaz de regresar a “los códigos de una conducta militante”.

Por eso, el amor por un equipo, por mucho que no se discuta su eternidad, no es algo que se pueda someter a un estereotipo. Ser de un equipo implica –esto es de Javier Marías– someterse a un estado de ánimo determinado. El de la euforia de los que casi ganan siempre contra el de la melancolía de los que casi siempre pierden (el de la inmensa felicidad cuando se rompe la lógica merecería un capítulo aparte).

El fútbol, en consecuencia, no es patrimonio de ninguno de sus fieles. Ni de quienes se hacen callo en el pecho declarándose enamorados únicamente de lo suyo; ni de quienes se ponen la camiseta del equipo que gana; ni de mi amigo que abandona siempre El Arcángel –vaya como vaya el partido- en el minuto 85 para no pillar atasco-; ni de mi otro amigo que se baña en la piscina de su chalet con la bandera del Madrid cuando gana un título; ni de todos –y cuando escribo “todos” es “todos” en el sentido más amplio- los españoles que nos vestimos con la camiseta de la selección tres, cuatro o cinco veces cada dos años.

El fútbol es una nueva religión sobre la que ningún ilustrado diría a un hincha que su creencia se opone a la razón (Manuel Mandianes dijo esto), así que ¿por qué ser sectarios? ¿Por qué diferenciar entre seguidores de primera y de segunda únicamente por exhibir sus sentimientos verdaderos en el momento supremo?

Si algo he aprendido de haber sido aficionado, trabajador de un club de fútbol y (hacer de) periodista deportivo es que vale mucho más atender a los hechos que a los apriorismos. Que en el fútbol, probablemente como en la vida, ser y sentir son conceptos tan grandes que no se pueden juzgar con ligereza. Bueno, eso y que lo único que tendríamos que desterrar de este mundo es el concepto “parecer”. Porque las apariencias en fútbol, casi siempre, engañan.

Los partidos de feria (1-1)

Siempre hay dos partidos en el año especiales en Córdoba. En la feria más larga del mundo –y nada más lejos de mis intenciones censurar o debatir su duración- los cordobesistas se apiñan durante cientoochenta minutos para alejarse mentalmente del albero mezclado con rebujito, de los paluegos de las hamburguesas Uranga y de las canciones horteras de la temporada.

En Cádiz la sensación era vieja y la situación era nueva. El Córdoba se había reconciliado con los suyos el sábado anterior y debía apurar esa dinámica para dar un paso para la permanencia. El salto –sobre todo sabiendo lo que había pasado el viernes- podría ser importante o definitivo. El plan más sensato era afianzar el punto. Y, ante un equipo que no arriesga nada y que juega con el error ajeno, era un juego arriesgado.

Por eso, y por el viento, el partido fue un coñazo. El Cádiz procuró regalar la pelota, pero el Córdoba la regaló más. Y así, entre errores, transcurrió una primera mitad insufrible que dio paso a una segunda algo más movida (más que nada porque se agitó el marcador).

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Marcó Aketxe por culpa de su calidad y de otro error de coordinación de la defensa del Córdoba, que concedió otra falta en una posición peligrosa como la que le dio al Levante y al Getafe (por ejemplo). Pero el Córdoba está en buena predisposición. Carrión hizo cambios sensatos y fue avanzando a su equipo con criterio hacía el gol. Primero metió a Alfaro y luego a Rodri (poco después). Y el equipo, a trompicones, provocó el nerviosismo en el rival. Rodri pudo haber marcado y Alfaro lo logró en otra acción a balón parado (esta vez un saque de banda puesto por Bíttolo).

Y, contrariamente a otros choques, el Córdoba dispuso su buena situación a su antojo. Si bien es cierto que el Cádiz demostró que tampoco es tan fiero como refleja la tabla, los blanquiverdes terminaron bien colocados, bien enchufados y sobrados físicamente. Por eso sumaron.

Fue el partido de feria. El primero de los dos. Y fue festivo. Queda rematar la faena el domingo en El Arcángel contra el Oviedo. Pero cabe recalcar una idea: que el alivio no se confunda con la euforia. Están cumpliendo con el objetivo secundario, pero esta temporada en El Arcángel nos la han metido doblada mucho.