El espíritu de Javi Jiménez @javijimenezccf

Seguro que conocéis a Javi Jiménez. Lo mismo no a “mi” Javi Jiménez, pero sí a “un” Javi Jiménez.

Javi Jiménez no es jugador, pero ha jugado al fútbol como portero. Javi Jiménez no es entrenador, pero entrena a un equipo de una liga amateur. Javi Jiménez no es director deportivo, pero se recorre España viendo fútbol. Javi Jiménez no es dirigente de un equipo, pero se deja la pasta por el club que considera suyo.

Me encontré a Javi Jiménez -al que tiene de segundo apellido “CCF”- en Marbella. Aspecto de galo de Goscinny y Uderzo. Perilla y calva. Y, claro, con atrezo –camiseta, pantalón, bufanda, gorra…- que le identificaba con su equipo. En su caso, le dibujaron un día de blanco y verde y de blanco y verde se morirá. Le pregunté si había venido solo y me dijo que sí, que no había encontrado a nadie que le acompañara a ver un partido amistoso de su equipo. Ida y vuelta del tirón. Algo más de cuatro horas de coche para menos de dos de fútbol incruento.

A él le cuadra. Y le da igual que le llamen friki. O que su club nunca vaya a ganar nada –por mucho que sueñe con verle un día jugar en Europa-. Se muere por ver ganar, pero no palma si pierde porque lo asume dentro de la inevitabilidad de su pathos.

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Le volví a ver en Almendralejo. Hacía muchísimo calor y manchaba de sudor una camiseta marca Kukuxumusu que la marca sacó en exclusiva para el Córdoba hace una década y que yo ya había olvidado que un día compré. Le pregunté si, dado que al día siguiente su equipo –el mío- jugaba en Mérida, iba a estar también allí: “Me gustaría, pero es que el domingo entro a trabajar a las cuatro de la mañana. Si no…”.

Nunca le he sentido realmente indignado sin razones para estarlo por un mal encuentro. Nunca le he leído un comentario hiriente a un enemigo. Nunca un menosprecio. Nunca he intuido en él las ganas de medrar. Nunca he percibido que el fútbol le diera algo tangible –más allá, claro, de alguna entrada alguna vez-. Nunca me ha trasladado maldad en sus cavilaciones.

Este verano yo estaba triste. Desanimado. Asqueado del fútbol. Javi Jiménez me escribió: “Toni, te veo demasiado negativo últimamente. Demasiado, quizás. Tú no eras así. Sé que todos estamos quemados, pero si perdemos la ilusión, ¿qué nos queda?”.

Me avergüenza pensar que a mí, que me pagan por hacer algo que me encanta, se me pudiera haber bajado el ánimo. Me alegra saber que todavía existen Javi Jiménez en el mundo. Quiero creer que el fútbol se creó para todos los Javi Jiménez del mundo. Y espero que, de algún modo, siga siendo este espectáculo -aunque ya de un modo romántico- de todos los Javi Jiménez del mundo. Para todos ellos y en especial para “mi” Javi Jiménez mi respeto y agradecimiento. En la victoria y la derrota. Viva el fútbol vivido así.

El día que Best se despidió del fútbol debutando en un club de su país (y perdiendo 0-7)

Para los peloteros rancios de cromos panini y pcfútbol, el silueteado del rostro melenudo de Best se ha convertido en un icono tan reconocible como lo puede ser el retrato que Korda le hizo al Ché Guevara para ciertos nostálgicos de la izquierda.

George Best, lo sabréis si habéis decidido empezar a leer esta historia, ganó una Copa de Europa con el gran United del 68 y ese mismo año fue Balón de Oro. Era el mejor jugador del continente en esos momentos, pero seis años después su estela –por motivos variados entre los que destacan su afición por los vicios- se fue apagando hasta que se le invitó a dejar el club.

En ese año -1974- Best tenía apenas 28 años, pero decidió emprender una errática carrera que le llevó a militar en equipos sudafricanos, ingleses, norteamericanos, irlandeses, escoceses e incluso australianos. Pero Best, en el tramo final de su carrera y después de muchas vicisitudes, todavía tenía una espina clavada. Porque el mejor jugador de la historia de Irlanda del Norte –de hecho, el amor por su tierra natal le dejó sin ninguna participación en algún gran torneo de naciones- nunca había jugado en un equipo norirlandés.

Así que en 1983 el hombre que amaba el Dom Perignon, los deportivos y las misses –no necesariamente por ese orden– dejó de jugar en el australiano Brisbane Lions, aunque apenas disputó cuatro choques en tan remoto lugar, para volver a su tierra.

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Best, tercero por la izquierda agachado, en su último encuentro oficial (Belfast Telegraph)

Naturalmente, y a pesar de que ya no era el mismo jugador que epatara en su mejor estado de forma, Best encontró acomodo en diversos equipos modestos como el Osborne Park y el Nuneaton Borough para ejercitarse hasta que finalmente el presidente del Tobermore United, Raymond Beatty, decidiera contratar al jugador para disputar un encuentro de Copa de Irlanda contra el Ballymena.

Así que la tarde del 11 de febrero de 1984 los coches se apelotonaron en torno al modesto Fortwilliam Park de Tobermore (578 habitantes en 2001, supongo que alguno menos en 1984). El campo fue calificado en la crónica del Daily Mail –ni que decir tiene que hiperbólicamente- como un “Pequeño Wembley” de 4.000 espectadores.

La ilusión era máxima en todo el Ulster desde el día que se conoció que su héroe iba a vestir la rojinegra del Tobermore, pero la realidad sacudió fuerte a sus aficionados. A pesar de la voluntad del quinto Beatle su equipo era –supongo- bastante peor que el Ballymena. Un tal Michael Guy tuvo el privilegio de colar el primer gol de ese encuentro histórico. En los noventa minutos, Best apenas dejó constancia de su presencia según las crónicas con un disparo a portería y un gran pase. Mientras tanto el Ballymena siguió a lo suyo y anotó otros seis goles más.

El 0-7 final y consiguiente eliminación no restó ni un ápice de gloria al protagonista del encuentro. Best fue aclamado y tuvo la paciencia suficiente para firmar todos los autógrafos que le requirieron. Su atractivo hipnótico para los seguidores queda plasmado en una anécdota que contaba el presidente del Tobermore. Un chaval veía el partido encaramado a hombros de su padre. Cuando éste, poco antes del final, amagó con salir del campo, el hijo protestó diciéndole: “Solo un minuto más, papá, tiene la bola otra vez”.

Dos horas después del encuentro Best ya estaba en Londres dispuesto a coger un avión rumbo a Los Ángeles para ver a su novia del momento, la Miss Mundo Mary Stavin. Nunca más volvió a jugar un partido oficial.

Best falleció en 2005 y fue enterrado en una loma de Belfast. Medio millón de personas honró su recuerdo. Uno de cada dos habitantes de Irlanda del Norte. En Tobermore siguen presumiendo de tener el único club del país en el que el mejor jugador irlandés jugó un partido. Nadie se acuerda del 0-7 y, por el contrario, hay un club de supporters llamado “The Tobermore No. 11 Northern Ireland Supporters Club”, recordando que Best lució el número 11 en ese encuentro.

Fuentes:

http://www.midulstermail.co.uk/sport/the-day-best-played-for-tobermore-1-1788368

https://en.wikipedia.org/wiki/Tobermore_United_F.C.

http://www.belfasttelegraph.co.uk/sport/football/northern-ireland/the-best-is-yet-to-come-for-tobermore-in-irish-cup-30891010.html

El fútbol tiene música, Petón. Editorial Córner.

La muerte de “Mumo” Tupper, el futbolista que quería ser algo más en la vida

Quería algo más de la vida. “No solo quería ser futbolista, quería ir a la Universidad”, contó su padre. Raimundo, “Mumo”, Tupper era un lector de Borges y Rimbaud y un oyente de Serrat y Peter Gabriel que jugaba muy bien al fútbol. Su compañero Andrés Olivares recordaba que “si viajábamos le gustaba meterse en museos, eso no se daba mucho en el fútbol”. No se estilaba. No se estila.

En 1995 Tupper era un chileno de 26 años que lo tenía todo en la vida. Su familia, de clase media-alta de Santiago, amaba a la Universidad Católica, equipo para el que estaba destinado a sudar desde que su abuelo –uno de sus primeros dirigentes- le llevara a su cancha apenas aprendió a andar. Con diez años nada más empezó a jugar como Cruzado y a hacerlo muy bien. Su hermano mayor –él era el menor de los cinco vástagos- le definía como “introvertido, callado y fanático del fútbol”, pero siempre alegre y dispuesto a reír. Por fuera.

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Tras debutar con el primer equipo de La Católica ante Cobresal con sólo 16 años, jugó 296 partidos y marcó 37 goles. Siempre con los mismos colores. Siempre defendiendo el mismo escudo cruzado. En 1993 fue uno de los mejores jugadores de la Libertadores en la que su club fue finalista ante el poderoso Sao Paulo de Raí.  También ayudó a su país a ser cuarto en el Mundial sub-20 del 87 y en el 94 pudo incluso regalarle una asistencia a Iván Zamorano en uno de sus tres primeros partidos como internacional absoluto.

Esos datos llenarían de ilusión y esperanza el futuro de cualquier jugador de fútbol con 26 años. No a “Mumo” Tupper.

“Estaba mal, pero me dijo que no quería renunciar a hacer aquel viaje”. Su padre Andrés reconoció años después que sabía de su enfermedad. Un mal que, según su compañero Sergio Vázquez consistía en que “necesitaba expulsar con palabras todo lo que tenía dentro y no lo podía hacer”.

En el verano de ese 1995, hace ahora veintidós años, la Universidad Católica se encontraba haciendo una gira por Centroamérica que empezaría ante el Saprissa costarricense. Una de esas que disgustan a los profesionales del balón porque les obligan a estar lejos de su familia y sometidos a un régimen de concentración durante días que parecen semanas. El técnico de aquel equipo era Manuel Pellegrini, que habló con Sergio Vázquez –veterano y ex internacional con Argentina- ya en el avión: “me dijo que iba a poner a Raimundo –Tupper- en mi habitación porque yo era extrovertido y jovial y le vendría bien”.

Y en esa 621 del Hotel Colón de San José de Costa Rica “Mumo” Tupper se desahoga durante toda una noche con Vázquez. Siete horas de “una charla muy interesante. Él caminaba y yo permanecí acostado”, como una visita al psicólogo clásica, pero al revés. Vázquez confesó que “nunca había hablado con alguien con esos problemas. Me dijo que iba a tomar una determinación muy grande que era bastante importante para su vida. Yo pensé que iba a abandonar el fútbol”. Pero no era el fútbol lo que deseaba abandonar Mumo.

A la mañana siguiente Vázquez no encuentra a su compañero de habitación. Tupper había salido hacia el ascensor, donde se cruzó con otro jugador del equipo – Marcelo Barticiotto- a quien le comenta que quería subir para buscar sus pasaportes. Barticiotto no le da más importancia hasta que se cruza con Vázquez, quien le dice que sus papeles están en la habitación. Demasiado tarde.

Tupper ya estaba decidido a dar su último salto desde 80 metros de altura. Dejó en el suelo su cartera, su carnet de donante de órgano, tomó impulso y saltó.

Contra los deseos de su familia el funeral en Santiago fue multitudinario. Todos recuerdan la cruz gigante instalada en el campo. Eso y que al día siguiente al entierro comenzó un temporal de nieve. Aún es recordado con frecuencia en los partidos de La Católica – Mumo, Mumo querido. Los cruzados nunca te olvidarán, le cantan-.

Lo paradójico es que Tupper siempre será recordado en su país por haber despuntado jugando a la pelota para el club de una Universidad. Cuando Mumo, lo que realmente dicen que quería, era escribir un libro. Tenía miedo a toparse con una hoja en blanco.

Fuentes:

http://www.t13.cl/noticia/deportes13/futbol-nacional/digan-verdad-web/a-22-anos-de-la-partida-de-raimundo-tupper-la-muerte-que-enluto-el-futbol-chileno

https://www.youtube.com/watch?v=hBpxc4jZZu0

http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2009/07/14/el-ultimo-vuelo-de-raimundo-tupper/

 

Cosas de la otra Champions. El @EuropaFC_Gib – @tnsfc que viví en Faro

-¿Te vas el lunes al Algarve, no? Lo mismo te interesa

Mi compañero Antonio García, que me conoce bien y me aprecia, me avisó el viernes. A su mensaje tal vez le faltara un “no tienes huevos”, pero también sabe que mayores excentricidades he hecho.

En Faro jugaban para acceder a la segunda ronda clasificatoria de la Champions un equipo gibraltareño y otro galés. Suena a comienzo de chiste de Arévalo, pero era un panorama absolutamente delicioso para alguien que usa el fútbol como excusa (y que –efectivamente- se encuentra de vacaciones cerca de Portimao).

¿Que por qué jugaba como local el Europa de Gibraltar en Faro? Porque la UEFA entendía que el mítico Victoria Stadium –si conocen La Roca lo han tenido que ver por narices porque está junto al aeropuerto- no cumplía los requisitos para partidos internacionales y, en consecuencia, debe ser reformado. Como quiera que la Federación Española no le da ni agua a la gibraltareña, sus equipos se tienen que exiliar a Portugal.

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Fachada del Estadio del Algarve con las banderas de los contendientes

En el Europa F.C. tenía un contacto; Jesús Toscano, lateral zurdo que jugara en el Córdoba en su día y a quien había entrevistado esta misma temporada. Cuando le llamé para la radio su equipo acababa de ganar la liga de su ¿País? ¿Colonia? Después también se llevó la Copa, con lo que completó un histórico triplete tras haber conquistado la Pepe Reyes Cup –sí, así se llama en Gibraltar lo que vendría a ser la F.A. Cup inglesa, no me digan que el nombre no mola-.

Le escribí a Toscano para solicitarle un contacto para acreditarme o bien para que me facilitara dos pases y me respondió que no era necesario pagar entrada para acceder al campo. Un partido de Champions gratis. Inimaginable, aunque Paracelso pensaba que el hombre es lo que piensa y que si piensa fuego está ardiendo y si piensa guerra, guerreando. Y el Europa –y su rival, el The New Saints galés– pensaban en Champions.

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Entrada del partido

También en esa clave pensaba Stephen, el nombre que Toscano me dio para que me atendiera en las taquillas del precioso estadio del Algarve. Stephen, con su polo verde con el escudo del Europa, sonreía ilusionado mientras ponderábamos las posibilidades de pasar de ronda. “A ver zi es pozible, hombre”, me dijo en perfecto llanito este simpático hombre de club mientras me daba mis tres localidades. Tres, sí, porque al partido me acompañaron mi pareja y mi hija de menos de dos meses. A Marina –tal es su nombre- la llevaba en un marsupio artificial de esos que convierten al bebé en un equipaje inteligente. Un policía portugués miró con reparo mi carga y me dijo que tal vez no pudiera acceder al campo con ella a cuestas. Fue el único que pareció poner alguna objeción. No sé qué hubiera pasado en un partido de la otra Champions.

Nos ubicamos en un extremo de la única grada abierta para el encuentro, algo alejados de los dos principales focos de ruido en el campo, pero muy cerca de un señor con camisa de cuadros de unos sesenta años y aspecto de pescador de poema de Neruda que era –excluyendo a los futbolistas- quien más sentía lo que estaba pasando en el verde.

Naturalmente, el campo estaba lejos de parecer lleno. De sus más de treinta mil localidades apenas estarían cubiertas unas doscientas o trescientas. Eso sí, y no exagero, sentí más ambiente de fútbol y más pasión que en algunos partidos de Segunda y casi que en alguno de Primera.

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Los galeses celebran el gol de Quigley que suponía el 0-2

Y otra cosa buena… un partido de Champions en el que se escuchaba nítidamente lo que los jugadores decían en el campo. Oro. El portero sevillano y capitán del equipo Javi Muñoz –ex Lugo, Rayo, Xerez…- gritándole a su lateral derecho ghanés Ayew –hijo, ojo, de Abedí Pelé-: “Fássil, fássil. Easy, easy” mientras jugaba con su compañero de zaga Alberto Merino –ex del Cádiz que lleva a las espaldas el dorsal 41, supongo que por la edad con la que entró en el club, ahora tiene 42-.

Ese bilingüismo andaluz-británico es una de las naturales peculiaridades de Gibraltar. La afición del Europa lo llevaba a gala desde la grada agitando sus banderas verdinegras mientras gritaba “¡Vamos, dale, Europa!” y “’Iuropa’, ‘Iuropa’” con acordes mezcla de vehemencia sureña y pasión inglesa. Claro que los galeses, representados por unas treinta personas de todas las edades y condiciones, tampoco se quedaban a la zaga y contestaban con una tonada que recordaba al tan de moda el verano pasado “Will Gregg´s on fire”.

Durante el descanso (0-2 ganaban los Saints, el primero de ellos un calco de la Mano de Dios de Maradona) quise conversar con algunos aficionados del Europa para ver cómo llevaban lo de jugar como locales en Faro siendo de Gibraltar. Me encontré, con cara de cabreo por el resultado, a Luis Juliá, que lleva el mantenimiento, cocina, ropa y utillaje del equipo. Me contó que eso de ser exiliados deportivos perjudica “no solo la planificación del futbolista sino de la afición, que tenemos un campo a trescientos metros de la frontera”. Se refiere al Municipal de La Línea, un campo desproporcionado para la ciudad donde se encuentra construido durante el franquismo para darles envidia a los resistentes hijos de la pérfida Albión. Juliá me habló del trastorno y de la incongruencia que le supone este veto español, porque “el fútbol va al margen de cualquier política” y además “Gibraltar y La Línea son pueblos hermanos”. El mismo Juliá vive en La Línea, como Yolanda Torremocha, esposa del segundo entrenador, y que se quejaba de las cinco horas de autocar que se había tenido que tragar ella y el resto de seguidores “europeos” para ver a su equipo. Además, la medida afecta a muchos seguidores españoles, linenses sobre todo, que se han hecho del Europa por cercanía, curiosidad… o por ilusión de apoyar a un club de Champions. “Mira, por ahí va uno que es de la Balona también”, me dijo Yolanda mientras señalaba a un aficionado espigado y de larga melena con lejano parecido a Rosendo que saltaba los escalones de tres en tres porque el partido estaba a punto de reanudarse.

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Aspecto de la grada del estadio Faro. En primera instancia los seguidores gibraltareños, detrás los galeses

A pesar de la confianza que me transmitió Yolanda –“vamos a ganar seguro”– y a pesar del 1-2 que se trajo de Gales, el Europa palmó. Después de que el internacional Walker –el más técnico sin duda de los 22- igualara la eliminatoria de penalti, en el minuto 59’ una irresponsabilidad de su delantero Kike, que pisó a un rival y otra de Álex Quillo dejó a los gibraltareños con nueve.

Con todo, el Europa fue capaz de aguantar hasta la prórroga haciendo un esfuerzo titánico, pero en ella un gol de Quigley en el 104’ puso la puntilla. El tanto estuvo a punto de provocar un altercado cuando un par de ‘chicas de oro’ galesas –ya saben: como Blanche Deveraux, Rose y compañía- se dedicaron a agitar con demasiada violencia una bufanda con los colores de los Saints hasta golpear con ella la cabeza de una seguidora del Europa. No se crean que no hubo tensión, aunque tampoco los de la Guardia Nacional Republicana lusa parecían muy dispuestos a actuar (hubieran sido una especie de cascos azules, en realidad casi todo en el estadio del Algarve podría ser catalogado esa tarde como “una especie” de algo).

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Momento de tensión en la grada (aunque no lo pareciera por la foto, lo reconozco)

Desolación en los rostros de los futbolistas del Europa, euforia en las de los Saints, que serán quienes jueguen contra el Rijeka en la siguiente ronda. Naturalmente, parten como víctimas propiciatorias ante cualquier equipo croata.

Al finalizar el choque y mientras fijábamos a Marina en su asiento del coche nos adelantaron a toda velocidad un Lamborghini y un Porsche tan espectaculares como cualquier Lamborghni y Porsche. Por su matrícula gibraltareña pensé que tal vez en alguno de ellos viajara el presidente del Europa FC, Peter Cabezutto, quien heredara el club del presidente honorario también llamado Peter Cabezutto y que falleciera apenas hace unos meses (por cierto, el ‘4’ del Europa se llama Lance Cabezutto, así que lo mismo también es familiar).

Con ese poderío –el de los Lamborghini y Porsches, claro- no extraña que la próxima temporada el equipo gibraltareño que juegue la previa lo vaya a hacer en un Victoria Stadium no solo remodelado, sino de cuatro estrellas FIFA y con capacidad para albergar una final internacional. Como a este gente (a los del Europa o a los de otro equipo de la Premier llanita) se empeñen en hacer un nuevo Mónaco del sur de Europa, estoy convencido de que lo lograrán. ¿Acaso no llevan sobreviviendo durante más de trescientos años aislados y asediados?

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Tristeza en los jugadores del Europa FC, que saludan a sus aficionados desplazados

El partido de desempate entre el mérito deportivo y el de guerra

“El español es extremoso en sus juicios. Está enseñado a discurrir partiendo de premisas irreconciliables. Pedro es alto o bajo; la pared es blanca o negra; Juan es criminal o santo (…) Cara o cruz, muerte o vida, resalto brusco, granito emergente de la arena. Para fundar un imperio de la soledad o del desierto”

Monólogo de Eliseo Morales en La Velada de Benicarlo de Manuel Azaña.

Esta historia de fútbol hay que contextualizarla bien. En 1939 Franco y los suyos acababan de ganar su guerra y todo lo que sucedía en España estaba sometido al poder de las armas. De hecho, lo mismo que ahora el comité de competición castiga a los jugadores por tarjetas, entonces se anunciaban sentencias como esta: “Se acuerda lo siguiente, respecto a diversas consultas sobre sanciones: Jugadores rehabilitados por haber demostrado que su prestación voluntaria al Ejército rojo fue debida únicamente a evitar ir al frente; (y a continuación un listado de nombres al que seguía el de otros peloteros con menos suerte y castigados hasta a cuatro años de suspensión)”.

Naturalmente, la Liga no se pudo jugar entre 1936 y 1939 –eso sí, el Levante ganó una competición que hacía las veces de tal llamada Copa de España Libre en 1937-. En la última edición, la de la temporada 35-36 habían descendido a Segunda Osasuna y Atlético de Madrid. Los madrileños lo hicieron como penúltimos y por culpa de un gol en la última jornada en el Metropolitano del sevillista López que, de paso, salvó a los hispalenses.

Pues bien, cuando se empezó a desescombrar el fútbol no todos los equipos eran capaces de competir después de una Guerra. Le costó mucho al Barcelona, al Athletic Club de Bilbao… y le resultó imposible al entonces poderosísimo Real Oviedo, que quedó tercero en 1936. Su campo de Buenavista estaba surcado de trincheras y sus gradas, asoladas. Así que la directiva asturiana optó por solicitar a la Federación una temporada sabática mientras cedía a sus mejores jugadores –Herrerita, Emilín y Riera se fueron al Barça-.

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Quedaba, de ese modo, una vacante para las doce plazas que entonces solía tener la máxima categoría del fútbol español. Lo normal, así a bote pronto, sería pensar que esa plaza debería ser por derechos pasados para el Athletic –así se llamaba entonces- de Madrid, pero tampoco estaban los colchoneros aptos para competir. Su Metropolitano, en primera línea del frente universitario, necesitaba una remodelación integral y tan escasos de jugadores estaban que habían tenido que fusionarse con un club salmantino llamado Aviación Nacional y que, como su nombre indicaba, tenía claras connotaciones militares. Así nació el Atlético Aviación que debía recuperar su lugar en Primera como heredero del espíritu rojiblanco (aunque ese nuevo equipo vistiera de azul).

Pero la guerra mata la lógica y esa plaza no fue dada de inicio al Athletic. Aunque se pensó en una Liga de once equipos, finalmente la Federación le dio cabida al Osasuna, que había quedado por debajo del Athletic, por “su contribución a la victoria en la guerra”. La medida se forjó durante una asamblea que tuvo lugar en plena guerra (1938) para premiar a los requetés carlistas y el resto de fieles al General Mola, que controlaron buena parte de Navarra durante todo el conflicto.

Como no podía ser de otra forma, muchos otros equipos se lanzaron en plancha reclamando su fidelidad a la causa franquista para hacerse con ese hueco, destacando especialmente al parecer los gallegos Celta y Deportivo. Sin embargo, al final los capitanes y comandantes que dirigían el Athletic hicieron pesar su condición –y su clasificación, claro- y llevaron el asunto al Consejo Nacional de Deportes. Claro está, la sentencia tuvo que ser lo suficientemente inteligente y mesurada como para no enfadar al Generalísimo y su tropa y así, resolvió que “de darse por firme la situación de derecho creada a favor del Osasuna se menosprecia a la mejor clasificación del Athletic en el orden deportivo” por lo que decidieron jugar un partido entre navarros y madrileños en Mestalla por un puesto en Primera. Es decir, unos jugaban por la razón deportiva y los otros por la de las armas.

Ganó el fútbol. El Athletic Aviación, dirigido por Ricardo Zamora, se impuso 3-1, se mantuvo en Primera… y se llevó el campeonato siguiente superando por un punto precisamente al Sevilla, el equipo que le descendió en el 36. Osasuna, por su parte, tardó catorce años en regresar a Primera.

El mismo 28 de noviembre de 1939 donde se recoge la crónica de ABC de ese Athletic-Osasuna se puede leer otra reseña futbolística de un amistoso entre Italia y Alemania en Berlín en la que “los capitanes de ambos equipos cambiaron ramos de flores y a continuación se interpretaron los himnos nacionales de ambos países, que fueron escuchados, brazo en alto y en religioso silencio, por la inmensa multitud que llenaba el Stadium”. Allí, y entonces, únicamente jugaban las armas.

Fuentes:

El deporte en la Guerra Civil, de Julián García Candau (Espasa)

Hemeroteca ABC

Las mentiras sobre el Atlético Aviación: Su derecho a jugar en Primera

Un decálogo para sobrevivir (2-1)

Muerta ya la temporada –muerta, que no terminada, porque las campañas como estas no acaban, sino que se mueren-, es hora de recapacitar. Mejor, de que recapaciten. Si, como parece y a pesar del sentir de su irritada plebe, los González siguen cortando el bacalao en El Arcángel, sería preciso que tomaran buena nota de estos meses didácticos y que han podido terminar en catástrofe (al menos para los aficionados). Más que nada, para que no nos pase como al Señor Blank de Auster quien, encerrado en su habitación blanca, no sea capaz de mirar las fotos para no evocar. Que vivir sufriendo solo puede ser peor que vivir sin atreverse a evocar.

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No me extiendo que ya es tarde –es junio, de hecho-. He aquí los diez puntos en los que el Córdoba C.F. debería mejorar para la 17-18 (enumerados y explicados por uno que no ha sido ni jugador, ni entrenador, ni directivo ni representante… toma osadía).

1.-Inversión en la plantilla (mayor… o algo): Perogrullo. Si eres el equipo que más beneficios obtienes de Segunda (no lo digo yo, sino la Guía Económica de la Liga, avalada por el Centro de Estudios Garrigues) y terminas salvándote en la penúltima jornada es que algo va mal. O que va muy bien, según se quiera mirar. Si el Córdoba quiere aspirar a subir –simplemente aspirar, subir depende de muchos factores– sus rectores deben rascarse el bolsillo para traer mejores jugadores. Por mucho que una inversión no siempre garantice el éxito, al menos garantiza que se busca. Ah, y que sea el Director Deportivo quien fiche, que para eso cobra por ello.

2.-Transparencia institucional: Es decir, no alejar a los minoritarios de las juntas y dar explicaciones de los movimientos a todos los niveles. Que la prensa no tenga que andar –siempre- elucubrando y escudriñando para obtener verdades, mentiras o medias verdades. Por mucho que sea su obligación.

3.-Libertad e igualdad para sus aficionados: Faltaría la fraternidad, pero eso en una ciudad tan repugnantemente cainita como Córdoba es impensable. No más vetos, sabotajes, coacciones… pero que igualmente se corten los tratos de favor a los pelotas y a los correveidiles. Solo con un ambiente social sano se puede aspirar a un espíritu del tiempo colectivo –el Zeitgeist que dirían los alemanes- más o menos limpio en El Arcángel.

4.-Un estadio en condiciones: Que se meta presión a quien corresponda: políticos, empresarios, el sursuncorda… El Arcángel no debería permanecer un año más en semejante estado de abandono. Ni se debería tolerar que subsista el mato grosso en Tribuna, ni que haya unos servicios que parecen los de un After de Aluche, ni que –sobre todo- la fachada principal del campo siga en pelotas para escarnio de todo cordobés que pase por la cercana autovía. Como aquí nadie quiere lo suyo no pasa nada, pero es vergonzoso.

5.-La prensa, con perdón: A ver, que si puede ser nos concedan alguna entrevista de vez en cuando con los jugadores o el entrenador. Porque es un poco coñazo tener que estar tirando del trabajo de nuestros compañeros de CCFTV –por otra parte, muy bueno- para escuchar lo que dicen los nuestros entre semana. De paso, que no se vuelva a repetir ningún veto ni menosprecio a ningún medio. Por mucho que, como todo profesional, los medios también nos equivoquemos.

6.-Gentileza con los trabajadores del propio club: Que se genere dentro de las oficinas de El Arcángel un ambiente bueno de trabajo, que no haya tiranteces, ni exigencias desmedidas, ni menosprecios… Que todo lo que pueda servir de ejemplo, llegue desde el trato con aquellos que se dejan la piel, calladamente y desde un discreto segundo plano, por el Córdoba C.F. (y por su S.A.D.)

7.-El fútbol base y esas cosillas de pequeños: Que no cobren diez euros extra –vamos, ni cinco- a quienes deseen ir a un partido con su recién nacido. Que se les permita a los padres acceder gratuitamente a los partidos de sus hijos. Que se eduque en valores de club –más allá del gran trabajo de los técnicos de la cantera- a los que algún día vestirán la blanquiverde. (Y ya puestos que se fomente la presencia de jugadores locales en el B y el juvenil).

8.-Que se le dé más brillo a la labor de la Fundación: Que sigue haciendo un gran trabajo callado y discreto aquí y allí. Que sigue promoviendo lo bueno que tiene el fútbol y regalando sonrisas a algunos desfavorecidos por la suerte. Y que hagan las paces con el colectivo de Veteranos de la entidad. El respeto al pasado es imprescindible.

9.-Que no se mienta al cordobesismo: Nada de promesas vanas, nada de “no vamos a regalar entradas”, nada de petulancias ni de arrogancias. Gestión por encima de egos. Gestión, gestión y más gestión. Y discreción, coño.

y 10.- Que se disculpen: Que quien o quienes hayan sido culpables de esta campaña tan triste, larga y desangelada –por no usar otros calificativos- salgan a la palestra cuanto antes asumiendo su o sus errores. Si no, sin ese espíritu de enmienda, me temo, los otros nueve puntos serían meros deseos abortados antes de imaginados.

Feliz verano. Felices ilusiones.

 

Dubois, el futbolista metalero que jugaba con la cara pintada

 “When pride and love battle with desire
Better hide your heart,
‘cause you’re playing with fire”

De la canción “Hide your heart”, de Kiss

A Darío Dubois, jugador de fútbol, le gustaba el Metal. De hecho, le gustaba mucho más la música que el fútbol, que practicaba a nivel profesional como central en las categorías más modestas argentinas para ganar plata con la que mantener su grupo “Tributo Rock”. Con suerte, pensaba, podría llegar a grabar un videoclip.

Un día, mientras competía para un equipo llamado Midland, pensó que no tenía por qué trabajar disfrazado. Mientras sus compañeros se colocaban las espinilleras y se ataban los cordones, Darío le pidió permiso al árbitro para usar el espejo de su vestuario. El colegiado, curioso, no le puso impedimento y Darío sacó el maquillaje que guardaba en una bolsa y sacó el Gene Simmons que llevaba dentro. Es decir, se sintió libre. “Te pintás la cara y salís a guerrear. Sé que los rivales se van a asustar, pero el reglamento no lo prohíbe. Yo escucho black metal, bien podrido, una música que me parte la cabeza y tengo ganas de jugar así, como soy”, dijo entonces.

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Los directivos de la Federación de Fútbol Argentina (AFA) no pensaban igual que Dubois. Y por mucho que hubiera quien únicamente se acercara al modesto campo del Midland para ver al nada dogmático futbolista, tardó dieciséis semanas en prohibirle que saltara al campo maquillado (“Me demoraba diez segundos en pintarme. No había ninguna ley que prohibiera eso”).

Darío se defendía diciendo que él no buscaba fama ni popularidad. Que si por él fuera se hubiera dedicado a golf, que le resultaba más interesante –“no tengo mano para eso”-.

Pero su fama de rebelde no terminó cuando le obligaron a jugar con la cara libre de pintura. No era infrecuente que, cuando le tocaba chupar banquillo, contemplara los partidos protegido por unas gafas de sol –“así lo veía más claro”-. En otra oportunidad el patrocinador del equipo para el que entonces jugaba, Lugano, les debía dinero, así que decidió llevarse “una cinta aislante negra para taparme la publicidad de la camiseta. Pero cuando llegué a la cancha me di cuenta que me la había olvidado. Entonces, aproveché que había llovido, ocupé mi puesto, hice que me persignaba, tomé barro del piso y me la tapé toda”. Otro año, para festejar una clasificación para un fase de ascenso tiró toda su ropa a la grada. “-¿Toda? ¿Los calzones también?” “-Nunca llevo calzones”.

Su carácter era tan fuerte como su integridad. Presumía de que en una ocasión el presidente de un rival le ofreció dinero para dejarse perder y él le contestó que podía “comer mierda” mientras le escupía en la cara (después en una televisión local le calificó como “rata hija de puta”).

En el verano del 99 se planteó un salto a Portugal después de leer que Jardel y Drulovic se habían pintado las caras de azul y blanco antes del último partido de su temporada ante el Estrela Amadora y no fueron castigados, pero finalmente no se concretó su pase.

Dubois nunca llegó a pesar de su fama a jugar al máximo nivel. Sincero y realista, resumía así su estatus: “para el A –Primera argentina- no existo, para el nacional B no doy el nivel, en la B soy buen jugador, en la C soy muy bueno y en la D soy el mejor defensor”.

La historia de Dubois, como la de los rockeros más grandes, terminó antes de tiempo. Tuvo que abandonar el fútbol mientras trabajaba para Victoriano Arenas porque sufrió una rotura de ligamentos en su rodilla y nadie le pagó la operación. Nadie le contrató después y la AFA –que le odiaba- no le ayudó en absoluto. Mientras trabaja de ganarse la vida como sonidista de bandas (así se llama a los arreglistas en Argentina), en 2008, le intentaron robar en el barrio –digámosle popular por no decirle pobre– en el que vivía. Y tras robarle una bicicleta y su teléfono móvil le mataron de un disparo en la pierna y otro en el estómago. Tenía 38 años, mucho rock que sentir y muchas normas que romper.

Fuentes:

https://www.youtube.com/watch?v=KdOycUyM6vc

https://www.theguardian.com/football/2017/jan/24/forgotten-story-dario-dubois-argentina-face-paint-football

https://www.clarin.com/deportes/dario-dubois-tipo-colores-alma_0_Bk3VqnpC6Yg.html