Opinión: Un Mundial para recordar desde la pasión

En el fútbol hay un tiempo limitado para enamorarse, que es el mismo que se tiene para sentir una aversión real. No cabe nueva pasión -que no sea impostada o regada por dinero- una vez se ha alcanzado una determinada edad.

Ayer terminó el Mundial y lo que más lamento una vez que lo de la horrorosa sede no tenía remedio es que mi hija no tenga todavía una edad óptima para sentir profundamente. A sus cinco años, Marina apenas entendía lo que significaban mis saltos en el sofá con cada gol o mis gritos de admiración en cada giro de guion que nos regalaba el fútbol.  Confundía España con el Sevilla -no sé por qué, porque siempre afirma ser del Córdoba, para mi alivio- y lo que más le preocupaba de la hora de la disputa de los encuentros era saber cuándo terminaban para que pudiera jugar yo con ella o bien quedara libre la televisión o el ordenador para ver sus movidas infantiles.

Y me apena porque ha sido un Mundial para recordar en primera persona. Tal vez no el que más haya aportado a la historia de la evolución táctica del fútbol… o quizá precisamente por eso. La emoción ha atropellado a la lógica en varios partidos de la primera fase plenos de locura, en unas eliminatorias de cuartos trepidantes y en una final tramada por un genio y escenificada por unos titanes.

Me gustaron los suicidios canadiense y serbio en la primera fase (aseguro que a sus aficionados no). Ambas selecciones jugaron como si estuvieran una pachanga en la que el marcador resultaba secundario y, en consecuencia, sus encuentros fueron muy atractivos. Me fastidiaron, por el contrario, las cicateras actuaciones galesas, mexicanas y uruguayas de las dos primeras jornadas. Las tres acabaron pagando cara su racanería en el choque que les podía haber colado entre las elegidas para octavos. Tampoco me dijeron nada -nada bueno, se sobrentiende- ni belgas ni daneses.

En la ronda de dieciséis, como si los equipos quisieran dar una tregua para lo que estaba por llegar, apenas hubo interés. Eliminatorias muy descompensadas todas menos las dos que acabaron en penaltis. España se despidió porque eligió ser rococó en lugar de barroca. Por eso y porque Marruecos, que ya había sido mejor que Bélgica y Croacia, llevó el partido al lugar que más le apetecía. El resultado final y todo lo sucedido despertó el eterno debate sobre quiénes somos y hacia dónde vamos que degeneró como todo en un nuestro país hacia el patético espíritu de los Madrid-Barcelona.

Los cuartos nos regalaron belleza y fuerza. La del Inglaterra-Francia; la de la pizarra de Van Gaal en el Países Bajos-Argentina; la de la entereza y fe de Croacia ante la bailonga e insustancial Brasil y la de la encomiable versión más rockera de Marruecos frente a Portugal. Las cuatro semifinalistas lo fueron por la lógica del balón. Más allá de gustos, evidenciaron ser las más competitivas. Las que mejor entendieron el sentido y la sensibilidad del Mundial. Las mejores.

Argentina acabó ganando porque miró de cerca el fracaso y le plantó cara. Perder ante Arabia fue para ellos como encontrarse con sus propios esqueletos y el trauma lo enjuagaron entre lágrimas tras superar el cara o cruz contra México. Tuvieron cancha y tuvieron toque. Fueron pluma y espada. Messi y Dibu. Eros y Tánatos. Belleza y dolor. No les faltó nada de lo que requiere un equipo campeón. Ni siquiera un técnico que pone por delante el grupo a su ego. Scaloni vio hace años lo que ninguno esbozó. Entre las ruinas de un equipo en el que el mejor de su tiempo no encajaba construyó un grupo que en dos años ha conquistado América primero (imponiéndose a Brasil en Maracaná) y el Mundo después.

La final fue, simplemente, un tributo al caos. Una mala tarde para los teóricos. Un imposible constante que parecía no querer tener fin. Un partido al que acudir cuando se nos vayan quedando cortos los días. Una casualidad bendita donde todo parecía tener sentido mientras menos sentido parecía tener todo.

Y vuelvo al comienzo. Lo de mi pena. Si mi hija hubiera visto con su memoria a pleno rendimiento -siempre que le gustara el fútbol, claro, que todavía no lo sé- es probable que dentro de quince o veinte años hablara con orgullo de que compartió era con Messi. O con Mbappé. Como yo siempre podré decir que aprendí a querer el fútbol mientras lo honraba Maradona.

Nunca pretenderé, por mucho que haga proselitismo, que mi hija admire a Maradona como yo. Entenderé, si le gusta este juego, que se enamore del fútbol de Mbappé, Haaland o de quien reine en este universo en unos años.

Porque en ese debate absurdo de quién es el mejor de todos los tiempos pocos caen en que es tan antinatural que un chaval de veinte años opine sobre la actuación de Pelé en la final del 58 como que en un asilo se venere del mismo modo a Cristiano Ronaldo y a Di Stéfano.  

El diez que, togado por absurdos rigores protocolarios, levantó el trofeo en un estadio que olvidaremos pronto en un lejano e ignoto país de ricos es el mejor de su época. Habrá otros grandes jugadores en el futuro. Ninguno como él. Su foto es el reflejo de su tiempo. Uno al que a mí me pilló ya viejo y a mi hija demasiado joven.

Un buen Mundial. Un gran Mundial. Espero lo hayan disfrutado tanto como yo. Y que el recuerdo les dure para siempre.

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