Un día de #EURO2020 : Naranjito en el diván

“Coloca una hoja en blanco sobre la mesa y escribe estas palabras con su pluma: Fue. Nunca volverá a ser”. De “La invención de la soledad” (Paul Auster).

Estamos de Eurocopa. El otro día me dijo Antonio Agredano que nada fútil sucede cada cuatro años. No necesitaba aliento, pero sí un golpe de suerte, para luchar por ver un partido de la selección en Sevilla. España, como excusa, me ha permitido ver fútbol en Stuttgart, Inssbrück, Kiev o Niza y, en las últimas semanas, cada vez que pasaba por el Estadio Olímpico circunvalando la capital andaluza para ir a la Sanlúcar de mi familia política sentía como un retortijón.

Naranjito, dichoso por poder ver un partido de su selección.

Pero si no ver a España en Sevilla me resultaba una traición a mi yo gamberro y juvenil, pagar 125 o 180 euros por ver un partido de fútbol me parecía -y me parece- una falta de respeto a la lógica.

Todo cambió el pasado martes cuando mi amigo Pedro, hábil en redes, descubrió en el portal de la UEFA tres localidades a 50 euros para el España-Suecia. Más de media hora tardé en comprarlas, pero era feliz. Iba a poder ver un partido más de España en un gran torneo con mi compañero de grada de toda la vida en El Arcángel hasta que mi trabajo nos separó mandándome a una cabina.

Prolegómenos. Bufanda de un España-Rusia con el que empezó la Euro de 2008 con la que todo cambió y otra del Córdoba de principios de los 2000. Camiseta adidas roja vintage. Cargador de móvil (lo único fundamental y la UEFA no para de repetirlo en los mails que remite).

Llegamos a Sevilla, que mantiene su ritmo habitual. Como la UEFA nos asignó el turno de ocho a ocho y media para entrar al campo, nos dio tiempo a tomarle el pulso eurocopero a la ciudad. Muerto. A las seis de la tarde nos topamos con un par de familias suecas paseando por la Avenida de la Constitución y en uno de esos bares para guiris un grupo de paisanos vestidos de rojo cantaban “Vamos, mi Lucena” mientras apuraban sus cervezas. Ah, también vimos a un aficionado español con la elástica de Deulofeu (cuatro partidos como internacional).

Una leyenda del combinado nacional

La logística nos fue mejor que en Niza en 2016. Allí debimos aparcar a más de tres kilómetros del estadio mientras que en la Cartuja reservamos un aparcamiento por seis euros a apenas uno y medio. Eso sí, las lanzaderas desde el centro de la ciudad hasta el estadio era solo para suecos. Un extraño apartheid que hizo que muchos españoles juraran en arameo mientras cruzaban por la Cartuja. Nosotros, con el tiempo justo, recordamos cuando La Salle -nuestro colegio de pijos- nos llevó a visitar el Parque de Atracciones en el que degeneró la legendaria Expo 92. Reclamamos, en nuestro mundo ideal, una Expo cada año en la que, claro, tuviésemos la edad en la que disfrutamos de la Expo.

Duelo de iconos

En los aledaños del Estadio Olímpico que nunca fue Olímpico la hamburguesería Carlos & José despachaba a destajo. Aficiones separadas para evitar incidentes que no se iban a producir en ningún caso. Tres suecos a los que la policía insiste en derivar hacia su parte del campo piden a unos españoles hacerse una foto con ellos para demostrar que van en son de paz. Se hace con el fondo de una intimidante tanqueta de la policía nacional.

Me encuentro al compañero de La Sexta Leandro Iglesias, que también está a tope con su labor de cazar momentos únicos (luego comprobé que había encontrado a un par de súbditos argentinos a los que les habían timado con las entradas). Una aficionada de Nacional de Montevideo camina evitando las bostas de los caballos de la policía. Le digo: “Aguante, Nacional” (soy amigo de Cristina dell’Onte, una gran aficionada montevideana), pero apenas esboza una sonrisa. Lo mismo de Nacional solo tiene la camiseta.

Leandro Iglesias, un buen tío y un gran periodista

Tras mostrar nuestras entradas con el bluetooth de nuestros móviles -por eso es imprescindible llevarlos cargados- entramos al recinto tras un control en el que cachearon hasta a mi Naranjito de peluche por si en realidad era algún tipo de granada de mano. En la antesala del estadio hay un balón gigante con el que la gente posa y una tienda de recuerdos del campeonato. Venden imanes a precio de lingotes de oro y camisetas veinte euros más caras de lo que costarán en septiembre. Naturalmente, dado que soy un imbécil consumista, le compré una a mi hija y una bolsa de plástico con el logo (15 euros). Los colores de la bolsa son los del torneo: azul clarito y amarillo intenso. Juveniles, dinámicos, impersonales y de optimismo falso.

A mi el pelotón, que los arrollo

El estadio tiene unos accesos funcionales y en apenas cinco minutos ya habíamos encontrado nuestra localidad. Una vez tranquilos, bajo al ambigú -que tiene en el suelo unas marcas a lo twister para guardar distancias– a comprarme una cerveza (sin alcohol, claro, vaya a ser que nos volvamos todos locos) y un revuelto de frutos secos. 35 segundos después de comprarlo, un empleado de seguridad me dice que la cerveza la puedo pasar, pero los frutos secos no. Le digo que lo acabo de comprar en el propio bar del estadio y me dice que pida que me lo devuelvan. Quedan 5 minutos para que empiece y no me arriesgo a volver a bajar y perderme los himnos. Rubiales, o quien corresponda, me debe 2,50 euros del paquete de aperitivos más caro de mi vida (Lo he dejado en una estantería de mi cocina por si procrea).

Pie izquierdo a loseta amarilla.

El ambiente es folclórico, como siempre. Apenas encontré un par de toreros en todo el día -cifra baja para lo habitual de estas citas-, pero el repertorio de canciones -partiendo del Lo,lo,lo,looo del himno- es inalterable desde que en el 71 un belga (Leo Caerts) creara el “Eviva España” (así lo llamó originalmente). De tanto en cuanto se escucha un “A por ellos, oe”. Al menos nadie empezó el siempre lastimero (y gafe) “Sí, se puede”. Tampoco ayudaba que los seguratas subieran constantemente a obligar a los espectadores a que se mantuvieran con un asiento de por medio y con las mascarillas siempre subidas. Cortarrollos de fútbol pandémico.

Ni Naranjito pudo catar los frutos secos más caros

El partido empezó muy bien. Suecia estaba desbordada por la velocidad y calidad de los atacantes españoles y la grada presenciaba, picueta, el despliegue de fútbol de toque efectivo de los nuestros. Hasta que se hartó. Conforme pasaban los minutos los “uys” se fueron convirtiendo en “ays”. Morata falló una que un delantero no puede fallar y en el imaginario colectivo se le convirtió en el origen de todos nuestros pesares desde 2012. Injustamente, claro, porque la falta de gol ha sido algo consustancial a España desde siempre. Incluso en los periodos de mayor bonanza. En la segunda parte, únicamente la entrada de Gerard encendió los ánimos de una afición entre hastiada y cabreada que se entretuvo golpeando con fuerza los muchos asientos vacíos que tenían a su disposición.

Ahí sí se podían consumir cosas. Supongo.

Nada. Nuestros compañeros de fila –aficionados del Xerez Deportivo F.C., no confundir con el Xerez C.D.- se desesperaban con sus gorras caladas al igual que un par de seguidores del Logroñés y otro con una camiseta del Zaragoza. No ve ninguna camiseta del Madrid, del Barcelona, del Atlético, del Sevilla (sí una de la Real, pero por el sueco Isak)… El seguidor más fiel de la selección española suele ser de equipos modestos. Tiene su lógica porque para lo que muchos es caviar para otros es mortadela. Los que nunca podremos soñar con ver a nuestro equipo pelear en Europa -o por entrar en Europa, al menos- tenemos que conformarnos con estos eventos para sentirnos bonitos y grandes. Para pensar que formamos parte de un colectivo que puede disfrutar del fútbol. Para ganar algo, que siempre viene bien aunque no sea lo fundamental.

Coñazos

Empate a cero en el megamarcador de La Cartuja. Desazón. Tolstoi explicó en “Guerra y Paz” que no hay una causa principal para una victoria o una derrota, pero la diana está puesta ahora el bidón sobre el que sentó Luis Enrique o en el flequillo de Morata. Querer creer que somos lo que fuimos no nos hará ser lo que fuimos. Naranjito en el diván preguntándose dónde perdió las llaves de su casa mientras se mira en el espejo.

Pero vamos, que bien

No creo que ganemos la Eurocopa, pero tampoco es algo que ya me inquiete. Pude vivir otro gran torneo en viva. Y las experiencias no se miden por el valor de las mismas sino por el mero hecho de poder vivirlas. Y más en estos tiempos en los que lo raro es querer hacer las cosas que siempre has podido hacer.

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