La historia de Ivica Osim, el último seleccionador yugoslavo que derrotó a España en un gran torneo, y de su esfuerzo por competir en 1992 con un país que se desangraba

Ivica Osim fue el último seleccionador yugoslavo que derrotó a España en un gran torneo. Sucedió en el Mundial de Italia en 1990, cuando un soberbio Stojkovic metió dos golazos en el Bentegodi de Verona haciendo inútil un gran partido del combinado de Luis Suárez. Después de esa eliminatoria, Yugoslavia cedió en cuartos por penaltis ante Argentina dando una imagen de equipo muy sólido y con mucho talento (aparte de Stojkovic: Prosinecki, Katanec, Savicevic, Pancev…).

Con la declaración de independencia de Eslovenia el 25 de junio de 1991 comenzó un periodo convulso en lo que hasta entonces era la Federación Yugoslava que terminó desembocando en conflictos armados en los que el odio al vecino se plasmó en matanzas sádicas en uno y otro bando.

Pero el fútbol seguía latiendo con fuerza en esa zona de los Balcanes. Tanto que Yugoslavia logró clasificarse para la Eurocopa de 1992 de Suecia dejando en el camino a la poderosa Dinamarca y en 1991 el Estrella Roja -cuya aportación era básica para esa selección- logró la primera y única Copa de Europa para un club eslavo.

Osim, que seguía siendo entrenador de Yugoslavia (y del Partizan), es croata aunque nacido Sarajevo y casado con una musulmana. Y se sentía yugoslavo. Por eso, y por su amor al fútbol, se empeñó en mantener su trabajo hasta el final. De manera casi melancólica siguió convocando a futbolistas croatas y eslovenos para la causa, pero estos -Boban o Katanec, por ejemplo- rechazaron con dolor por el cariño que profesaban a su entrenador. El seleccionador no se rindió y, aunque asumía que nada volverá a ser igual en Yugoslavia, explicaba al mismo tiempo en una entrevista en La Repubblica -27 de noviembre de 1991-: “Devolvedme Yugoslavia, ¿Escapar ahora? No, me sentiría un desertor. Este equipo tiene un espíritu. Y no es poco, hacedme caso, en esta situación…Solo reivindicamos nuestro derecho a jugar aquello que nos hemos ganado en el terreno de juego, ¿es mucho pedir?”.

Ivica Osim, con un cromo que por desgracia nunca se consumó en la realidad (todocoleccion.net)

Lo fue, a pesar de Osim, porque los planes de la UEFA eran otros. En los meses previos a la Eurocopa se dudaba tanto de la presencia de Yugoslavia como de la URSS, que estaba también en proceso de descomposición. Johannson, el preboste del organismo europeo para el fútbol entonces, declaró adelantando su decisión posterior que: “Con la URSS puede suceder que la nueva unión incluya a todas las antiguas repúblicas (…). El otro caso es distinto, porque Yugoslavia y su federación de fútbol podrían existir en enero, pero el país desaparecer en abril”. A la espera, y con jugosos patrocinios haciendo de lobbies, las federaciones danesa e italiana, que ocuparían el lugar que dejarían yugoslavos y soviéticos.

Se esperaba una resolución de la ONU que allanara el camino a la decisión deportiva, pero las Naciones Unidas no se pronunciaron hasta un mes más tarde de la conclusión de la Euro, así que toda la Europa futbolera seguiría en vilo hasta marzo. En enero la UEFA autorizó que la URSS jugara bajo el nombre  de CEI (Comunidad de Estados Independientes), pero postergó la decisión a adoptar para el caso de Yugoslavia.  

Osim, mientras tanto, aguantaba en su cargo a pesar de las amenazas de muerte que recibía de croatas y bosnios, de que cada vez tenía más difícil recorrer la distancia entre Sarajevo y Belgrado para asistir a los entrenamientos y de que la federación del Estado moribundo al que quiere representar en el torneo tentara a Vujadin Boskov -entrenador de la Roma y cien por cien serbio- para que ocupe el cargo (“Estoy muy preocupado por Osim, hay una guerra civil. Si me piden ayuda, no puedo decir que no”, contó Boskov en esos tiempos).

Al final -24 de mayo de 1992- Osim terminó dimitiendo ante la situación inhumana que vive su Sarajevo natal por el indiscriminado bombardeo y tiroteo de las milicias proserbias y del ejército federal. Bosnia lleva sufriendo el castigo de la guerra ya un mes. Los acontecimientos se suceden y el gobierno sueco declaró poco después personas no gratas a todos los jugadores yugoslavos para impedir su entrada en el país. El primer ministro sueco, Karl Bildt, declaró: “Una nación como Suecia no puede permitir que juegue en su territorio gente que está librando una guerra civil”. El portavoz de la policía sueca, un tal Danielsson, avaló la decisión: “Hay 27.000 croatas en el sur de Suecia. Nos arriesgamos a atentados terroristas o a tener la guerra en casa”. La UEFA se agarró definitivamente a este argumento para zanjar el debate: el 25 de mayo resuelve expulsar a Yugoslavia y darle la oportunidad de jugar esa Eurocopa a Dinamarca.

El destino, caprichoso, quiso que los daneses levantaran su primer -y único hasta el momento- torneo continental. Quien sabe si no era que ese privilegio -y no resulta descabellado ni mucho menos suponerlo- hubiera correspondido a Osim y sus muchachos si una maldita guerra -como todas lo son- no lo hubiera impedido.

Fuente:

-“Dios, patria y muerte. El fútbol en la Guerra de los Balcanes”, de Diego Mariottini (Altamarea)

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