La honestidad brutal y la incorrección política de Harald “Toni” Schumacher, el portero alemán que admiraba a Rocky

El domingo paseando cerca de la Torre Tavira en Cádiz me encontré con un mercadillo callejero. Sobre una de las mantas de los vendedores ambulantes vi un libro escrito en 1987 por el legendario portero alemán Harald Schumacher. “Tarjeta Roja” (Círculo de Lectores) -que tal es el nombre del compendio de sus sensaciones y reflexiones- me costó -sin regatear- un euro. Y me mereció mucho la pena.

La honestidad brutal de “Anpfiff” –“Saque inicial” es su nombre original en alemán, desconozco por qué se tradujo como “Tarjeta Roja”- le costó a Schumacher su trabajo en el Colonia y también su incuestionable puesto de portero de la selección alemana. No creo, después de habérmelo leído del tirón, que le importara demasiado.

Harald Schumacher fue criado en la ciudad renana de Düren a “dieta de patatas y más patatas” en una familia muy humilde. Sus dos referentes fuera del fútbol, sin duda, el cantante Peter Maffay -que cantaba “y yo estoy bien con el estómago lleno de amor y rabia”- y el personaje que Stallone interpretó en Rocky. De hecho, habla de que padecía el “síndrome Rocky: a esos que pueden estudiar les voy a enseñar lo que hay en mí”.

Cuando militaba en su primer club, el Schwarz Weiss de Düren descubrió, con doce años, que deseaba ser portero y que su referencia iba a ser Toni Türek, uno de los mejores guardametas alemanes de la posguerra. De ahí que se le conozca como Toni Schumacher. Durante sus inicios compaginó la pelota con el trabajo de herrero. Un oficio que catalogó de “extraordinariamente agotador”.

Como le apodaron Zappelphilipp (el inquieto) se puso en manos de una tal Doctora Stockerling que le recomendó que antes de competir se imaginara tumbado en una playa escuchando el sonido de un rompeolas. Por eso, y no por fervor patriótico, cerraba los ojos mientras sonaba el himno alemán y se hacía relajado bajo el sol del Mediterráneo.

Rüdiger Schmitz, su manager desde el comienzo, no pudo refrenar su carácter y su temperamento explosivo. En el libro se recogen pasajes chocantes en nuestro tiempos de corrección política. Por ejemplo en sus inicios en el Colonia, a Tony Baffoe, juvenil que deseaba ser profesional le dijo: “escucha bien, si yo fuera negro como tú, lo que para muchos significa tanto como ser basura, y estuviera en un hoyo sin fondo, el color de mi piel, maldita sea, sería suficiente motivo para intentar ser el mejor jugador del mundo. Tío, no dejes que te cuelguen. Enséñales de lo que eres capaz. Desgraciadamente Baffoe no tenía la suficiente capacidad para enseñar los dientes ni la fuerte alergia que yo, por ejemplo, tengo a las humillaciones”.

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Tampoco demuestra en sus 200 páginas ser muy partidario de las concentraciones. En 1985, en un desplazamiento con su selección, se rebeló contra la dieta impuesta y se dedicó a alimentarse durante una semana a base de huevos fritos y ensalada y alguna noche una cerveza. Según él el único que siempre estuvo sano fue él. “¿Por qué no tomar una buena cerveza Kölsch en vez de somníferos?”, reflexiona en su libro. Abundando en su heterodoxia, comprendía que las mujeres no desearan acompañar a sus parejas en los largos stages por encontrar “indigno e insultante que se piense que solo vienen a follar” así que su solución para aliviar ciertos picores resulta radical: “cuando la libido nos presiona sería mejor, como caso de urgencia, llamar a una call girl. (…) Si alguien quiere tener a una mujer en su habitación está bien que se le permita, pero que procure no molestar a su vecino”. Saca más punta al tema cuando escribe: “¿Por qué no, pues, utilizar los servicios comerciales de las bellezas bajo control médico? Alguno elegiría a una morena, el otro preferiría una pelirroja. Así que tendría la seguridad de que las chicas están limpias. (…) Este sexo solo tiene un peligro: llegar a casa y que te saquen los ojos”. En otro capítulo en el que habla del dopaje reconoce haber probado el captagon, la efedrina y otros estimulantes

A pesar de ser una firme promesa ya en el 78 no fue convocado para el Mundial de Argentina porque Helmut Schön – “un severo sajón” a juicio de Schumacher- le catalogó de “bocazas e inmaduro” tras haber menospreciado a sus rivales por ocupar la suplencia de Sepp Maier.

En la Eurocopa del 80 ya como titular gana la final a Bélgica con un dedo roto. Reusch le tuvo que hacer un guante especial. Dos años más tarde provoca la acción que marca toda su carrera. En el Alemania-Francia de semifinales del Mundial que se disputó en el Pizjuán sale a por un balón de manera brutal impactando y dejando k.o. al francés Patrick Battiston. A pesar de que el francés perdió dos dientes, quedó conmocionado y se fracturó la clavícula, Schumacher cuenta que “aun hoy no puedo sentir como falta la que le hice a Battiston en Sevilla”. La imagen de Schumacher jugando con la pelota despreocupadamente mientras atendían al destrozado atacante es un icono de ese campeonato. Él explicó que se mantuvo al margen porque “si vas allí para disculparte y te pegan, seguro que habría bronca”. La prensa le apodó “El monstruo de Sevilla” y tal fue el revuelo que se forzó uncuentro con Battiston –todavía con collarín- en Metz. La conversación entre ambos fue así según se recoge en el libro:

-No quería lesionarte. Algo así no lo he hecho en mi vida. Es lo último que se me ocurriría hacer.

-Yo te creo. También yo lo vi así; ya me lo imaginaba.

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El golpe de Schumacher a Battiston (The Daily Mirror)

Sin embargo, antes de un amistoso en Estrasburgo el 18 de abril del 84 la policía francesa le tuvo que proteger al margen del resto de sus compañeros. Le llamaron Nazi y esbirro de Dachau y le lanzaron huevos, patatas, manzanas y piedras mientras calentaba en solitario. Alemania perdió 1-0, pero Schumacher completó una buena actuación. Le ponían los ambientes caldeados.

La política también encuentra su hueco en “Tarjeta Roja”. Sobre la presencia de Helmut Kohl en el Azteca durante la final de México 86 apunta: “Todo artificial: deporte y política cogidos de la mano. Ingenuidad al lado de la premeditación”. Y tras la derrota en la final de 1982 ante la Azzurra en Madrid explica que sin querer le hizo un feo al presidente italiano Sandro Pertini quien luego le recibió y le dio un abrazo diciéndole: “Ven aquí. Deja que abrace a este gran deportista que eres”. De todas sus reflexiones hay una que no deja de tener vigencia más de treinta años después: “Tanto el nacionalismo como el fútbol proceden del siglo XIX ¿Es solo una coincidencia? Al contrario que Boris Becker y otros, continuaré pagando mis impuestos en Alemania. Soy un patriota, no un nacionalista”.

Como vemos, zurra a Becker, pero también arremete contra Breitner –“fumaba como una chimenea, jugaba al póquer, bebía como un cosaco…”- e incluso no se corta al contar que durante la concentración de España’82 “otros follaban hasta el amanecer y después llegaban arrastrándose al entrenamiento hechos polvo”. Otros “compañeros” de selección salen igualmente malparados  en su libro. A Beckenbauer le da antes de México 86 dijo que “en la Bundesliga ahora solo juega chatarra”. A su suplente Ulrich Stein directamente le odiaba. Sobre él dijo que “todos sus golpes son bajos” y tras haber visto Stein el partido contra Dinamarca desde la grada apuntó que “un enano, aunque esté en la cumbre del Himalaya, continúa siendo un enano”. De Rummenigge decía que sufría “manía persecutoria” por la lucha entre el clan muniqués y el de Colonia (que formaba junto a Allofs y Littbarski). De los jugadores jóvenes de aquellos tiempos dice que “son unos gandules. Y un par de ellos además imperdonablemente tontos -uno de ellos era Olaf Thon- No tienen ambición ni ganas de vencer. No juegan ni mal ni bien. Juegan por jugar”.

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En el capítulo insultos reconoce haber llamado a los árbitros “puerca negra, topo, cegato. Pero tan bajo que ni se enteran” y se congratula de no haber caído en llamarles “pajilleros” como sí hizo su odiado Stein (paradójicamente aboga por la profesionalización de los árbitros).

Schumacher también se explaya en cuestiones técnico-tácticas. Afirma que el equipo imbatible sería un cóctel de técnica y brillantez francesa con espíritu de lucha y robustez alemana. Sobre el estilo de juego, cuenta que “perder totalmente la ingenuidad significa también perder creatividad” y que en concreto en la demarcación de portero “volar y saltar es más lento que correr. Las paradas más bonitas son paradójicamente producto de errores de apreciación en el disparo. Un balón dirigido a la cruceta de la portería es imparable”. Cree igualmente que se debe generar miedo al delantero “de todos los medios posibles: músculos, gestos agresivos, mirada hosca…”

Su aguerrida postura le hace abogar por unas sesiones de entrenamiento que “arranquen a las siete de la mañana y duren hasta las cinco de la tarde”, ya que “un defensa de 30 años debería estar obligado a correr los cien metros en doce segundos”.

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Pero lo que más escoció fue que arremetiera contra los directivos de su propio club, el Colonia, y elogiara a los del Bayern. Argumenta una curiosa forma de organizar el precio de los abonos en la que pagara más quien más cerca viviera del estadio. Con la prensa apela a la expresión “constructiva desconfianza”.

Casi al final de su libro explica que en el 85 estuvo a punto de irse al Barça de Schuster, quien le dijo que si hubieran jugado juntos “seguro que seríamos campeones tres veces. Seguro que hubiésemos ganado la Copa de Europa para el Barcelona (…)” Pero a juicio de los dos alemanes a los españoles “parar goles en lugar de marcarlos es algo que no le interesa al público, ni a los jugadores ni a los managers”. Por eso, cree, nunca jugó en España.

Así era Harald Toni Schumacher en 1987. Un tipo que no le tenía miedo a la muerte porque pensaba que “en el otro mundo seguro que las cosas serán más bonitas de lo que son aquí y ahora”.

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