El partido de desempate entre el mérito deportivo y el de guerra

“El español es extremoso en sus juicios. Está enseñado a discurrir partiendo de premisas irreconciliables. Pedro es alto o bajo; la pared es blanca o negra; Juan es criminal o santo (…) Cara o cruz, muerte o vida, resalto brusco, granito emergente de la arena. Para fundar un imperio de la soledad o del desierto”

Monólogo de Eliseo Morales en La Velada de Benicarlo de Manuel Azaña.

Esta historia de fútbol hay que contextualizarla bien. En 1939 Franco y los suyos acababan de ganar su guerra y todo lo que sucedía en España estaba sometido al poder de las armas. De hecho, lo mismo que ahora el comité de competición castiga a los jugadores por tarjetas, entonces se anunciaban sentencias como esta: “Se acuerda lo siguiente, respecto a diversas consultas sobre sanciones: Jugadores rehabilitados por haber demostrado que su prestación voluntaria al Ejército rojo fue debida únicamente a evitar ir al frente; (y a continuación un listado de nombres al que seguía el de otros peloteros con menos suerte y castigados hasta a cuatro años de suspensión)”.

Naturalmente, la Liga no se pudo jugar entre 1936 y 1939 –eso sí, el Levante ganó una competición que hacía las veces de tal llamada Copa de España Libre en 1937-. En la última edición, la de la temporada 35-36 habían descendido a Segunda Osasuna y Atlético de Madrid. Los madrileños lo hicieron como penúltimos y por culpa de un gol en la última jornada en el Metropolitano del sevillista López que, de paso, salvó a los hispalenses.

Pues bien, cuando se empezó a desescombrar el fútbol no todos los equipos eran capaces de competir después de una Guerra. Le costó mucho al Barcelona, al Athletic Club de Bilbao… y le resultó imposible al entonces poderosísimo Real Oviedo, que quedó tercero en 1936. Su campo de Buenavista estaba surcado de trincheras y sus gradas, asoladas. Así que la directiva asturiana optó por solicitar a la Federación una temporada sabática mientras cedía a sus mejores jugadores –Herrerita, Emilín y Riera se fueron al Barça-.

atletiosasuna

Quedaba, de ese modo, una vacante para las doce plazas que entonces solía tener la máxima categoría del fútbol español. Lo normal, así a bote pronto, sería pensar que esa plaza debería ser por derechos pasados para el Athletic –así se llamaba entonces- de Madrid, pero tampoco estaban los colchoneros aptos para competir. Su Metropolitano, en primera línea del frente universitario, necesitaba una remodelación integral y tan escasos de jugadores estaban que habían tenido que fusionarse con un club salmantino llamado Aviación Nacional y que, como su nombre indicaba, tenía claras connotaciones militares. Así nació el Atlético Aviación que debía recuperar su lugar en Primera como heredero del espíritu rojiblanco (aunque ese nuevo equipo vistiera de azul).

Pero la guerra mata la lógica y esa plaza no fue dada de inicio al Athletic. Aunque se pensó en una Liga de once equipos, finalmente la Federación le dio cabida al Osasuna, que había quedado por debajo del Athletic, por “su contribución a la victoria en la guerra”. La medida se forjó durante una asamblea que tuvo lugar en plena guerra (1938) para premiar a los requetés carlistas y el resto de fieles al General Mola, que controlaron buena parte de Navarra durante todo el conflicto.

Como no podía ser de otra forma, muchos otros equipos se lanzaron en plancha reclamando su fidelidad a la causa franquista para hacerse con ese hueco, destacando especialmente al parecer los gallegos Celta y Deportivo. Sin embargo, al final los capitanes y comandantes que dirigían el Athletic hicieron pesar su condición –y su clasificación, claro- y llevaron el asunto al Consejo Nacional de Deportes. Claro está, la sentencia tuvo que ser lo suficientemente inteligente y mesurada como para no enfadar al Generalísimo y su tropa y así, resolvió que “de darse por firme la situación de derecho creada a favor del Osasuna se menosprecia a la mejor clasificación del Athletic en el orden deportivo” por lo que decidieron jugar un partido entre navarros y madrileños en Mestalla por un puesto en Primera. Es decir, unos jugaban por la razón deportiva y los otros por la de las armas.

Ganó el fútbol. El Athletic Aviación, dirigido por Ricardo Zamora, se impuso 3-1, se mantuvo en Primera… y se llevó el campeonato siguiente superando por un punto precisamente al Sevilla, el equipo que le descendió en el 36. Osasuna, por su parte, tardó catorce años en regresar a Primera.

El mismo 28 de noviembre de 1939 donde se recoge la crónica de ABC de ese Athletic-Osasuna se puede leer otra reseña futbolística de un amistoso entre Italia y Alemania en Berlín en la que “los capitanes de ambos equipos cambiaron ramos de flores y a continuación se interpretaron los himnos nacionales de ambos países, que fueron escuchados, brazo en alto y en religioso silencio, por la inmensa multitud que llenaba el Stadium”. Allí, y entonces, únicamente jugaban las armas.

Fuentes:

El deporte en la Guerra Civil, de Julián García Candau (Espasa)

Hemeroteca ABC

Las mentiras sobre el Atlético Aviación: Su derecho a jugar en Primera

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