Viaje a Polonia (y III): Auschwitz

Hay 66 kilómetros entre Cracovia y Oswiecim (la ciudad polaca más conocida por su nombre en alemán: Auschwitz). Una ruta de hora y cuarto en autocar por una carretera comarcal que transcurre a tramos por páramos tristes y pequeños núcleos rurales cuando no a la sombra de enormes bosques de pinos que con la tenue luz de una mañana fría generan una sensación inquietante. Completamos esa distancia en un transfer con turistas –si es que se puede catalogar de turismo al uso lo de visitar Auschwitz– de diversas nacionalidades. Los más animados, un grupo de pijos veinteañeros germanos con pinta de bávaros que –al margen de hacer chanzas sobre los españoles y su escasa altura (desconocían que les podía entender)- tenían el mismo ánimo de quien va con niños a Port Aventura.

Lo normal cuando se visita el doble campo de exterminio nazi es iniciar por Auschwitz I y terminar en Birkenau (Auschwitz II). Sin embargo, la enésima incompetencia que sufrimos en Polonia, nos envió primero al segundo de los campos, el último en ser edificado.

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Entrada al campo de Auschwitz (II), Birkenau

Los nazis desalojaron a la fuerza una zona pantanosa y nada productiva de cuarenta hectáreas con idea de convertirla en un vergel tirando de mano de obra esclava y con un absoluto desconocimiento de ingeniería agrícola (a la que eran aficionados tanto Himmler como el comandante del campo, Rudolf Höss). Himmler y Höss fueron los dos gañanes sin escrúpulos que supervisaron con su trabajo de campo todo el posterior matadero industrial. Höss, por cierto, fue descrito por su abogado estadounidense durante los juicios de Núremberg como “un hombre normal”, como si fuera “el dependiente de una tienda de ultramarinos”. Da más miedo incluso que fuera visto así.

Los primeros inquilinos del enorme complejo fueron diez mil prisioneros de guerra soviéticos a los que, naturalmente, no se les respetaron sus derechos como tal. En un año murieron nueve mil de ellos y los mil restantes fueron trasladados a Birkenau.

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Lápidas conmemorativas delante de un lago con cenizas humanas

En Auschwitz I se pasaba obligatoriamente –y aún es necesario entrar por ahí- por debajo del lema “Arbeit macht frei” (El trabajo os hará libres). Los reclusos debían atravesarlo sin rechistar, muchas veces regresando de sus infinitas jornadas que completaban casi sin comer ni beber y cargando con los cadáveres de sus compañeros fallecidos. La mayoría de los barracones son ahora memoriales a los asesinados en el complejo, separándolos por nacionalidades o condición (judíos, polacos, soviéticos, gitanos…). Otros albergan las pruebas que se han conservado de los crímenes: latas del letal Zyklon B que producía la compañía IG Farben, conchabada con las SS –para que lo sepáis: formaban parte de esa sociedad y siguen funcionando con mucha salud las empresas BASF, Bayer, Hoechst y Agfa-; más de una tonelada de cabello humano rapado a las presas a las que iban a gasear; maletas que los engañados condenados etiquetaban con la idea de recogerlas cuando regresaran a sus casas; fotos de algunos de los centenares de miles de muertos que pasaron por allí con su nombre y el tiempo que les duró la vida en ese infierno (me quedé con el rostro famélico de un anciano judío polaco de 63 años llamado Aron Löwi que entró en Auschwitz el 5 de marzo del 42 y dejó este mundo cinco días después, probablemente gaseado).

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La entrada a Auschwitz I con el lema “Arbeit macht frei”

Hay un barracón que las autoridades polacas han querido mantener tal cual: el temido 11, el de la muerte. Una cárcel dentro de una cárcel, un círculo de todos los infiernos de Dante en el interior del peor foco de maldad y depravación que la humanidad ha conocido. Era el cuartel de la Gestapo en el campo y apenas existen casos de visitantes que salieran con vida de él. Uno de ellos, Jerzy Bielecki, contó que le colgaron de una viga con las manos en la espalda. Tras perder el sentido por el dolor sostenido durante horas (“como si me hubiesen arrancado el alma”) fue liberado sin que supiera aún muy bien por qué. No era lo común. Allí se torturaba a los presos metiendo sus cabezas en estufas de coque calcinándoles rostro y ojos hasta que confesaran –o no- antes de su terrible muerte. También en ese bloque 11 se dejaba morir de hambre a los presos condenados a tal castigo, como el padre Maximilian Kolbe –beatificado- que cedió su vida de anciano por la de un condenado judío joven y con hijos. Si un preso aguantaba con vida más de tres semanas sin comer se le inyectaba una dosis letal de fenol. En los bajos de esa construcción por la que aún da pánico pasear se pueden ver las primeras cámaras de gas donde experimentaron matando soviéticos con métodos industriales, porque antes del gas usaron dinamita en chozas para acabar con enfermos mentales, pero les resultaba duro recoger los trozos desparramados de sus víctimas, o bien los propios tubos de escape de camiones herméticamente sellados.

Entre los bloques once y diez se encontraba el muro en el que se fusilaba aleatoriamente a quienes ya no servían o no aguantaban más y en el diez ejercía su labor el Doctor Mengele, que empleaba como cobaya humana a quien le venía en gana. Mengele fue capaz de dejar morir de hambre a un bebé atando los pechos de su madre para que no pudiera amamantarlo y así saber cuánto podía resistir. Así funcionaban sus disparatados experimentados con los que consideraba untermenschen.

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Entrada al barracón 11 de Auschwitz I, el conocido como “de la muerte”

Sobrevivir en Auschwitz dependía, según contaron los pocos que lo lograron, de buscar siempre una actividad al calor del interior de las dependencias de los oficiales. Un preso llamado Josef Paczynski trabajaba de barbero de las SS y tuvo a su merced a un Höss relajado y fumándose un puro para rebanarle el cuello de un tajo de navaja, pero pensó: “habrían aniquilado a toda mi familia y a medio campo. Además, habrían enviado a cualquier otro para que ocupase su puesto“. También era clave para seguir con un hilo de vida tener buen trato con los Kapos, que eran los jefes de los prisioneros, generalmente criminales depravados que tiranizaban  y explotaban a sus compañeros de suplicio.

Algo más retirado de los barracones se encuentra la cámara de gas y el horno crematorio de Auschwitz I. Las SS entendieron que resultaba más práctico tratar con educación a los condenados, a quienes solicitaban que por favor doblaran sus ropas antes de pasar a ser desinfectados. Una vez sellada la cámara, subían al tejado para arrojar los cristales del veneno y esperar unos minutos hablando de trivialidades. Después eran los sonderkommando –judíos elegidos por los propios nazis como cómplices forzosos para ese tipo de labores complicadas- los que debían deshacerse de los cuerpos bien en unas grandes fosas comunes –los cadáveres fermentaban y del suelo salían restos humanos y hedores que ni los propios SS podían soportar- bien en una fase posterior en los hornos crematorios. En las paredes de la cámara de gas de Auschwitz se aprecian las marcas de las uñas de los que trataban de escapar de una muerte inevitable. Iba tan castigado mentalmente a esas alturas del recorrido que ni reparé en eso cuando entré en ella. Cuentan que para amortiguar los terribles estertores daban gas a dos motocicletas siempre aparcadas en la puerta del complejo letal.

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Torre de vigilancia de Auschwitz I

Birkenau, a tres kilómetros, era un campo de exterminio sin más. En antiguas cuadras del ejército polaco y en unos terrenos insalubres los nazis ampliaron sin preocuparse lo más mínimo de la supervivencia de los ocupantes el que ya era una referencia entre los Konzentrazionlager (o Lager a secas) del fanático mundo hitleriano. A Birkenau se llegaba en unas vías ferroviarias sin regreso que se han conservado intactas. Una adolescente se dedicó, durante todo el tiempo que estuvimos dentro del recinto, a caminar haciendo equilibrio sobre uno de los rieles que conducían al final de la vía. ¿Promesa? ¿Estupidez inconsciente? Nos quedamos con la duda.

Los deportados –ya extenuados por largos viajes sin agua ni comida- bajaban a lo que se conoció como “Canadá”, una zona del campo en la que dejaban sus pertenencias “provisionalmente”. Después de eso, médicos de las SS hacían una selección inmisericorde: quienes servían mínimamente para trabajar serían condenados a morir a medio plazo deslomados o de alguna de las enfermedades propias de la falta de higiene –abundaban las ratas y las aguas fecales que provocaban letales diarreas-; quienes directamente no eran capaces de usar un pico o una pala (el 75 por ciento se calcula de cada transporte), los ancianos, los niños y muchas mujeres eran enviados al final de la vía a las hasta cinco cámaras de gas y crematorios del campo a través de lo que ahora se conoce como los caminos de la muerte. Hoy se pueden recorrer esos caminos mirando fotos de niños siguiendo ese mismo sendero hacia su final. “No os vayáis a quemar con la ducha” le dijo en una ocasión un SS a un grupo de condenados según el testimonio de Perry Broad, otro miembro de esa banda criminal.

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Latas de Zyklon B empleadas para gasear a los condenados a muerte

En noviembre del 44, cuando ya presagiaban su derrota, los nazis dinamitaron las cámaras de gas de Birkenau para eliminar las pruebas de sus crímenes, pero sólo lograron darle a las ruinas resultantes un aspecto aún más tétrico y decadente. Los judíos que acuden al campo colocan piedras en señal de respeto en unas losas conmemorativas dispuestas delante de un lago en el que se fueron depositando cenizas humanas durante los años en los que funcionaron los hornos. Cuando paseamos por allí el lago estaba helado. Brillaba.

Un superviviente de Auschwitz le contó a Laurence Rees para su libro “Auschwitz. Los nazis y la solución final” (del que están tomadas casti todas las citas de este relato) que “llega un momento en que todo te es indiferente: hoy te vas tú y mañana me tocará a mí. Todo te trae sin cuidado. Un ser humano puede acabar por acostumbrarse a cualquier cosa”. Cuando volvíamos en el transfer de vuelta a Cracovia casi todos los visitantes íbamos reflexionando. Los alemanes, mientras, buscaban los mejores sitios para disfrutar de una buena última noche de 2016.

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Exterior de la cámara de gas y crematorio de Auschwitz I

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Interior de la cámara de gas de Auschwitz I

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