India: Dehli, Jaipur y Agra

He estado en la India. Es decir, no he estado en la India. Es temerario escribir que he conocido un país en el que viven 1240 millones de seres humanos únicamente por haber pasado una semana rodando por sus carreteras, conociendo algunas de sus ciudades y fotografiando sus bellezas y sus miserias protegido durante muchas horas por la seguridad del cristal de un autobús (seguridad relativa, como se leerá).

De inicio, confieso que no quería ir a la India. Mis prejuicios se imponían a mi curiosidad y tuvo que ser la decisión de mis padres (una vez más ellos) la que me situara en un vuelo con destino a Dehli. Creo, de todos modos, que tenía razón sin tenerla. India –perdón: lo que yo he conocido de India- es como se puede uno imaginar. En crudo. En 2016 como si aún rigieran el Sha Jahan o Mountbatten. Es la democracia más poblada del mundo, que se debate desde su independencia en un equilibrio frágil entre las ideas más tradicionales de Gandhi y las más vanguardistas de Nehru. Un caos con aspecto de gigante.

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Caos en Old Delhi

 

Un elevado porcentaje de sus ciudadanos aún adoran a dioses ancestrales que parecen animales y tratan como dioses a determinados animales. Los hindúes tienen una trinidad formada por Brahma, que hace de Dios creador, Shiva –que por cierto es azul porque tuvo que tragarse el veneno producido por su particular cosmogonía en forma de batido de leche mística- y Vishnu. Y junto a esos tres, otros 84 millones de diosecillos (el más comercial por su historia y por su forma es el hombre-elefante Ganesha, que viaja en una rata gigante y que se puede comparar con Judas Tadeo, por ser una especie de patrón de los imposibles).

Las vacas siguen siendo sagradas en lndia, sí, aunque noté en sus ciudadanos un mal disimulado hartazgo ante los múltiples problemas que ocasionan. Pastan en las medianas de las carreteras, deambulan enseñoreadas por las calles, destrozan y ensucian cualquier entorno doméstico. Pero es que las vacas son equiparadas a las madres. Los indios, y no hablo de pueblos perdidos, sino de ciudades de millones de habitantes, aún beben directamente en sus hogares el producto de sus ubres. Lo que ya se explica menos es la presencia casi al mismo nivel en cualquier lugar de cerdos, monos, ardillas, perros… que hacen de cualquier paseo por sus calles una experiencia zoológica chocante para un europeo.

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La misteriosa columna inoxidable y el Qutub Minar

 

Paradójicamente, el legado monumental más conocido de las regiones del país que he visitado (Delhi, Uttar Pradesh y el Rajastán) es herencia de los invasores musulmanes. India, y por eso se les debe llamar indios y no hindúes, es el tercer país con más musulmanes del mundo. En Delhi tienen la Mezquita más grande y la más antigua del país, Jamal Masjid, donde guardan un pelo, una sandalia y la huella de Mahoma. También la más antigua en el Complejo Qutub, donde impresiona el Minar y asombra el pilar de hierro plantado allí en el siglo VI por quienes edificaron el templo hindú que había antes en el mismo lugar y que nadie sabe por qué demonios no se oxida. Da la sensación, al estar ambas construcciones casi en paralelo, que unos quisieron sobredimensionar el trabajo de sus antecesores desde el profundo respeto, de ahí el sincretismo único que hace al conjunto ser merecedor de la protección de la Unesco.

Los mogoles –una deformación del gentilicio “mongoles” que acabó siendo una seña de identidad- eran unos gobernantes megalómanos. El Sultán Ala-ud-Din Khalji quiso construir otro minar el doble del de Qutub, pero le resultó imposible. Algo parecido a lo que le pasó al Sha Jahan en el Taj Mahal, aunque en este caso su derroche le costó más caro. Por cierto, zanjemos ciertos mitos con el Taj Mahal. Su maravilloso diseño no es producto del amor sino de la locura y el despotismo. Cuando al Sha Jahan se le murió su señora, Mumtaz Mahal, quiso recrear el paraíso musulmán (la Yanna) en la tierra. Contrató a los mejores artesanos de su imperio obligándoles a jubilarse prematuramente una vez concluyeran la magna obra, dejó morir de hambre a los vecinos de Agra para alimentar a los más de veinte mil operarios y despilfarró la mayoría de su tesoro en pagar todo el fino mármol y las piedras preciosas traídas de todos los rincones, desde Afganistán hasta Constantinopla. Así las cosas, su hijo y sucesor Aurangzeb –acaso un radical, pero desde luego mucho más sensato que su padre– terminó encerrando al enamorado en el luego llamado Fuerte Rojo de la ciudad en una preciosa cárcel desde la que podía contemplar su obra desde la distancia y disfrutar del sereno cauce del Yamuna. Así que, que no le digan amor cuando quieren decir desenfreno. O bien que se refieran al no tan pobre Jahan con uno de los versos del romántico Tagore: “Allí donde existen los caminos, pierdo mi camino”.

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Los elefantes subiendo hacia el Fuerte Amber de Jaipur

 

Del legado de los legendarios Maharajás (arquitectura rajput la llaman los expertos) lo más espectacular lo encontramos en Jaipur. El Jal Mahal, un palacio inaccesible en mitad del contaminado lago Man Sagar; el Hawa Mahal o el palacio del velo, donde nos contaron que en sus mil ventanas se apoyaban las mujeres para contemplar discretamente el trasiego de las calles; y, sobre todo el imponente Fuerte Amber, al que se accede a lomos de elefante mientras decenas de vendedores tratan de colocarte sus productos –lanzándolos sin pudor- con la urgencia que les da el sentirse perseguidores de un paquidermo. Jaipur es conocida por su color rosa desde que las autoridades locales decidieran pintarla así en 1905 cuando la visitó el entonces Príncipe de Gales y futuro Rey Jorge V.

Porque en esta zona de la India se nota –aunque menos de lo que pensaba- su pasado colonial. Los indios conducen, por ejemplo, por la izquierda. Aunque también lo hagan por la derecha, por el centro y sean capaces de multiplicar los carriles hasta por tres. Donde aquí caben tres coches allí se pueden colocar cuatro automóviles, un autocar, una vaca, dos motos, una bicicleta y un autorickshaw. En la publicación QZ lo definen: “conducir en la India es como estar en coche de choque rodeado por conductores de tres años en otros coches de choque que aparecen en todas direcciones”. Tuvimos en estos días un accidente leve y pudimos habernos matado –no exagero- de camino a Agra porque nuestro conductor decidió que era mejor acelerar que reducir ante la presencia de una vaca perdida. No me imagino a ningún europeo capaz de conducir en ese país.

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Fuerte Rojo de Agra

 

Vimos muchas más cosas. La ciudad feudal en mitad de la nada de Samode y su palacio en el que te atiende un sirviente del Maharajá y se come en un mediocre buffet libre; el pozo que parece de una película de Indiana Jones de Chand Baori; el tempo de los Sij –una religión caritativa con similitudes con el calvinismo inventada por ricos cuyos fieles han de ir tocados con turbante y siempre armados con un puñal– de Gurdwara Bangla Sahib en Delhi; la bulliciosa Connaught Place donde la juventud más avanzada presume de sus móviles o tratan de ligar preguntando siempre la casta y la religión a la que pertenece la posible pareja (el “¿estudias o trabajas?” se sustituye aquí por el “¿Jainista o budista?”).

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”, sentenció Twain. En la India me sentí bien y mal. Esquivé mientras paseaba el cadáver de un hombre comido por las moscas (en el mismo centro de Delhi) y no me sorprendí, porque cada día leía con estupefacción en The Times of India un par de páginas en las que la policía ofrece imágenes de cadáveres para que sus familiares los identifiquen.

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El Taj Mahal

 

Ir a la India, aunque sea en una burbuja occidental de hoteles con piscina, epata hasta a viajeros curtidos. En mi último paseo en autocar vi a la india más guapa de todos los días que estuve allí. Estaba debajo de un puente, entre inmundicia, rodeada de parias que vigilaban sus escasas pertenencias, las aireaban o comían algo de arroz. Tenía unos rasgos faciales dulces y unos ojos claros que me miraron al darse cuenta de que yo, desde la comodidad del aire acondicionado y de estar al otro lado del cristal, la miraba. No sé si sería una buena metáfora para describir lo que me ha parecido este país-continente, pero es la mejor que he podido concebir.

P.S.: aprovecho para agradecer los buenos ratos compartidos a todos los componentes de la expedición liderada por Shakti (o Shakti Team) con los que he podido conocer todos esos lugares siempre con una sonrisa en el rostro.

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La sonrisa de los escolares indios

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