Un día de Euro: Atascos, automáticas, policías y fútbol en Niza

La Eurocopa es un falansterio de locos por el fútbol y una industria pesada que procesa y amolda seres humanos  hasta convertirlos en autómatas que repiten monsergas aprehendidas por los siglos de los siglos (Gol).

De paso, se presupone que es un torneo que debe servir para romper fronteras en Europa, aunque Francia haya usado precisamente la excusa del campeonato para volver a establecer determinados controles aduaneros. “Nuestra nación defiende la democracia y unos buenos desagües”, que diría Betjeman.

Esperando que los policías fronterizos comprueben su legalidad, un puñado de seguidores españoles vestidos de seguidores españoles  de un vuelo recién aterrizado procedente de Sevilla hace cola en la terminal de llegadas MP2 del aeropuerto de Marsella. La terminal podría ser una obra de arte minimalista de Bauhaus si no fuera porque no parece hecha así a posta. Uno repara (y señala) en los manchurrones de un techo a medio rematar, más propios de los currelas de televisión Manolo y Benito que de Mies van de Rohe.

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El autocar de los turcos, atascado

La Provenza es tierra de sabores, olores, contrastes y –en estos instantes- de reformas. La autopista que une Marsella con Niza (198 kilómetros) se encuentra salpicada por numerosos tramos en obras. Es decir, a las salidas y entradas de las ciudades importantes los atascos son una constante.  Puede que sea Francia entera la que esté en reformas, como ya sostenía Nicolas Baverez hace una década en ABC: “El Estado francés es muy improductivo, trabaja poco y mal”. Lo que funcionan extraordinariamente bien son los peajes. Proliferan como setas en el recorrido y ralentizan la ya de por si fatigosa circulación de la vía rápida de pacotilla. Andan en guerra los que vienen a o viven en Francia: los españoles con los peajes; algunos galos con Hollande y su ministra El Khomri; muchos con los gamberros que vienen desde Rusia a repartir leña y penas máximas; todos contra los extremistas y sus compinches.

Los aficionados españoles, por fin, llegan a Niza. Buscan dónde aparcar cuando aún resta dos horas para que comience el España-Turquía. Ruido de sirenas, aparece el autocar de la selección turca en el que va rotulado el lema “Biz Bitti Demeden Bitmez”. En esos momentos desconocen que traducido significa algo parecido a “No está acabado hasta que nosotros digamos que está acabado”. Fotografían a los rivales y les tranquiliza saber que todo está en orden. Sin embargo, veinte minutos después nada parece en su sitio. El Parking número 5, que parecía destinado al libre acceso, no aparece por ningún lado. Están todos los demás. El 1, 2, 3, 4, 6, 7…8… pero no el 5. ¿Dónde está el cinco? Una policía con cierto aire a Chus Lampreave y que porta un fusil que no le pega nada se siente “désolé” por desconocerlo. Otro, con aparentes orígenes antillanos y peor humor, les pide a los españoles que circulen y que se busquen la vida. De repente, en mitad del atasco los españoles comprueban que hasta el autocar de los turcos se encuentra inmovilizado por el tráfico apenas a unos metros del estadio cuando en poco más de hora y media debían jugar un partido oficial. La policía, a golpe de sirena, despeja su camino y consigue que lleguen a tiempo.

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La policía atractiva que abordó a un par de asiáticos pacíficos

Para los vulgares aficionados no hay escoltas porque ellos no están para saltar al campo, así que desesperan porque comprueban que todos los parkings con el cartel de reservados están prácticamente vacíos. O bien el perímetro de seguridad en torno al estadio resultaba exagerado o bien a la UEFA los cálculos no se les dan muy bien.

Al final, atendiendo a las más gráficas indicaciones de un par de compatriotas (“tírale para adelante y aparcad donde podáis, que está imposible”) los españoles acaban dejando el coche en la cuesta de una urbanización privada llamada “Melisande” sita a 3,6 kilómetros del estadio Allianz Riviera. Les tocaba correr y abrir bien los ojos. Quedaba una hora exacta para el pitido inicial. El Nice-Matin dedicará su portada del día siguiente al caos circulatorio con el juego de palabras “Quel “footoir”!” como titular.

Por el camino hasta llegar al campo de fútbol, la industria de la Eurocopa vigila y separa sus productos. Llegado a un punto la policía divide a turcos y españoles, aunque en algunos casos resulta imposible porque van juntos. La selección se ha convertido en una marca que atrae no sólo a aficionados del país, sino a seguidores de otros Estados enamorados de su juego o sus éxitos. En Niza había noruegos, finlandeses y hasta británicos que fueron a ver a España. El fútbol como identificación cultural más que como dulcificación de una batalla. Alguno va algo ebrio. Otros van completamente embriagados. “¿Cómo te llamas, amigo? Vente conmigo, que yo tengo influencias”. A pesar de no ser capaz de mantenerse en pie, un hipotético espectador vestido de rojo argumenta su motivo para no hacer cola a la persona equivocada. Se da cuenta de que se ha equivocado de amigo y continúa su camino chocándose con una aficionada de Irlanda y sorteando con portentosa habilidad dado su estado una farola.

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Prolegómenos

El despliegue de seguridad es notable y raro. Una bella policía amazona –“belle de jour”– despierta la discreta admiración de varios seguidores antes de terminar lanzando su caballo contra dos aparentemente tranquilos y prudentes seguidores asiáticos que hacían fotos al moderno estadio desde la distancia. Los asaltados giran su cámara y la retratan. Ninguna ilegalidad parecía estar cometiéndose en ese punto, mientras que en la misma escena dos reventas buscaban colocar sus localidades a toda costa y todo coste. Un aficionado del Kayserispor orina en mitad del descampado lo que luego pueden llegar a ser excelentes brotes para una perfecta ensalada niçoise (nadie se lo agradece ni le reprende).

Tras dos controles –uno más liviano y otro con cacheo incluido- y tras la media hora larga de caminata los aficionados por fin llegan al estadio. La concordia es total en los accesos. Un señor vestido de plátano de Canarias encabeza una conga que se contonea al ritmo de una batucada pagada por la organización.

Al entrar al campo los aficionados son atracados. Algo más de diez euros abonan por una cerveza sin alcohol (con 0,5 % de alcohol para ser exactos) y un bocadillo vegetal cuyo sabor les recuerda al turco-estatua-de-maneken-pis. Un precio que tendría sentido en un mal aeropuerto o en un buen hotel, como el Negresco de la Promenade de los Ingleses. Como consuelo, el envase se lo pueden quedar de recuerdo, aunque no plasme en ninguno de sus lados a qué partido corresponde.

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Alegría por uno de los tres goles

Algunos aficionados de España lo son por patriotismo; los que viven fuera del país por una vena sentimental; pero los más lo son por lo lúdico. Comprenden y asimilan el encuentro de su selección–a diferencia de los argentinos o los ingleses, por ejemplo- como una fiesta muy diferente a la tortura que supone sentir de verdad el fútbol. Es una liberación para un aficionado del Córdoba, el Elche, el Salamanca, el Almería, el Zaragoza, el Cádiz o el Burgos ver un partido sin la tensión de tener que subir (o de evitar bajar). Son esos seguidores, que en algunos casos no han visto a sus equipos jamás competir en Europa o piensan que no podrán verlos, los que dan sentido a este juego de naciones.

Son ellos los que gozaron in situ del despliegue de razones de Iniesta (“ilusionista sutil que hace creer en cosas que no existen”, como le podría describir Fontanarrosa); de la eficiencia de Morata; de la disciplina de los centrales Ramos y Piqué; y del carácter ganador de Cesc (el más comunicativo junto con Ramos de los catorce que jugaron). Ellos fueron los que tuvieron tiempo para recordar a Luis Aragonés y hasta para apoyar a grito pelado a Arda Turan cuando los turcos la tomaron con él como –perdón- cabeza de ídem. Ellos fueron también, de paso, quienes iniciaron una ola –levantarse sucesivamente los espectadores en el campo para producir tal sensación en la grada- que fue continuada aunque a regañadientes incluso por los desolados turcos.

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Un policía bosteza junto al Palais de Justice de Niza

El partido terminó plácido y sin incidentes, salvo un par de bengalas y algún altercado poco importante entre los propios seguidores otomanos. El camino de vuelta del camino fue el comienzo de una serena fiesta por las calles del centro de Niza. Españoles, suecos, turcos, belgas… y franceses, naturalmente. Junto al Palais de Justice varios españoles disfrutan de un helado de Bacio con tranquilidad. Mientras, a unos metros y enfrente del King´s Pub un puñado de británicos elevan a los cielos a uno de ellos vestido con un traje como de algún ritual de sadomasoquismo mientras cantan el algo pírrico himno “Don´t take me home” (“Don’t take me home please, don’t take me home, I just don’t wanna go to work. “I wanna stay here and drink all ya beer, please don’t take me home”) que recuerda al “Hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual”. Al cabo de un rato, unos irlandeses les contestan con su algo más rítmico “Will Grigg´s on fire” (una adaptación del “Freed from Desire” que los aficionados del Wigan le dedicaron al delantero norirlandés, que en realidad es inglés). Los españoles presentes, en su mayoría, no entienden nada pero siguen los cánticos con su habitual y socorrido “la, la, la, laaa”. En mitad de la escena, es decir: en mitad de la calle, un indigente y su perro asisten a la escena entretenidos pero como en un universo paralelo. Nadie se mete con ellos. A poca distancia, por si alguien se desmadra, unos treinta policías con cascos y porras. Uno de ellos bosteza. Buen síntoma.

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Aficionados mezclados en armonía en Niza

Cerca, en el bar Shapko de la Rue Rossetti, un extraordinario guitarrista de color desliza sus dedos con pericia para interpretar una versión r&b del tema “Happy” de Farrell Williams. Unas mujeres bailan torpemente, un sueco y un turco miran el reloj con cara de agotados y un italiano aprovecha que uno de los acompañantes del guitarrista está agarrando de la cintura y frotándose con una señora ya entrada en los sesenta para abordar a su hija. (Nacionalidades deducidas por el escudo de sus respectivas camisetas. Para eso sirve la Eurocopa). En la elegante Promenade des Anglais las meretrices, por parejas, esperan acoger por igual a ganadores y perdedores. Para ellas no hay distinciones.

Así terminó (del todo y pacíficamente) el España-Turquía de Niza.  Y, sí, hubo señores vestidos de torero y otros travestidos con traje de gitana. También se cantó el “Yo soy español”.

Pero todo eso ya se da por sobreentendido.

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El fabuloso guitarrista del Shapko

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