Un cuento de fútbol: El utillero manco

No era sencillo hablar con Juan. A Juan le llamaban “Vinagre” por su carácter. Lenguas malintencionadas contaban de él que antes de ser utillero para ese equipo modesto había trabajado en una fábrica de automóviles. En realidad esas lenguas no matizaban en la mayoría de los casos a lo que se dedicaba, poniendo el énfasis en que el alcohol le hizo errar en su cometido durante una mañana de trabajo. Y que por eso Vinagre era manco de su brazo derecho desde hacía treinta años, lo que suponía la mitad de su vida hasta ese momento.

Contaban muchas más cosas de él. Casi ninguna buena. Decían que el cuartito de las botas donde se recluía para cumplir su cometido tenía rincones ocultos en los que guardaba extraños enseres. Decían que usaba recetas mágicas para acelerar su trabajo. Nada limpias.

Pero los jugadores le respetaban. Sus botas siempre lucían un aspecto impecable y nunca había problemas de abastecimiento de camisetas, pantalones o medias. Si el portero, caprichoso, quería que le cortaran las mangas para tener más movilidad en sus brazos, allí aparecía Vinagre con su única extremidad superior y sus tijeras para cumplir con su cometido con prontitud. Si el entrenador, tiquismiquis, le demandaba líquido anticongelante para que las botas de sus discípulos no se resbalaran sobre un campo helado, Vinagre tardaba minutos en tener preparados varios litros para que le sobrara.

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Vinagre estaba disponible también para el equipo filial. Y para los juveniles, y los cadetes y hasta los benjamines. Los más pequeños le hacían bromas con su muñón. Le preguntaban que si se le había olvidado sacarse el otro brazo por la manga. Él torcía el gesto, refunfuñaba y hasta les regalaba improperios por lo bajo para que no se enteraran los entrenadores. Eso incrementaba las ganas de los incipientes futbolistas de arreciar con sus insultos.

A pesar de los achaques propios del comienzo de su vejez, Vinagre procuraba viajar siempre con el equipo. Poseía una incuestionable agilidad para mover con urgencia los pesados bultos en los siempre estresantes momentos de carga y descarga a la llegada a los hoteles de concentración. A veces, los viandantes que se cruzaban con el autocar oficial del equipo veían la escena con desagrado: chicos jóvenes y fuertes cargando con un pequeño neceser y parapetados en grandes auriculares mientras Vinagre llevaba todos sus bártulos con un único brazo. Los futbolistas, acostumbrados, obviaban las miradas.

Una temporada su equipo iba de mal en peor. Una racha nefasta de resultados le había colocado último. La salvación parecía un milagro. Como suele pasar en estos casos, el ambiente en el vestuario se había enturbiado. Los más veteranos de la plantilla se habían compinchado y ya habían convencido al presidente para que despidiera al primer entrenador de la temporada y ahora jugaban a su antojo con el segundo. Vinagre callaba y callaba. Manteniendo su habitual distancia y mesura.

Un domingo de abril, antes de un partido, el capitán del equipo se dirigió a Vinagre delante de todos sus compañeros de malas maneras porque no encontraba sus botas.

-Tú, viejo, ¿qué has hecho con mis botas?

Vinagre, que estaba fumando un cigarro negro, calló y siguió dando caladas. El capitán subió el tono.

-¡Vinagre, borracho, que dónde están mis botas! Ya las has perdido, ¿no? Pues que sepas que se lo voy a decir al gerente para que te las descuente de tu sueldo.

El utillero manco miró fijamente a los ojos del capitán y apagó su celta antes de replicarle.

-¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? ¿Sabes cuál es mi secreto?

El capitán no contestó.

-Que soy consciente de que mientras que yo cumplo con mi trabajo con un brazo, tú no eres capaz de cumplir el tuyo con dos piernas. Ese es el único secreto de mi fuerza.

Dicho esto, sacó de una caja las botas del capitán brillantes y relucientes. Como nuevas.

El equipo del utillero Vinagre no perdió ningún partido de los que le quedaban en esa temporada. Y conservaron la categoría.

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