El bicho (no va de fútbol)

-Papa, ¿sigue el bicho ahí fuera?

Hace una semana le di mi particular rueda de prensa institucional a mi hija Marina -casi tres años-. Le conté que hasta nueva orden no se podía salir de casa porque por las calles hay un bicho que se come a los niños (en realidad, especifiqué que era a los niños que en su casa no se ponen los calcetines, por aquello de matar dos pájaros de un tiro).

Estamos viviendo el momento de nuestras vidas y no nos estamos dando cuenta. El antes y el después de estos días se estudiará en las facultades de Historia y de Filosofía. Sobre esta cuarentena se redactarán libros y se filmarán películas. Ninguno seremos las mismas personas cuando podamos volver a ser nosotros mismos.

aislamiento

Las circunstancias nos obligan a aceptar nuestra fragilidad. Nos está confinando algo que no podemos oler, ver y en algunos casos ni sentir. Nos está matando una especie de gripe disfrazada. Un virus que no conocemos -en estos momentos mi pareja me dice que para qué escribo tan pronto de este tema, y probablemente lleve razón- y del que estamos aprendiendo. Vaya si estamos aprendiendo.

Conforme pasan los días vamos valorando lo que supone vivir a nuestro modo. Echamos de menos la caña de los viernes, que no nos sabe igual si es en nuestra terraza. Necesitamos la copa con los colegas de higos a brevas porque desconocemos cuando serán las brevas. Pensamos con nostalgia en los familiares propios y en los políticos (familiares políticos, aclaro). En suma: nos faltan las personas. Anhelamos el contacto con quienes nos pueden aprobar o reprochar, quienes nos pueden hacer reír o llorar. Todo aquello que nos hace amar y odiar ser humanos. Lo que somos o aspiramos a ser.

Tenemos las redes sociales y los mil modos de transmitir nuestra voz y nuestra imagen, pero cuando las pantallas se apagan y el silencio lo inunda todo nos vuelve a agobiar esa inquietante e inédita sensación de soledad. Si las calles no suenan, nuestro corazón late de otro modo.

Andrea Köhler explica en “El tiempo regalado” que esperar es una lata aunque sea “lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas”. El confinamiento provoca que el tiempo se alargue o se acorte a nuestro antojo y, de paso, nos haga vernos reflejados en el espejo de nuestras miserias. Porque nuestro habitual individualismo se ha forjado en décadas de comodidad y de calma. Puede que ahora que somos más blandengues no nos resulte tan ajeno el sufrimiento de los que tenemos más lejos y quieren escapar de sus respectivos bichos. Probablemente ahora que no podemos dar abrazos nos demos cuenta de lo que significa dar un abrazo de verdad y nos dejemos de tanta falsedad.

Cuando todo acabe nos preguntaremos qué hemos por nosotros mismos y por los demás durante nuestro aislamiento. También se lo preguntaremos a nuestros dirigentes locales, regionales y nacionales, pero eso será otra historia. De momento, a mi hija algún día le podré contar que mientras el bicho no la dejaba salir a la calle aprendió a hacer caca por sí sola y a desprenderse así del pañal.

P.S. Nunca pensé que escribiría esto, pero me muero de ganas de que el único “Bicho” del que se hable por todos lados sea de CR7.

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