Gary Bailey, el culto portero del Manchester United que terminó luchando contra el apartheid jugando en los Kaiser Chiefs

Gary Bailey abrió sus ojos definitivamente durante una concentración con el United en Hale. Un día intentó seguir el ritmo de sus compañeros, pero no aguantó. Se quedó en la decimosexta pinta. “Ese día me dije: “Gary, no eres parte de esta cultura. Eres un solitario y mejor que te acostumbres a ello”. Creo que se bebieron veinte pintas cada día allí”.

Bailey era un buen portero. De hecho, Peter Schmeichel creció fijándose en él y admirándole. Nació en Ipswich pero se crió en Johannesburgo, donde su padre Roy terminaba una exitosa carrera de portero. En esos tiempos el soccer era considerado un juego de chicas en Sudáfrica y el régimen segregacionista Afrikaans fomentaba la práctica del rugby.

Sin embargo, Gary se empeñó y pronto su país de adopción se le quedó pequeño para sus aspiraciones. Probó en el Ipswich de Bobby Robson y más tarde en el AZ Alkmaar y en el Hamburgo, pero en ninguno encontró acomodo. Al final, su agente le preguntó que cuál es el equipo de tus sueños. Y éste era -y terminó siendo- el Manchester United.

Durante los primeros meses en Old Trafford se llevó una decepción. “Había crecido con la cultura americana del deporte. Quería entrenar dos veces por semana, no bebía, me iba a la cama temprano y creía que debíamos estudiar vídeos de los rivales”. Salvo Harry Gregg, “todos mis compañeros pensaron que era un idiota”. Estaba frustrado por la cantidad de tiempo libre del que disponía y eso que durante sus años como profesional fue capaz de sacarse la carrera de Ciencias en la Politécnica de Manchester.

Debutó precisamente con 19 ante el Ipswich, el equipo en el que su padre era una leyenda, en un día lluvioso cuando ya estaba pensando en cambiar de aires. Aquello supuso para Bailey “el más increíble sentimiento del mundo. Sobre todo cuando la grada me cantó lo de “There’s only one Gary Bailey””. En su debut. Así son en el Reino Unido.

A pesar del nuevo Alfa Romeo y a sus caras prendas a las que le obligaron a comprar desde su propio club para que no le confundieran con un hooligan más en los pubs de la ciudad, el meta no era del todo feliz. De hecho, acabó con úlceras por la presión. Incluso se apuntó a clases de kung fu en el Chinatown de Manchester para defenderse de alguno de sus propios compañeros de vestuario.

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También vivió buenos momentos. El 21 de marzo del 84 disfrutó desde su portería la histórica remontada al Barcelona de Maradona y Schuster en cuartos de la Recopa (el 3-0 en Old Trafford superó el 2-0 del Camp Nou). No logró ningún título europeo, pero sí dos FA Cup y una Charity Shield. Los aficionados del United también le recuerdan por el fallo que decidió la final de Copa del 79 a favor del Arsenal. Se dice que ese 3-2 fue uno de los mejores partidos de la historia de esa competición, la más antigua del mundo.

En la vida personal existió la leyenda de que a Bailey se le escaparon volando unos patos comprados para la ocasión cuando le pidió matrimonio a Kathy Plowright en una fiesta majestuosa. En realidad no tuvieron que salir por alas, porque alguien se dejó una puerta abierta en su cottage desde donde se fueron a pata -perdón- hasta un río cercano.

Suplente habitual del legendario Shilton en la selección inglesa, se lesionó de gravedad mientras preparaban el Mundial del 86. De ese Campeonato recuerda que le dijeron que, con el tema de las Malvinas tan reciente, no generaran demasiados problemas en el partido de cuartos ante Argentina: “por eso casi no protestamos el gol con la mano de Maradona”.

Tras la lesión y un partido homenaje en Old Trafford decidió regresar a Sudáfrica en el 87. Le motivó, más allá de lo sentimental, su delicada situación económica y un seguro que no cobraría si volvía a jugar profesionalmente en territorio FIFA -Sudáfrica estaba excluida de ese organismo por el racista sistema del apartheid-

Sus primeros meses en Ciudad del Cabo los pasó perfeccionando sus estudios de informática, pero luego decidió -aconsejado por su padre- ingresar en los Kaiser Chiefs. Era el único jugador blanco de ese equipo, uno de los más prestigiosos del continente africano. Bailey explica en el libro “We’re the famous Man United” de Andy Mitten que “todos los jugadores negros que habían oído que yo había sido portero del United esperaban un milagro. Aquello fue poco antes de que Mandela fuera liberado y tenía que jugar en todas las áreas negras, así que me siento orgullosos de haber formado parte del cambio. Tuve muchos palos de blancos por jugar con negros, al igual que me habían insultado en Inglaterra por ser sudafricano. La gente me llamaba racista de mierda a pesar de que me negué a ingresar en el ejército por no luchar contra los negros ni tener nada que ver con el apartheid. Algunos amigos blancos me decían que me había vendido a los negros aunque ni supieran que jugaba para los Kaiser Chiefs porque no seguían el fútbol”.

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Una formación de los Kaiser Chiefs de los ochenta (www.kaiserchiefs.com)

También, tan profesional como era, le extrañaba que “la costumbre allí era que mientras mejor eras, más tarde tenías permitido llegar al entrenamiento”. Jugó dos temporadas y en la segunda ganó cinco de los seis títulos a los que optaban los Kaiser Chiefs.

Bailey se moja sin problemas al hablar de política: “conocí a toda la gente de la ANC -el Congeso Nacional Africano, partido de Mandela- , los que luego serían la élite negra, y eso era difícil porque vivía en un área blanca con gente blanca que temía a los negros. Todo se puso muy tenso antes de que Mandela saliera de prisión y yo era pro ANC, lo que asombraba a los blancos que me rodeaban”.

En suma, Bailey justificó el final de su carrera en los Kaiser Chiefs en esa agitada Sudáfrica de este modo: “Yo era feliz en compañía de ambos. De blancos y de negros”.

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