Gori. Camisetas de Brasil en la puerta del Museo de Stalin

“Ay la leche, ¿de modo que esto era el fútbol? Que corran un ratito más” (Frase que le podría haber dicho Iosif Vissarionovich Dzhugashvili, Stalin, a Nikolai Starostin para desesperación de Beria mientras veía jugar al Spartak de Moscú sobre el improvisado verde de la Plaza Roja).

Georgia tiene incontables maravillas -sus habitantes (menos algunos taxistas y los que conservan la mala leche rusa), el enclave místico de Kazbegi, la vieja capital Mtshketa, la inquieta y cristianísima Tbilisi, los mil tipos de Katchapuri que apenas pude disfrutar por una inoportuna colitis, sus vinos (más de lo mismo por la razón antes mencionada)-… y también tiene un Museo rancio dedicado a un asesino de masas.

Empecemos cumpliendo con la esencia de este blog que lleva por apellido lo del fútbol por excusa. En el estadio Tengiz Burjanadze de Gori juega de local el Dila Gori, equipo que terminó tercero en la pasada edición de la Primera georgiana (Erovnuli) y que en su palmarés cuenta con una Liga y una Copa. Además, llegó a la tercera ronda de la Europa League en la 13-14.

Pero esa pequeña ciudad de menos de cincuenta mil habitantes y que está a 85 kilómetros de la capital (hora y algo con las carreteras georgianas) tiene una maldición y un sambenito. Su condena es que no queda demasiado lejos de la frontera con Rusia y que ha sido frecuente objetivo militar a lo largo de sus novecientos años de historia. De hecho, durante la guerra por Osetia del Sur en 2008 contingentes militares georgianos estacionados allí fueron bombardeados por la aviación rusa. Todavía se pueden ver casas con agujeros de metralla. El sambenito de Gori, compartido con Braunau an Inn, es que en una de las modestas casas que formaban la localidad en 1878 nació Iosif -Soselo- Dzhugashvili, quien luego se convertiría en el “Padrecito” Stalin.

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Puesto de recuerdos con las camisetas de la selección brasileña y prensa y el rostro de Stalin de fondo

Hay muchas formas de afrontar la historia que da cosica. En Braunau la casa donde nació Hitler, que es propiedad del Estado austriaco, está siendo reformada para albergar una organización de discapacitados; en el Valle de los Caídos, ya sabemos cómo está el patio y en Gori todavía hay un museo con estatuas de Stalin.

Llegamos a Gori a mediodía. Hacía un calor terrible y, como es habitual en las excursiones en Georgia, nuestro guía nos recomendó que encargásemos la comida en un restaurante -en el que él y el conductor se llevarían comisión, por supuesto- para que la tuvieran lista al salir del museo. Nada más llegar a la explanada por la que se accede al museo lo primero que sorprende es encontrar en una esquina de un edificio adyacente un retrato del dictador a modo de reclamo para unas oficinas puestas en alquiler (no es que sepa georgiano, es que el cartel ponía claramente “For Rent”). No sé si era debido a que mi visita coincidió con el Mundial, pero me llamó igualmente la atención que en el único puesto de recuerdos que vi a la entrada se pudieran comprar camisetas -no las réplicas auténticas, claro- de la selección brasileña. Hasta ahí llega el fútbol.

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Tren blindado en el que se movía Stalin

Tras acceder por un lateral uno se topa con el tren blindado verde 3878 en el que Stalin viajaba. Para entrar en él, eso me pareció entender, había que pagar un extra. Frente a la fachada principal del edificio, como en pose serena pero vigilante, la primera de las dos estatuas de Stalin que sobreviven a su infamia. Ésta fue retirada hace unos años de la Plaza principal de la ciudad, desde donde controlaba figuradamente toda la actividad municipal. Tras adquirir la entrada -casi simbólico el precio para nuestros estándares- se sube por una escalera de mármol igualmente presidida por otra estatua idealizada -sin su rostro castigado cuando niño por la viruela- del Dictador para acceder al museo en sí.

Nos unimos a una excursión de judíos israelíes para escuchar las explicaciones de una oronda guía local en un inglés con fuerte acento y mirar luego las fotos y objetos mientras la traductora se lo ponía mascado a los visitantes en hebreo. No es un museo muy extenso, pero puede satisfacer perfectamente la curiosidad de cualquier amante de la turbulenta historia del siglo XX. Recorre la vida del Tirano sin que, eso sí, en ningún caso se diga que lo fue. Primero se le muestra como aplicado estudiante, luego como atractivo revolucionario (con fotos rollo Che Guevara, mapas de los lugares en los que fue recluido durante época zarista y presoviética y hasta una maqueta de su casa-imprenta desde donde comenzó su actividad en Gori) y por último como padre de familia casi abnegado y exitoso estadista. Ninguna mención a su campaña sistemática de exterminio en Ucrania, ni a los gulags, ni a los asesinatos y desapariciones caprichosas, ni tampoco a sus vicios más públicos (por supuesto, menos a los inconfesables que hoy se pueden conocer por la historia). Hay hasta inscripciones de soldados georgianos teóricamente hechas durante la Guerra Mundial en fortificaciones que rezan: “Estamos muriendo, pero no nos estamos rindiendo. Por nuestra madre patria. Por Stalin”.

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Una de los dos estatuas de Stalin que sobreviven a su infamia

En suma, es casi más un relato hagiográfico, pero de incuestionable valor por su originalidad. Una vez completado el recorrido por su vida, en una sala se encuentra la mesa original y sin remiendos desde la que Stalin trabajaba su política de terror. Sí tenía un remiendo un tanto grosero –una tira de fixo– una lampara descomunal con réplica de un BT-7 incluida que le regaló el General Zhukov y con el que comenzaba la sala donde se recopilaban los agasajos recibidos en vida por el vecino de Gori. Hay de todo, hasta un acordeón que María Jesús no podría hacer sonar porque estaba incrustado con piedras preciosas. Para rematar, en una de las salas se puede ver desde cierta distancia una máscara mortuoria en bronce de Stalin. La habitación me recordó a la que alberga al Mao congelado en el tiempo de Pekín (solo que allí el tono es más marcial y como de más respeto).

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La lampara de Zhukov, con su remedio cutre-salchichero

Como paroxismo de la bizarra visita, la nómina de visitantes se incrementó casi al final con un par de familias saudíes -o eso me pareció entender-. La única mujer del grupo iba vestida con un niqab negro. Es decir, mi pareja, mi hija corriendo por las salas y llorando a ratos, un grupo de israelíes y otro de saudíes en el Museo de Stalin en 2018. Magnífico.

Para rematar la visita se puede ver la modesta casa en la que el tirano vivió durante su infancia –protegida con un templete un tanto kitsch– y de paso adquirir alguno de los muchos y variados recuerdos de la tienda oficial (aunque para ello haya que buscar a las dependientas). Hay desde camisetas hasta licores (en realidad, en toda Georgia puedes encontrar productos con el nombre o el rostro de Stalin). Me hice con una postal -menos de treinta céntimos de euro- de Stalin con sus compañeros de colegio solo para comprobar que sí, que la bolsita en la que te lo dan parece más de un “Primor” o un “Aromas” que de un museo de esta calaña. El toque que le faltaba al asunto.

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Una de las salas del Museo de Stalin

Salimos saciados de stalinismo y hambrientos de comida. El festín preparado para nuestro conductor, el guía y para nosotros fue pantagruélico (Katchapuris, Khinkalis, ensaladas, carne…). Sin embargo, el precio para cuatro adultos y una niña fue de doce euros. Un precio de otros tiempos. De los tiempos del asesino Stalin, por ejemplo.

P.S. La cita del comienzo la deduzco de un pasaje del libro “Fútbol y poder en la URSS de Stalin”, de Mario Alessandro Curletto (Editorial Altamarea)

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