El partido del Peñón: el España-Finlandia de La Línea tan intrascendente como propagandístico

Otra de fútbol y política, let´s go! A pesar de lo que cantaba acompañado de su guitarra el jiennense casi cordobés José Luis –“el mundo no ha olvidado que Gibraltar será siempre español”- en los sesenta comenzaron en el Peñón (The Rock lo llaman ellos) los primeros movimientos en pro de la autodeterminación de los llanitos. En el 67 se llevó a cabo una especie de referéndum de soberanía en el que 99 por ciento de los gibraltareños optaron por no volver a ser súbditos españoles (como toda consulta con ese porcentaje su legalidad es discutible). En todo caso, las autoridades británicas tomaron nota y estructuraron un primario Gobierno de Gibraltar que les confería un mayor grado de autonomía.

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Estas medidas junto con una serie de maniobras de la Royal Air Force cabrearon al dictador Franco, a quien a pesar de sus años y sus achaques seguía llevando muy en el fondo lo de “Una, Grande y Libre” (salvo en el Sáhara, que lo dejó vendido al también tirano Hassán). En consecuencia, el 8 de junio de 1969 decidió cerrar la verja para aislar a los rebeldes gibraltareños y de paso dejar a casi 5.000 españoles que la cruzaban para ganarse la vida sin empleo.

Así que, a falta de pan… bueno es el fútbol. Para compensar el impacto económico del cierre de la verja, el gobierno decide -bueno, Franco decide- construir un nuevo estadio y un Parque Forestal  en La Línea de la Concepción. La empresa Corsán comienza las obras en ese verano del 69 y en un tiempo récord consiguen dejar listo tanto en el Estadio Municipal José Antonio (hoy Municipal a secas) como la Ciudad Deportiva Francisco Franco (hoy también sin apellido, afortunadamente).

El estadio debía ser un ejemplo de modernidad y estar lo más cerca posible del Peñón, para que a los renuentes vecinos les comiera la envidia. Sus 20.000 plazas resultaban desproporcionadas para albergar los partidos de un equipo –la Balona– que entonces estaba en Tercera y que en toda su historia apenas había competido seis años (y sigue siendo así) en Segunda.

Pero lo importante era la foto. Y la oportunidad -o la excusa- se la dio a Franco el propio pésimo rendimiento de la selección. España se había quedado sin opciones en la fase de clasificación para el Mundial de México tras apenas tres partidos y la convulsa situación desembocó en un triunvirato formado por Molowny, Artigas y Miguel Muñoz. El remedio fue peor que la enfermedad y la selección cayó derrotada en Finlandia (penúltima en el escalafón europeo) 2-0 en lo que fue catalogado por los medios como el mayor desastre de la historia del fútbol nacional. El seleccionador finlandés llegó a decir: “ Salimos con muchas precauciones defensivas, pero luego comprobamos que el equipo español es muy flojo. Les hemos superado en todos los órdenes tácticos y de potencia física”.

Así que, como luego diría tras el vuelo de Carrero, se apeló a aquello de que no hay mal que por bien no venga y se decidió que el intrascendente España-Finlandia de la vuelta sería una ocasión perfecta para el autobombo con la inauguración del nuevo campo linense.

Total, que se fijó el choque para el 15 de octubre del 69. Fue el estreno de una leyenda como Kubala en el banquillo y la despedida de otra en el campo como Gento. Ante la presencia de los ministros Menéndez Tortosa y Solís Ruiz -que dieron un discurso jaleado con vivas al Caudillo- tocó la banda de la Legión (se supone que con cabra incluida). El abarrotado estadio -con sus gradas de pie llegaban a los 22.000 almas- disfrutó con los seis goles (Gárate por partida doble, Pirri, Velázquez, Amancio y Quino) y la prensa se adornó. ABC contó que “cuando el equipo español tenía enfrente el Peñón atacó más y mejor… Parecía como si el objetivo fuera Gibraltar y no la meta finlandesamientras que Mundo Deportivo reseñaba que en una jornada “emotiva” el fútbol “fuerza ha caído con estrépito de ese pedestal en que han querido colocarle algunos para justificar los triunfos de los jugadores de poca calidad sobre los ases consagrados”.

Goles cantados junto a una verja y al ladito de un Peñón disputado. El candado siguió echado hasta el 85 y hasta los Acuerdos de Córdoba de 2006 el tránsito entre ambos lados bastante restringido. Pero eso son otras historias. O no.

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