Sandoval

Sandoval nos mintió. En su presentación lució una camiseta de canterano con el dorsal treinta y su nombre. Era el número de puntos que pretendía hacer. No le creí y en este caso hice bien. Sumó 32.

El fútbol es todo aquello que te conmueve y perturba sin motivo lógico. Sandoval apuró la sensatez hasta donde le daban los números y creyó tan fuerte que, a fuerza de creer, plasmó su deseo sobre el verde. Un deseo que, afortunadamente, coincidía con el de todos los que desde fuera y desde dentro quieren al Córdoba. Sandoval se santiguaba por primera vez en febrero y yo me compraba al mismo tiempo un libro en el que leía una frase de Klopp: “Si alguien quiere ayudarnos, tiene que pasar de ser escéptico a creyente”.

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Fernando López, Toni Cruz y Sandoval celebran la permanencia (Foto gentileza de Larrea)

Tuvo que superar una inercia pésima y un arranque inesperado. Su equipo necesitaba cuatro victorias consecutivas para aspirar a no morir en abril y empezó perdiendo en la primera final con un gol de saque de esquina. Sin embargo, ante el Valladolid hubo el giro copernicano que requería la tragicomedia. Kieszek -que hoy tampoco se sabe si seguirá- le dio una vida extra y luego Sandoval -con la inestimable colaboración de su estratega Ismael- supo hacer virtud de la necesidad. Aprovechó las carencias propias del desesperado para concursar a mínimos y abusar de los rivales a partir del balón parado. Contó con actores en teoría secundarios para hacerlos (¿cómo cojones habrá hecho eso?) tan partícipes como las prima donnae  del vestuario. Y hasta marcaban goles quienes estaban casi condenados a ser meros figurantes.

Como no sé de fútbol, no sé si Sandoval es un técnico de alta escuela. En realidad, la única versión del fútbol que me gusta es la que me hace feliz. El Córdoba de Sandoval apelaba a lo metafísico cuando no encontraba razones en lo cotidiano. A base de pequeños imposibles, gestó la madre de todas las entelequias. También sé que lloró por ganar y probablemente lo hiciera también en secreto por perder. Y eso me acerca a su forma de ver el juego.

Desconozco el precio de mercado de Sandoval, pero desde luego sé que el precio de lo que hizo es incalculable. Y creo que su marcha es lo mejor, si es que no hay la imprescindible sintonía con quienes mandan en el club, para que su estampa entre de lleno en nuestra leyenda particular.

Muchas gracias, José Ramón. Y suerte. Que el fútbol te regale muchas sorpresitas buenas.

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