Por estas noches

1:12 AM. Empiezo a escribir con segura nocturnidad y discutible alevosía. He vuelto a casa de mis suegros después de meterme surrealismo en vena con Pepe Colubí y Pepín Tre, de regalarme el último libro de Paco Alcázar y de cenar una pizza del tamaño y la forma de Maracaná mientras me bebía una IPA de Algeciras llamada Dos Mares que entraba sola. Aprovechando que no hace ni frío ni calor le he dado margen a mi estómago para que asumiera la presumiblemente compleja digestión dándome un paseo de una hora.

Cualquier cuerpo sensato, llegado a este punto, pediría a gritos posición horizontal. Sueño. Calma. Cerrar ojos y plegar velas. Dejarse llevar. La semana fue larga y el sábado lo será también. Trabajo. Pasión.

Pero no.

Hoy a muchos se nos olvida dormir. Buscamos complicidad en otros recuerdos que nos ayuden a ser fuertes y algunos hacemos un ejercicio de conciencia: ¿hemos sido una temporada más fieles a lo que somos? ¿A quienes somos? ¿A lo que nos consideramos que somos?

El inmarcesible acojone no es sino una tremenda sensación de vitalidad. Si tenemos miedo es porque tenemos algo que perder. Nos hemos tirado meses haciendo como Jim Morrison después de las muertes de Hendrix y Joplin, que brindaba con sus amigos diciendo “estáis bebiendo con el número tres”.  Así que cuando el tres ya ha caído únicamente nos queda evitar ser el cuatro.

Yo no he sido siempre valiente. Todo lo contrario. Ni en mi vida ni en nuestro año, que es sobre lo que quieren leer. He dado por muerta la ilusión y por enterrada la esperanza. He deseado durante semanas que todo acabara lo antes posible para que doliera poco. Como si el dolor por perder una categoría dependiera de la altura desde la que cayeras. He pensado que nada tenía remedio en ninguno de los sentidos y he obviado que, al final, no se puede renunciar a la esencia, a aquello que te ata y te sostiene a lo que has sido. O a lo que no sabes si quieres ser, pero no puedes evitar.

Afortunadamente, la insensatez y la valentía -primas hermanas- se alían a veces para generar leyendas. No hay historia sin héroes ni héroes sin su dosis de bravura. Con todo, no quiero creer que únicamente gracias al coraje se haya logrado lo que -sea cual sea el desenlace- será una gesta prodigiosa. Única. Los años que pasen lustrarán estas semanas de carrera contra el tiempo, contra el sentido común, contra los números y contra los elementos. Contra el pasado cercano también (un pasado del que se habla demasiado para lo mal que nos sienta recordarlo).

Ahora no pasa nada por creer. Es más, hasta se pide cierto descreimiento para desnudar nuestras opciones hasta matar el oso. La sensatez aparece cuando todo cobra sentido. Mañana, al contrario que en citas precedentes, nuestra aliada es la lógica de los hechos. Que, cuando sean consumados si se consuman, nos harán felices.

Hablo, por si les queda alguna duda, del Córdoba. Es de lo que probablemente usted y yo nos conozcamos y nos reconozcamos en noches de insomnio como esta.

1:45. Sé que escribo porque no hay motivo objetivo para no dormir. Sé que escribo como testamento de mi reencuentro conmigo mismo. Con otro junio de mierda de gloria o de gloria de mierda.

Buena noche en vela. Disfrute de su sudoración, de su picor intestinal, de su cama  revuelta y de su valeriana a medio beber.

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