Nuestra vida sin Carlos González

Anoche me acosté sin pellizcarme, hoy me levanté con nervios para ver si no lo había soñado.

González se fue. González lo deja. El anhelo de tantos. El miedo de otros. El único camino posible –dentro de lo improbable- para que el Córdoba conserve la categoría y su propia existencia (y no exagero ni un ápice).

Hacer balance de la vida con Carlos es hacer cuentas de lo que será la vida sin él. Es ponderar lo que ha hecho bien –nadie sobrevive dirigiendo una empresa sin hacer nada a derechas en más de seis años– y lo que ha hecho mal –muchas cosas, especialmente cuando más fácil lo tenía-.

González llegó a un Córdoba ligeramente mejor en lo deportivo que el actual pero –aparentemente- bastante peor en lo económico. Prometió ascender a Primera en tres años, a pesar de estar atado por un concurso de acreedores singular. Bien aconsejado por –entre otros- Carlos Hita hizo acopio de un excelente grupo de profesionales que le regaló –nos regaló- la mejor temporada que recuerde en El Arcángel.

 

Paco, Luna y todo su equipo técnico hicieron dioses a un grupo de jugadores normales y reflotaron un sentimiento que parecía condenado a la eterna melancolía. El Córdoba se hizo querer en España –doy fe porque estuve en ese autocar toda la temporada- y las lágrimas del play-off de Valladolid parecían semillas de un proyecto ganador.

La marcha de Jémez fue el primer revés para González. El parné les distanció, como a muchos otros de los que ha tenido a sueldo en el club. Durante su mandato ha hecho bueno aquello de “tengas pleitos y los ganes”, a pesar de que casi todos los perdió. Su fama de mal pagador le ha hecho un daño tremendo a largo plazo, aunque –que yo sepa y para ser honestos- a sus trabajadores con contrato siempre los ha tenido al día.

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González saliendo de El Arcángel (Edu Luque. Minuto90)

El primer éxito fue su primer puñal. Ahora no me sorprende tanto aquella bronca junto al autocar en La Condomina por el empate a cero en la primera jornada de Liga. Berges lo pasó mal porque la comparativa con su predecesor era constante y la exigencia, máxima. Con todo, en su semana más dura pasó del frío calor de Las Palmas al cálido sirimiri de San Sebastián. El Córdoba eliminó a la Real en Copa y se enfrentó, por suerte, contra el Barcelona. Un golpe de suerte. El segundo de su era. Ese factor del que ahora se quejaba, pero que ha sido muy benévolo con su gestión.

Recuerdo aquellos días donde todo molaba. En los que las muchísimas horas de trabajo se hacían segundos. La gente aprendió a cantar su himno –el mejor legado de estos seis años-, me senté al lado de Tito Vilanova, conocí los entresijos del Camp Nou después de cruzar la Diagonal escoltado por los Mossos… En esos momentos pocos criticaban y solo algunos censuraban la labor de González. El triunfo enmascaraba otras miserias que, cuando trascendían, generaban reacciones desproporcionadas.

Y ahí toco el tema de la prensa. González pasó de querer llevarse bien con todos los medios hasta terminar consiguiendo que todos le atacaran pasando por diversas filias y fobias en función del viento que soplara. En un mismo día era capaz de restringir a un medio, luego permitirle todo y más tarde restringir a otro. No solía atender a razones, porque generalmente quería llevar primero la razón y luego escuchar desde la displicencia. Tal vez ese fuera su principal error (en general).

El vodevil final de su segunda temporada –la era Duro, Pauliño (al cual yo presenté y siempre podré presumir de ello, o yo qué sé) y Esnáider- dio paso a otra que se convirtió en rocambolesca. Cuando el Córdoba recibió al Murcia el 29 de marzo de 2014 yo estaba en Londres en la boda japonesa de un amigo. Ha sido el único partido que no he presenciado en El Arcángel en probablemente diez años. Fue el partido que nadie vio. ¿Nadie? No. Porque ahí queda otro de los cánceres –a extirpar, desde luego- de la era González. No sé por qué –supongo que por ego-, pero siempre quiso rodearse de un elenco de palmeros para que le defendieran a capa y espada. Puedo entender a quien lo haga por un sueldo o por una buena paga, pero nunca por un plato de arroz y unas entradas. La división social que han generado sus decisiones tardará años en arreglarse, sobre todo en una ciudad como Córdoba.

El caso es que, merced a un grupo de jugadores comprometido y sin nada que perder el Córdoba subió en Las Palmas. Nunca lloraré igual que ese 22 de junio. Infinita felicidad, alegría por haber formado parte de aquello de algún modo directo –hasta febrero yo trabajaba para el club- y tremenda rabia por no haber podido estar allí por la nefasta gestión que se hizo de aquel desplazamiento. Y recuerdo los fastos por la gesta. Colado en el autocar con los que habían sido mis compañeros, con el sombrero charro de Uli en la cabeza y más tarde solo desde una cabina que ya no existe. Momentos de introspección que también debió haber realizado González, que había cumplido su promesa en el último segundo del último partido de su plazo.

Ahí perdió el orate, la suerte y el olfato. Confió en quien no debía y el equipo fue muriendo en Primera dejando apenas pinceladas de felicidad. El desgobierno en el que vivió el Córdoba durante la segunda vuelta de aquella temporada le regaló, no obstante, un último souvenir: Andone. Con sus goles, los de Xisco y Fidel se sustentó un proyecto de retorno que se convirtió en inviable cuando creyó que un rayo puede caer dos veces en el mismo lugar. González prefirió –enero de 2016- traerse un Eddy –quién sabe por qué- antes que reforzar una plantilla que podría haber subido directamente. No sé si nadie le advirtió o todo el mundo le advirtió. Me da igual, pero por su culpa el Córdoba perdió el tren.

Ya sintiéndose en un club vulgar, González entró en barrena como presidente. Dejó de buscar la originalidad y se conformó con repartir(se) beneficios y recibir palos. Con sobrevivir sin gastar y ganando la pasta que pudiera mientras pudiera hacerlo. Su estancia se fue haciendo tan incómoda que delegó en su hijo, que a la larga y atendiendo a sus declaraciones más que a sus actos ha mostrado no estar a la altura de su cargo –lo cual se puede excusar en su juventud-.

Con la idea de la venta ya en la cabeza, los últimos meses se han convertido en una tortura en El Arcángel para todos. Para un público desganado, unos jugadores faltos de líder y de rumbo, una dirección deportiva desestructurada, unos trabajadores –en algunos casos- injustamente tratados y una cúpula inoperante que parecía estar dejando morir el sentimiento blanquiverde.

La vida sin González empieza hoy. Y por mucho que ahora tengáis en la cabeza y en el alma el regusto del ayer más inmediato, no será sencilla. El equipo sigue teniendo pocas posibilidades de permanecer en Segunda y ahora no hay parapetos emocionales en los que escudarse. Vivir en la confrontación puede resultar cómodo para no asumir responsabilidades y además –y es una de las inexactitudes que dijo en su despedida González- el cordobés no prefiere a un cordobés mandando en ningún sitio, porque no hay nada que irrite más a un cordobés que otro cordobés mejor, más guapo o más rico que él.

El cambio era necesario. Hoy es mañana. Y el fútbol puede volver a tener sentido para muchos. Ya me puedo pellizcar.

P.S. mis agradecimientos a Carlos González por permitirme vivir dos años y medio inolvidables en los que aprendí más que en el resto de mi carrera profesional (especialmente en radio, porque cuando empecé a narrar era lamentable y ahora me defiendo) y en los que pude conocer mi club por dentro. Le deseo –sin ironía- que tenga suerte en sus nuevos proyectos.

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