Trabajadores de la pelota (0-0)

El fútbol ya no es alegría. El fútbol, a ciertas edades y en ciertos ámbitos, es una obligación de las malas, de las menesterosas. De las que quitan sueños y dan sueño. De las que imponen y aturden. De las que cansan hasta agotar.

El Córdoba y el Numancia empataron a cero porque era lo que tenían que hacer. Porque a uno el empate no le hacía demasiado daño y al otro no le venía mal para quedarse en esa zona de nadie que tanto le gusta. E hicieron un buen trabajo unos y otros para conseguir el botín. Todo acorde al guion. Corrieron lo que el guion les demandó, hicieron las faltas que el guion les demandó e incluso, si me apuran, cometieron los errores que el guion les demandó. No sirvió de nada que Carrión decidiera poner a jugadores de ataque si a su equipo le da por no atacar (o hacerlo mal, que viene a ser lo mismo).

Y, claro, cuando los trabajadores hacen únicamente su trabajo, la gente se suele aburrir. Los únicos a quienes lo visto en El Arcángel les pudo llenar de emoción pudieron ser los representantes, los estudiantes a técnicos y el observador arbitral. Bueno, claro, y el llamado director de partido de la LFP, que al parecer se dedicó a apuntar las quejas de los jugadores del Numancia por el destello de un bombo en el fondo norte (ya me detendré en eso en mi columna de ABC que será publicada mañana).

partido

Ocho, nueve o diez mil personas sentadas en sus butacas viendo a unos operarios sudando como si fueran jubilatas mientras, de tanto en cuanto, aplaudían o censuraban un gol del o al Madrid. Todo entre dantesco, lamentable y mediocre. Sobre todo, mediocre.

La Segunda es esto. O no. La Segunda también es lo que están viviendo en Valencia con el Levante; o en Girona; o en Cádiz y Oviedo… Pero no estamos por estos lares para pedirle peras al olmo.

Al menos, de entre todo el numeroso elenco de profesionales del balón apareció un chaval que –naturalmente- levantó entusiasmo e ilusión. Se llama Sebas, se apellida Moyano y ha hecho maravillas desde pequeño vistiendo la blanquiverde. Tuvo poco menos de veinte minutos y apenas lució en semejante bodrio, pero a poco que tenga más oportunidades estoy seguro de que dejará pinceladas de color en una temporada muy gris.

El fútbol es muy bonito cuando parece un juego y un absoluto coñazo cuando únicamente parece un trabajo. Pues eso.

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