Rafael Campanero y el Córdoba, dos vidas en una

Recuerdo las más de tres horas que estuvimos hablando de fútbol en el verano de 2014 de Mezquitilla. Rafael Campanero me atendió con la misma generosidad en tiempo que en anécdotas. Era para mi libro. Era para mí. Hablamos del Córdoba, claro. Casi siempre del Córdoba. Pero también de la vida. De la suya. El Córdoba y su vida se confunden muchas veces hasta el punto que no se sabe dónde comienza una cosa y empieza la otra.

Campanero es el socio número uno del Córdoba, pero es también su kilómetro cero. Nada en los casi 63 años desde el renacimiento del club es ajeno a la presencia de Don Rafael, por mucho que –naturalmente- no mandara en la entidad durante tantos lustros. Su figura siempre ha servido de referencia no solo por sus hitos sino por la cotidianeidad con la que afrontó las enormes crisis que pudieron exterminar el sentimiento blanquiverde.

Tras ser inoculado en su cuerpo el veneno del fútbol por su primo Rafael, fue portero en su Almodóvar antes de que Paco Salamanca le quitara el puesto. Luego pasó de espectador del Deportivo en el Estadio América a un estajanovista trabajador en las categorías inferiores en casi todas las facetas imaginables. De hecho, se llegó a sentar en el banquillo en el 57 porque Juncosa no pudo dirigir un amistoso en Peñarroya.

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El Campanero presidente devolvió al Córdoba a Primera en 1970 tras tomar el relevo de Morón y avalar las deficitarias arcas del club con sus propios ahorros. El Campanero presidente devolvió al Córdoba a Segunda B en 1985 convenciendo a peloteros como Pepín-que estaba en Primera en el Valladolid- y recuperando el orgullo de ver a muchos cordobeses jugando y jugando bien en un Arcángel repleto; El Campanero presidente devolvió al Córdoba a Segunda en 2007 manteniendo la calma en los momentos más duros y acertando en las decisiones más duras. Muchas de ellas las más duras de su carrera como gestor.

Y hay muchos más Campaneros. El Campanero amigo de Vavá que fichó a Ónega y Dominichi en un viaje casi furtivo a Argentina. El Campanero quejándose junto a José María García del ínclito Pérez Payá aquel año en el que el Sevilla dejó sin ascenso al mejor Córdoba –dicen- de todos los tiempos. El Campanero amigo de Asen y de Pepe Díaz. Y de Pierini. Y de tantos otros que han visto en él algo más que un jefe. El Campanero dejando de puntillas, enfermo y casi llorando la parte de su alma más irracional en una tarde triste ante el Murcia.

Y, en el fondo, el Campanero al que ahora se le rinde un tardío y merecidísimo homenaje no solo por su faceta como gestor deportivo sino por todo lo que ha hecho en sus más de noventa años en esta ciudad. Porque, como dijo Lillo una vez: “quien solo sabe de fútbol, ni de fútbol sabe”. Y Don Rafael sabe tanto de fútbol como de la propia vida vivida. Y vivida, siempre, confundida con la del equipo que siempre ha amado. Porque, y esto ya lo he dicho antes, la historia del Córdoba no se entiende sin Rafael Campanero. Y viceversa.

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