El brasileño que le robó a Kahn sus guantes tras la final del Mundial de 2002

Escudriñando entre mis archivos, he encontrado los apuntes de una historia que conté para la contraportada del Diario Marca en julio de 2002. El protagonista, un brasileño llamado Annibal Pereira. Un tipo bastante particular que llevó a cabo el robo soñado por cualquier fetichista de la pelota.

Gracias a un chivatazo de Emilio Lacave nos enteramos –concretamente llegó a conocimiento del gran David Ruiz– de que un paisano suyo había surripiado –usurpado- los guantes con los que Oliver Kahn disputó la final del Mundial recién celebrado. Además, Lacave había descubierto que el tipo, llamado Annibal Pereira, trabajaba en Madrid para British Airways y que llegaba precisamente ese mismo día a Barajas.

kahn

Ronaldo consuela a Kahn al término del choque en Yokohama

Allí me planté con mi grabadora y con la promesa de la exclusiva en la voz de Pereira. Pero o él tenía muchas ganas de protagonismo o bien Madrid es muy pequeña y de repente me encontré –nos encontramos- rodeados de cámaras de todos los medios nacionales. El sudamericano me advirtió de que le reconocería nada más aparecer por la terminal y no me defraudó dado que apareció vestido con una enorme camiseta estilo hawaiano –debía pesar en torno a cien kilos- repleta de banderas de su país y con uno de los guantes que no pudieron evitar la derrota germana en su mano. No era un hombre precisamente discreto Annibal. Decidí posponer el encuentro para un par de horas más tarde en una cafetería del barrio en el que vivía para poder charlar más tranquilos.

Allí, con un té por delante Pereira me contó su rocambolesca historia. Gracias a su trabajo había podido conseguir billetes baratos para viajar hasta Yokohama, donde se disputó la final, desde Londres y merced a su amistad con el entonces técnico del Marítimo de Madeira, Nelo Vingada, había logrado dos fantásticas localidades para ver la final por la cara. Decía que entre viaje, alojamiento, dietas y transporte se había gastado unos 750 dólares por toda su experiencia futbolera de apenas unas intensísimas horas.

Ya en el encuentro, Pereira sufrió mucho sobre todo hasta el descanso porque Brasil no podía superar la bien pertrechada defensa alemana. Precisamente durante el entreacto Annibal empezó a imaginar cómo colarse en el campo al terminar el choque, acabara como acabase. Los dos goles de Ronaldo le hicieron llegar al orgasmo y cuando Collina pitó el final el aficionado de Ipiranga no pudo contenerse y, emocionado, me contó que:

Salté al campo, había unos cinco metros de foso y una rampa metálica. Mi ex mujer me recomendó que no lo hiciera porque tengo problemas en el hombro, pero no pude contenerme e hice el salto del tigre (sic). No había policías en mi zona, aunque llegaron unos seguratas de verde. Me asusté, pero iban a empujar el podio y pude camuflarme detrás de él (recuerdo: cien kilos de tío y con problemas en su hombro). Al salir, creo encontrarme junto al banquillo de Brasil y me acabo quedando con Ronaldo a solas, aunque me quedé con las ganas de ver a Rivaldo. No quería que ninguno me recordara como el pesado. Yo era feliz bailando en la celebración y le intenté dar una de mis pulseras a Ronaldo (desconozco si lo logró). Seguí progresando y cuando me encontraba en el centro del campo esperaba un placaje al estilo del fútbol americano, pero nadie me detuvo. Mi siguiente objetivo era besar la red en la que Ronaldo había marcado los dos goles con los que habíamos acabado de ser pentacampeón. De camino hacia mi reto saludé a tres jugadores alemanes, uno de ellos Assamoah”.

En ese momento, cuando ya llevaba un buen rato campando a sus anchas sobre el verde, mientras se fundía en un abrazo con las mallas cuyo sonido le habían hecho tan feliz se percató de que había un guante en el suelo y otro en la misma red. Eran los guantes del portero vencido. Los guantes del terrible Oliver Kahn: “no tenía pensando nada, pero claro… los vi ahí y no dudé. Me los metí en el pantalón y con rapidez salí por la puerta de daba a las gradas”.

Según me contó también, a la salida del estadio y entre la euforia de la gente le quitaron uno de los dos guantes y que ya por aquel entonces le habían ofrecido doscientos mil dólares por ese recuerdo, pero que no tenía pensado venderlos: “mi guante será para Kahn, si él me lo pide”.

Durante un tiempo, Pereira conservó su trofeo al vacío con manchas de tierra y verde para probar su autenticidad. Unos meses después, Annibal me llamó para avisarme de que tenía intención de devolverle el guante al portero teutón aprovechando que iba a defender la meta de la selección mundial en el encuentro conmemorativo del centenario del Real Madrid. Allá que fue Annibal –creo recordar que al Hotel Intercontinental- y allí le recibió Kahn, que miró al brasileño con una cara de “no-me-lo-puedo-creer” antes de aceptar el guante robado.

Todos fueron felices al final de esta historia, a uno le quedó la fama efímero y el recuerdo y al otro… su guante perdedor.

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