Yo para ser feliz quiero un Carrión (incrédulo de mi) 3-4

Andaba uno constreñido al ver que la alineación que iba a sacar Luis Carrión para el partido de vuelta de Copa no iba a resultar suficientemente eficaz. Quitaba de entre los elegidos a ocho de los once que nos hicieron felices en Oviedo y temía por la suerte de la eliminatoria ante un enemigo de Primera y con un entrenador de Champions (bueno, que se cree que sigue entrenando en Champions) que –esta vez sí- parecía tomarse en serio a su enemigo.

En consecuencia, como Tomás el evangelista, necesitaba meter la mano en la herida de un muerto para creer en que mantener la jugosa renta iba a ser viable. Y a fe que me costó, sobre todo porque el empuje del rival provocó el estreñimiento hasta del caganer blanquiverde que convertido en talismán de mis viajes cordobesistas.

Para aumentar mi desesperanza Sandro, el mejor con diferencia de entre los rivales, tenía el día y poco después de superar los cruciales primeros quince minutos ya había estrenado su cuenta y recortado, en consecuencia, nuestros ahorros. Encima, uno de los dos únicos centrales del equipo se lesionaba en el hombro y debía ser sustituido por un centrocampista defensivo o, a lo sumo, lateral diestro como Luso. Y tal era así porque Carrión había decidido no convocar a ningún defensa para el banquillo.

piovaccari

Entonces tecleé un castizo “Ea”, en el que creí tener razón para mis pesares y me disponía a tomar la senda de la nostalgia para despedirme junto con los mil que cubrieron los pocos kilómetros que separan Córdoba de Málaga de este torneo que tanto me gusta.

Pero fui un infeliz y un feliz, porque a Piovaccari le dio por tocar la flauta con destreza ante una defensa rival que –todo hay que decirlo- lo bailaba todo y el italiano se encontró escoltado por un viejoven Pedro Ríos y un joviejo como Guille Donoso. Complementos ideales para contratacar, que tal era el plan oculto por Carrión desde el comienzo. Y así llego el primero de los nuestros, y luego el segundo del Málaga y luego otro más de los nuestros. Y la fiesta orgiástica del gol fue convirtiendo el partido de Copa en uno realmente de Copa. Y ambos equipos –más el Córdoba, por eso ganó-honraron esta competición queriendo jugarla y queriendo ganarla. Y al final incluso la Rosaleda –a pesar del pique breve de algunos cafres que no entienden de qué va el fútbol- se levantó para ovacionar alguna acción de dominio con el balón de los blanquiverdes cuando se vistieron de Salmorejo Mecánico.

No sé cómo se sentirá cualquier aficionado de un equipo grande cuando gana un torneo, pero mis contradicciones y yo nos vamos a ir a la playa la madrugada del miércoles para mojarnos todo lo que haga falta y ser felices. Porque la vida, y el fútbol consiste en eso. Y ahora mismo yo, cuando voy al campo y a pesar de mis dudas de hoy, para ser feliz quiero un Carrión. (Y sus veinte jugadores enchufados).

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