Cuba

De todas las definiciones que he leído acerca de la idiosincrasia cubana durante estos días me quedo con la que contó en su libro La Isla de los Ingenios el periodista Fernando García del Río: “en Cuba casi nunca hay lo que uno quiere, así que lo mejor es querer lo que hay en cada momento”. Pocos lugares deben existir en el mundo en donde el carácter impacte tanto al viajero. Si en la habitación de un hotel de La Habana –que no era el que te correspondía según lo pactado, pero es al que te envían- hay cucarachas y pides que te reubiquen, en recepción puedes escuchar: “¿Tenemos alguna (habitación) limpia?”. Y así todo.

Pero tal vez ese talante desvergonzado, afable, salsero, previsible y desconcertante al mismo tiempo, vitalista, chismoso… sea el que –como si el contenido hiciera el continente- dibuje unos paisajes urbanos absolutamente únicos.

Cuba y el cubano son supervivientes natos. En Habana, cuando emprendieron la reconstrucción del casco viejo, clasificaron los inmuebles a mejorar en “ruina, semirruina y de estática milagrosa”. La “estática milagrosa” se puede aplicar a un régimen al que pocos –de hecho: una persona de las muchas con las que hemos hablado- catalogan abiertamente de dictadura, por lo que les pueda pasar o porque, tal vez, valoren en su justa medida lo que tienen y aquello de lo que carecen. Un ejemplo: un conductor de bici-taxi nos contó las bondades de su sistema sanitario gratuito comparado con el estadounidense mientras, sudando, lamentaba los 50 dólares que tuvo que pagar al doctor de turno del Hospital Hermanos Amejeiras para que atendieran a su madre con preferencia ante las 47 piedras biliares que le encontraron. Habló de eso y del precio de las tetas de plástico que ya deben empezar a proliferar en la isla (en honor a la verdad y ya que sale el tema, pocas carnes firmes vimos por allí).

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En La Habana, por esa engatusadora naturaleza, timan a los turistas. Es imposible, de hecho, no ser timado. Puede pasarte en un paladar –es el nombre que se le da a los restaurantes de comida tradicional y que obedece a un culebrón muy popular allí, por cierto-, en cualquier casa particular en la que casi te conminan a comprar puros o ron, en un taxi de los que se conocen como almendrones (buicks y chevrolet con piezas de Ladas y Moskvitch soviéticos) o, sin más, en cualquier esquina pidiendo que le compres un cartón de leche por trece dólares. Te timan hasta en la Bodeguita del Medio, a la que también llaman la del “miedo” por sus precios. El mojito, dispensado casi a granel, no le hubiera gustado ni a Hemingway después de haberse emborrachado de vida pura. Se queda la duda de saber si es que realmente el mojito más ortodoxo debe saber así y, en consecuencia, es un brebaje mediocre (dudas que se quitan si se prueba el del Museo del Ron de Havana Club, que está delicioso).

Los cubanos leen porque presumen de ser un pueblo culto y en realidad lo son porque en sus escuelas les enseñan bien. Conocen su historia y la recuerdan entre Martí y el Che, al que admiran. De hecho, hay muchos carteles y emblemas en todas partes del argentino y bastantes menos del Comandante. Acaso porque el primero nunca dejó de soñar y luchar por esa utopía mientras el otro maniobró para sí y para su clan. Un taxista, en pleno desahogo, nos contó que muchos sienten que Fidel defraudó de uno u otro modo a tres de los cinco grandes nombres de la revolución que lideró (Camilo Cienfuegos –el hombre al que la iconografía, por su canotier calado en la cabeza y por su extraña desaparición, le dibuja casi con aureola-, a Huber Matos –a éste directamente le encarceló- y al propio Ché). El cuarto del grupo es su propio hermano, que ahora es quien corta el mamey en la Isla.

En Habana, cerca del Capitolio, hay un señor con aspecto decimonónico y que viste con ropas roídas y sucias que vende el Granma como único sustento, pero que dice que nació en La Pedrera porque sus antepasados eran gente muy poderosa en Barcelona (de una familia llamada Milá, concretamente). Puedo creérmelo perfectamente, entre otras cosas porque Cuba es un lugar de imposibles.

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La Habana enamora de punta a cabo por sus colores, por la metralla incrustada en el Hotel Nacional donde se escondieron los ministros del gobierno que derrocó Batista, por la vida comprendida entre las calles San Lázaro y San Rafael, por los atardeceres desde el Morro y el Malecón, porque parece una hipérbole que aumenta en cada paso, por su son, por su calor, porque en el Museo de la Revolución tienen puesto –o tuvieron mientras paseábamos- música yanqui a todo trapo –Beyoncé o similar, lástima no haber podido usar shazaam-, porque aman su bandera y sus señas de identidad y hasta son capaces de obviar –por orgullo o porque simplemente siempre debiera ser así- que la primera bandera que tuvieron y que exhiben en el museo de su ciudad la cosieron en Nueva York.

Pero para entrar de lleno en Cuba hay que salir de La Habana. En estos días, a marchas forzadas, nos dio tiempo a bañarnos en un mar que no refresca en Varadero. Allí vimos el precioso bungalow veraniego del ingeniero Leopoldo Abreu y su familia, que la Revolución convirtió en museo de la ciudad y que ahora, según nos contó la guía-vigilante con tristeza y sinceridad, quieren demoler una vez que ya lo han convertido en un mirador abandonado por donde picotean, literalmente, las gallinas.

Y fuimos al Valle de Viñales para ver mucho verde y algunos mogotes cársticos en una excursión casi netamente comercial y muy poco recomendable en la que nos metieron en un bote en un lago y nos permitieron acariciar una jutía en un falso poblado taino durante los pocos ratos en los que no nos querían endosar piñas coladas, llaveros o puros. Como ir a Disneyworld. Especialmente desagradable el rato de bochorno mientras malcomimos junto al horroroso Mural de la Prehistoria, unos dibujos pintados en uno de esos mogotes con nula estética y menos gracia.

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Afortunadamente, el decepcionante paseo por el campo lo compensó la visita a Cienfuegos, la que llaman Perla del Sur con razón. Desde el corazón de la Plaza Martí hasta la estatua de Benny Moré las calles de esta joven ciudad –curioso: en menos de 200 años de vida ya ha tenido dos nombres, antes se llamaba Fernandina de Jagua- refulgen. Calles criollas por donde se mezclaban en sus tiempos el azul de los ojos de sus colonizadores franceses y las contundentes formas de las venus negras cargadas de grilletes. Para llegar a Cienfuegos nos valimos del fútbol. Jugando un rato en el campo del resort de Varadero conocí a un cubano recién casado con una barcelonesa que resultó ser, según nos confesó con timidez, sobrino de Chucho Valdés. Con ellos dos alquilamos un almendrón para salvar los 171 kilómetros de distancia entre el Atlántico y el Mar Caribe (que son casi tres horas de viaje por el estado en el que se encuentran las carreteras). Allí, junto a ese mar calmado y en el restaurante Covadonga –donde una placa dice que Fidel comió paella en un alto de su campaña triunfal del 59- almorzamos camarones enchilados mientras unos chavales pescaban despreocupadamente por un precio irrisorio (precio de cubano, no de yuma, que es como se llama a los extranjeros).

Nos quedó muchísimo por ver y conocer (Trinidad, Baracoa, Santa Clara, Holguín, Santiago…), pero con ocho noches bastan para percibir la esencia de una isla conservada en almíbar y que acoge con calidez a quien la visita. A un rincón del mundo rebelde, peleón y contestatario –“Trampas geográficas”, de Alexis Schlachter, libro curiosísimo que me compré por 4 dólares y que si está por internet y lo leen les podría dejar con la boca abierta para bien o para mal- que exhibe con un orgullo único sus ruinas de antes de ayer y sus hazañas de siempre, su ritmo y sus sabores. Una gente que realiza un ejercicio de heroicidad casi diario entre sus necesidades cotidianas para mantener su cubanía y que sostiene, de entre las muchas frases de Martí que citan, una como premisa vital: Amar no es más que el modo de crecer. Así que… viva Cuba (Libre). 

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