El día que la selección española humilló a Hitler en Alemania

12 de mayo de 1935. España es una de esas repúblicas burguesas y demócratas que tanto detestaba Hitler. Alemania suma apenas dos de los mil años a los que está destinada como Reich. Ese día, el estadio Müngersdorfer de Colonia, se iban a enfrentar por vez primera las dos selecciones absolutas de ambos países. Y ganamos.

Para Goebbels cada celebración pública debía ser una demostración de poder. Ganar o morir era el eslogan fascista que tan bien copiaron nazis y comunistas durante las dos décadas siguientes. En el fútbol, Alemania aún no había ganado nada. Todo lo más, el tercer puesto del Mundial del 34, en el que la Checoslovaquia liderada por Nejedly les venció 3-1 en las semifinales (evitando, de paso, una final Italia-Alemania que hubiera sido una mina para los propagandistas de ambos regímenes). En ese Mundial también estuvo España, eliminada en la batalla de Florencia por los anfitriones y la canallesca actuación del árbitro suizo René Mercet.

El gobierno de la CEDA no vio con (demasiados) malos ojos que su combinado tricolor visitara Alemania el mismo día que la Selección catalana recibiera al Sunderland inglés (por cierto: 1-7 a favor de los británicos). El Mundo Deportivo avisaba en la previa de que las “ventajas e imponderables” estaban del lado de los alemanes porque jugaban en terreno propio, incidiendo en que Alemania se encontraba “en el mejor momento futbolístico” de su historia.

Langara contra Buchloh

Lángara ante el portero germano Buchloch durante el mítico partido en el Müngersdorfer de Colonia

 

Al llegar a su hotel de concentración la expedición española le envió un telegrama al Führer, que les respondió en términos muy amables. No estaría Hitler aquel día de mayo gris y lluvioso en Colonia, pero sí su Ministro de Educación, Bernhard Rust –autor de la frase: “Toda función de la Educación es crear nazis”-, el alcalde de Colonia Günter Riesen y el embajador español en Berlín Francisco Agramonte.

Toda la ciudad renana se había engalanado para la ocasión. Las 82.000 entradas disponibles se habían agotado semanas antes del choque. Hacía frío y llovía, pero en el campo no cabía un alfiler. Un partido internacional –y más el primero entre dos potencias futbolísticas- era una cosa seria en aquellos tiempos.

Contó en su crónica el ABC que el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, les exhortó “con frases elocuentes en las que el corazón tenía más influencia que la expresión misma”. Luego escogió el once: Guillermo Eizaguirre – Ramón Zabalo, Jacinto Quincoces – Leonardo Cilaurren, José Muguerza, Simón Lecue – Martín Vantolrá, José Iraragorri, Isidro Lángara, Luis Regueiro y Guillermo Gorostiza.

 

Se desconoce lo que le diría a los suyos Otto Nerz, seleccionador alemán. No resultaría injusto elucubrar que evocaría la ventaja de ser ario. Nerz  era un ferviente nazi, tanto que aguantó en la Berlín en ruinas en el 45 combatiendo a los soviéticos. Moriría, ya preso en Sachsenhausen, poco después de la rendición germana.

El árbitro era de garantías. El belga Jan Langenus fue quien dirigiera en 1930 la final del primer Mundial entre Uruguay y Argentina.

A las tres menos cinco de la tarde, los alemanes le hicieron un pasillo a los españoles con el brazo extendido y la palma bien abierta. Todo el público se puso en pie con el mismo saludo fascista mientras sonaban los himnos nacionales. El Deutschland über alles y el de Riego. Los once españoles y el técnico fueron los únicos que no levantaron sus brazos. Se colocaron en el círculo central con la cabeza gacha y posición marcial.

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Los jugadores españoles, mientras sonaban los himnos antes del encuentro

 

Los alemanes empezaron muy fuerte. Para colmo, en una acción desgraciada el madridista Quincoces y el bético Lecue chocaron de mala manera y ambos tuvieron que ser sustituidos provisionalmente –en los amistosos estaba entonces permitido- por Areso y Pedro Regueiro. La famosa W-M germana –esto era, básicamente, colocar a un centrocampista un poco más descolgado cerca de los dos únicos defensas para mejorar la fluidez del centro del campo en adelante- estaba superando a la garra de los españoles. En el minuto once, un centro de Lehner desde la derecha que no pudo despejar Quincoces era aprovechado por el delantero del Saarbrücken Edmund Conen para fusilar de potente derechazo a Eizaguirre. Precisamente el portero del Sevilla se hizo protagonista durante ese periodo del partido en el que las esvásticas no paraban de sacudirse eufóricas.  Una valiente intervención impidió que Lehner marcara el 2-0 poco después.

España fue despertando merced al empuje de Gorostiza y Lángara y los espectadores del Müngersdorfer iban asistiendo, atónitos, al progresivo empequeñecimiento de sus Übermenschen. Después de dos disparos a los postes, en el 28 de juego, Iraragorri cedió a Regueiro, éste pasó a Ventolrá que le puso un gran centro a Lángara. El mítico delantero asturiano fue derribado por un defensa alemán, lo que no impidió que desde el mismo verde lanzara a puerta un latigazo que fulminó al arquero Buchloh.

Los germanos no asimilaron bien el empate y emplearon su ímpetu más en golpear que en tratar de jugar al fútbol. La bala roja, Gorostiza, era el principal objetivo de sus borceguíes. No obstante, la zaga española aguantó bien y no se desconcentró hasta que un centro precisamente de Gorostiza a la cabeza de Ventolrá permitió al catalán asistir al goleador Lángara para que éste volviera a batir de disparo cruzado al portero local. Todavía se estaba jugando el primer tiempo.

La segunda parte -“bastante inferior en calidad” según ABC- se saldó con un par de sustos alemanes bien salvados por el luego entrenador del Córdoba Eizaguirre y un fugaz contragolpe que Ventolrá desaprovechó por muy poco. Jugador de leyenda Ventolrá, por cierto (tras su exilio, su hijo José Vantolrá, fue internacional mexicano y disputó el mundial del 70, lo que les convierte en la única pareja padre-hijo en disputar dos mundiales con dos selecciones distintas).

Según la prensa española de la época el público alemán asumió bien la derrota. No tanto la maquinaria de propaganda nazi, que censuró en el video resumen del partido los dos tantos españoles. Mientras la Frankfurter Allgemeiner escribió que el juego había sido “extraordinariamente asombroso”, el Berliner Tageblat recalcó que “no hemos de olvidar que los españoles son profesionales y lucharon con un temperamento del que sólo los meridionales son capaces“. Los cerca de 2.000 (suena exagerado) españoles que según ABC estuvieron presentes durante el partido en Colonia quedarían, en todo caso, muy satisfechos. Incluso el cronista de La Vanguardia, Oberon de nombre, se choteó un tanto en su texto: “pero es lo positivo que el español, y no será por ser de raza inferior, encuentra siempre en Alemania amable acogida”.

Dos veces más se enfrentaría la Alemania nazi a la España de aquellos tiempos. El 23 de febrero del 36 la Mannschaft le devolvió la afrenta (1-3 en Montjuïc) y en plena Guerra Mundial (12-4-1942) el duelo más propagandístico y politizado de los tres terminó 1-1. Pero la primera de las tres ante los chicos de Hitler, fue de cal.

 

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