El delantero del Madrid que salvó al portero del Racing en el 36

Sonido de charlestón y de botas militares en mitad de la noche. Verano de 1936. La Coruña tomada por el imperio de la ley de las armas y del miedo. Una pareja baila despreocupadamente en un cabaré de los que abundan cerca de la playa de Orzán. El hombre era Paco Trigo, quien era portero del Racing de Santander y se encontraba esperando que se calmaran los ánimos en su tierra. De repente, irrumpen en el local dos hombres. Botas altas, guerrera negra de cuatro botones y el distinto inequívoco sobre el bolsillo izquierdo del yugo y las flechas. Milicianos falangistas que se sienten dueños de la situación y que comienzan a pedir a los ocupantes del cabaré que se identifiquen.

Trigo no era un hombre político, pero tampoco hacían falta demasiados motivos en el 36 para matar o para ser asesinado. En ambos bandos. Al parecer, por el barrio de donde era oriundo el portero merodeaban un grupo muy activo de simpatizantes republicanos llamado “los de la lejía”. Fue suficiente motivo para los falangistas, que se apresuraban a sacarlo del cabaré y darle el paseo bien hacia la playa de Riazor, bien hacia el campo de la rata, que era donde solían acabar con la vida de quienes consideraban opositores al nuevo régimen.

Hilario Marrero

Hilario Marrero dispara en presencia de un seguidor del Athletic

Mientras le iban explicando su condición de rojo y de traidor se disponía a entrar en el cabaré Hilario Marrero. Marrero era canario, toda una celebridad en la época. Había jugado en el Madrid (entonces le quitaron lo de “Real”) y en la selección española. Era un futbolista habilidoso y tan querido en sus natales Islas Canarias que cuando en su momento lo ficho el Deportivo tuvo que salir disfrazado de mujer y camuflado en un barco para no ser secuestrado por sus seguidores.

 

Pues bien, Marrero comprendió rápidamente la situación y decidió actuar. Es fácil imaginarse la situación:

Trigo, Trigo, ¿Dónde vas?

No me voy, me llevan, don Hilario (Trigo se sabe que nunca tuteó a Marrero)

Rápidamente los dos milicianos reconocieron al entonces aún célebre futbolista, detuvieron su caminar y le pidieron un autógrafo. El jugador del Madrid les estuvo explicando que Trigo era el portero del Racing y muy amigo suyo y que de rojo nada, que él le aseguraba que era un fervoroso defensor de la causa nacional y que su garantía avalaba cualquier posterior veleidad progresista de Trigo. “Ha tenido suerte, creíamos que era otro”, terminaron dijeron con sorna los milicianos antes de dejarle marchar.

En realidad Marrero y Trigo apenas se conocían de verse por los terrenos de juego. No eran amigos. En unos tiempos tan revueltos, cualquier equívoco podría haber condenado a ambos al destino al que estaba destinado uno de ellos. No iban de farol los falangistas: contó Galeano en libro Espejos, una historia casi universal que el jugador del Deportivo Bebel García como última voluntad pidió orinar delante del pelotón de fusilamiento que acabó con su vida apenas unos días después de la historia de Marrero y Trigo.

Cuenta Julián García Candau en El deporte en la guerra civil que Marrero y Trigo coincidieron tres meses después en un partido de una Copa provisional llamada “de la Octava División Orgánica”. Uno con el Deportivo, otro con un equipo llamado Coruña. El equipo del delantero Marrero le metió cuatro goles al portero Trigo. Nunca le sentaría mejor al guardameta recoger los balones de su red que aquella tarde.

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