Una de historia: El único bombardeo dulce, el heroico Candy Bomber de Berlín

Vivimos días duros. Los asesinatos terroristas de París han puesto a Occidente en una encrucijada. ¿Es lícito contraatacar con odio al odio? ¿Es moral arrasar –cueste lo que cueste- la tierra de aquellos que manipulan su religión para imponer una visión atrasada e indigna de la civilización? ¿Es ético alegrarnos de la muerte de aquellos que sólo viven para matar?

La historia no responde esas dudas, pero sí sirve para rescatar episodios que pueden resultar entrañables en circunstancias análogas a estas como flores en un estercolero. Que pueden endulzarnos incluso momentos tan amargos como estos.

Berlín 1948En 1948 Europa estaba coja y manca. Devastada por la recién terminada guerra. Berlín –como la Viena que dibujó Graham Greene en El tercer hombre– estaba partida en cuatro secciones. La soviética no quería cuentas con las otras tres (británica, inglesa y francesa). Stalin y Truman comenzaban el pulso de la Guerra Fría. Los occidentales decidieron implantar el Deutsche Mark en su zona y esto enfadó mucho al bigotudo dictador, porque dificultaba el comercio entre su sector y los otros tres. Como contramedida, Stalin ordenó un bloqueo absoluto a la parte de Berlín que no controlaba. Ningún vehículo podía acceder. Dos millones de habitantes estaban condenados a rendirse y someterse al poder del Sóviet o morir de hambre o frío.

O no.

Las potencias democráticas establecieron un puente aéreo (Luftbrücke lo denominaron) que permitió subsistir durante un largo año a esa población sitiada.

Dirán, ¿y dónde está el dulzor de esta historia? Paciencia, ya estamos llegando.

Aeropuerto de Tempelhof, Berlín. Gail Seymour Holversen es un mormón de Salt Lake (como casi todos en Utah) que sirve en ese 1948 como capitán en el ejército pilotando un C-54. En un día de permiso durante esas agotadores e imprescindibles operaciones de abastecimiento decide darse un paseo por la ciudad con su cámara. Ve a un grupo de chavales harapientos y se acerca a ellos. Son unos treinta. Se apena por su situación y comprueba que en su bolsillo tiene unos cuantos chicles. Piensa por un momento que no tiene para todos y duda pero decide entregárselos. Los niños, que hacía años que no habían probado un dulce, lejos de pelearse por tan preciado regalo, deciden trocear los chicles que le ha dado el militar para que todos pudieran disfrutar de ese dulce momento.

Holversen

Gail Halvorsen, preparando sus artesanales paracaídas para repartir cajas de caramelos

La respuesta de los pequeños, tan lejana a la guerra, a la violencia y al egoísmo que le rodeaba conmovió a Holversen, que decidió hacer algo al respecto. Antes de marcharse le prometió a los chavales que volvería volando a enviarles más dulces. Ellos, escépticos, le preguntaron que cómo reconocieran su avión y Holversen les dijo que “él menearía sus alas” (de ahí el apodo alemán Onkel Wackelflügel o “el tío agitador de alas”, más o menos).

 

Al llegar a la base construyó unos paracaídas artesanales a base de pañuelos y compró en la cantina todos los chicles, caramelos y dulces que le permitieron sus ahorros. Al día siguiente, en el abastecimiento, haría una pasada por ese mismo barrio donde los niños repartieron sus caramelos para dejarles caer una caja entera de golosinas. Su gesto movió a otros muchos más militares, que decidieron seguir sus pasos. Al principio fue un movimiento secreto, pero finalmente el asunto llegó a oídos del general William Tunner, que pensó que era una buena idea (¡como para no pensarlo!) y decidió hacerlo a lo grande. Al final, con el apoyo desde los propios Estados Unidos de distintas asociaciones se llegaron a destinar 25 aviones a “bombardear” Berlín con hasta 23 toneladas de dulces. Incluso se aventuraron en territorio soviético, a pesar de las advertencias de sus autoridades de derribar cualquier aparato que desafiara su espacio aéreo.

A Holversen le llamaron “Candy Bomber” (el bombardero de caramelos) y le condecoraron por regalar ilusión en mitad del caos. Él se limitó a recordar lo que le dijeron sus padres en la infancia: “de cosas pequeñas llegan grandes cosas”. Tal vez ahora sea tarde para bombardear el mundo con golosinas. Tal vez nunca sea demasiado tarde para historias como esta.

Fuentes:

http://blog.chron.com/mormonvoice/2013/12/the-berlin-candy-bomber-how-a-mormon-pilot-shared-the-spirit-of-christmas/

http://gagomilitaria.blogspot.com.es/2011/02/gail-halvorsen-el-bombardero-de-dulces.html

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