Viaje por Europa: De Bratislava a Sofía

Bratislava.

Saludos desde Bratislava.

20150814_121417Capital de un país fabricado que nunca fue sino en función de no querer ser otros. Ciudad en la que los ochenta vuelven al despertar envasados en botellas de Kofola. De católicos moderados, europeizados y que limpian bien el centro -sagaces ellos- para dejar oscura su estación central (oscura como han de ser todas las estaciones centrales). Cuna de ilustres anónimo pero tierra de reyes forasteros. Burgo sin fuste e imperial -menuda paradoja- que hasta el siglo pasado no se llamaba más que Pressburg. Así, en alemán, porque al eslovaco lo necesitaron cuando ya se vieron mayores. Lugar donde los leñadores parecen hombres y las mujeres estatuas de cristal que se mueven como flotando en su propio éter. Por aquí señorearon los turcos, pero no se nota. Hay un lugar en el que envuelven las camisetas con estilo soviético en botes de compota y que se llama Kompot (es lógico). Y un buen restaurante en el que una camarera pizpireta sirve unos exquisitos y grasientos Pirohy s Bryndov, que a pesar de ser de pasta blanca se digieren con pesadez y lentitud. Ah. Y un castillo con ínfulas. Pero si no, no estaríamos en Europa.

Si me preguntan si volvería les preguntaría a ellos primero si desean que volvamos a robarles el silencio de sus calles. Creo que nos darían permiso.

Viena

Buenas tardes desde Budapest. Os cuento sobre Viena.

20150816_113645A los austriacos durante siglos nadie les ha querido mucho. O nada. Mi amigo Mario es un historiador notable que se deja la espalda levantando cajas para llegar a tener su propio hueco en uno de los Rings de Viena, que son como los círculos de Dante. Él fue quien en un delicioso recorrido nocturno nos descubrió, pasando por la Universidad en la que él estudió, la figura de Karl Lüger. Lüger fue un alcalde vienés populista que odiaba a los judíos tanto que luego Hitler le encumbró como el más grande alcalde de todos los tiempos. Este caballero, despojando de posesiones a los semitas, le dio a su ciudad una Universidad que presume de cinco premios Nobel. Musil caricaturizó esa Viena de principios del XX y Zweig la analizó con emoción. Dije que a los austriacos nadie le quiso, pero desde antes de Hitler. Ahora en las ruinas de la sede de la Gestapo vienesa los jóvenes beben como si no hubiera un mañana, pero ya cuando la cursi Sissi paseaba por Schonbrünn, media Europa anhelaba cargarse el no-tan-absolutista como se cree Imperio Austrohúngaro.

20150815_122650La mentalidad de Francisco José era: primero batallo, luego pierdo y ya si eso firmo la paz. Así acabó su monopolio en la Gran Guerra. Esa época configura la actual Viena. Lánguida y majestuosa, aburrida e inabarcable. Exhibicionista desde Belvedere hasta la Cripta Imperial (finis gloriae mundi capuchina junto a Stephansdom). Soberbia hasta el punto de que uno de sus reyes hecho estatua -creo recordar que Fernando III- te haga una peineta mientras visitas la extraordinaria Prunksaal de la biblioteca del Hofburg. Viena está llena de locos. De tipos con cara desencajada que parece que huyen de un cuadro de Grosz. También es moderadamente elegante. Hay cafés, un gran museo (Albertina) y otro más modesto pero con cierto aroma a revancha sionista (el Judío, donde exhiben bastones rematados en forma de cabeza de judío, la bicicleta en la que se desplazaba veloz Theodor Herzl y en cuyo económico restaurante merece la pena comer la ensalada de Cous-cous con remolacha y queso feta).

Hay también una playa junto al Danubio en la que nadan mezclados personas de muchas nacionalidades en paz (hasta que uno de los deformes de Grosz aparece y se baja los pantalones y una cubana le reprocha su ‘kleine banana’). Por cierto, me advirtió también Mario del freudiano olor del metro usado por los vieneses. Llevaba razón: oscilaba entre a genitales y bilis fresco.

Luego está Grinzing, un extinto pueblo anexado a la capital en la que todo parece tan típico que da grima. Te sirven un vino blanco agradable en jarritas absurdas y de comer, claro, trozos de cerdo muerto. Esto me pareció Viena, un lugar que me pintó nada más llegar muy bien un taxista eslovaco al que le parecía ideal que la seguridad social de su país de adopción -35 años ya- no mirara el pasaporte para atender a nadie y que las putas fueran legales. Tal vez, atendiendo al énfasis de su tono, le importara más lo segundo que lo primero.

Próxima entrega: Budapest

Budapest

Buenas tardes desde Kiskunhalas (cerca, confío, de la frontera serbohúngara)

20150817_124145Nos conduce un serbio con un aspecto a medio camino entre el oficial Ramius de Sean Connery en ‘La Caza del octubre rojo’ y Santa Claus. Maneja de forma algo extraña una furgoneta Renault (en las dos horas y media que ya llevamos ha tenido tiempo al volante de: fumar dos veces; aceptar un snack de mi bolsa realizando bruscos movimientos con sus manos y asustando, de paso, a unos operarios; de atender cuatro llamadas y de desacelerar temerariamente en busca -suponemos- de gasolina a buen precio en todas las estaciones de servicio por las que hemos pasado).

Me centro: Budapest. Llegamos a la estación de Kelety y nos encontramos un campamento de tránsito de inmigrantes. Una estampa descorazonadora, que se tornó inquietante cuando en la plaza nos sentimos observados por varios tipos con aspecto mafioso, especialmente dos barrigudos que parecían recién salidos de una comedia muda de Charlot.

20150817_140925Salimos disparados hacia la Budapest real por su subsuelo en la red de metro más antigua (1896) de la Europa continental. Lo húngaro es acogedor, amable, tan decadente como evocador. Ciudad hecha de tres ciudades y de un único río. A su Danubio lo han regado y unido sangre de los tártaros y de los turcos (y, más recientemente, de nazis, comunistas y resistentes de toda casta). En Pest tienen un parlamento levantado de cuando juntaron su reino con el imperio de los austriacos, pero que lo usaron mucho menos que ellos. En Buda, Esteban, rey santo, vigila desde las siete torres de su Bastión de los pescadores. Aman a Bela y a la dinastía Arpad, y a todos los que hicieron que floreciera un burgo al que los viajeros medievales le otorgaron el título de ‘perla en la colina’. Siempre en lucha con unos vecinos codiciosos y expansionistas.

Por eso también odian. Detestan que las flechas negras les hicieran parecer más nazis que los propios nazis. En el Palacio Sándor, una placa homenajea el lugar conde Telecki, que gobernaba en el 41 cuando su ejército aliado a los nazis invadió Yugoslavia, se quitó la vida tras haber perdido su honor

También lo hacen ensalzando y poniendo en valor un barrio judío en el que una espectacular Sinagoga compite en esplendor -qué cosas- con un colosal mural en la calle Rumbach que rememora el 6-3 que la irrepetible selección de Puskas, Kubala, Kocsis y compañía le metió a Inglaterra en Wembley.

Pero casi aborrecen más lo soviético, por tenerlo más fresco. En la avenida que en el XIX dedicaron al pacifista ministro Andrassy -la más elegante de la ciudad y cuyo trazado recto, humano y razonable la diferencian del inabarcable y elitista Ring vienés- tienen un museo a las víctimas del Gulag cuya fachada ilustran los retratos de los represaliados y al que llaman ‘Casa del Terror’. A secas. A crudas.

20150818_093725La gente de aquí y de allí también busca relax en Budapest por sus aguas. Pero en agosto ni por asomo aparece el relax en sus afamadas termas Gellert. La majestuosidad de su decoración neoclásica contrasta con el espantoso caldo de albóndigas humano en el que se convierten sus varias piscinas por culpa de la aglomeración de turistas (alemanes los que más molestan). Asco y grima. Libro de notas: a Gellert no volver. Me habría encantado que Foster Wallace hubiera entrado allí en esta época. Y luego leerle.

Y llueve en Budapest. Demasiado. Y la ciudad se colapsa con extraordinaria rapidez. Los semáforos dejan de ordenar la circulación, internet se enmadeja, los locales se inundan, los comercios dejan de aceptar tarjetas de crédito y hasta el agua corriente pierde fuerza.

Menos mal que para guarecerse y reforzar la memoria (buena) uno se puede tomar un gran pinot noir del país en el café New York, sentirse un espía o una puta, y luego irse al Szimpla a buscar consuelo en un trabant con un palinka cerca de los labios. Son ideas, nada más. Y otra cosa más: el goulash es un estofado de carne nada más, sí… pero nada menos. Hay que probarlo en la colina del castillo aunque claven (tampoco tanto)

Ya cruzamos la frontera a pesar de los desvaríos de nuestro conductor navideño-independentista escocés y de las reticencias de un guardia que insistía en llamarme ‘Gonssales’ tras ver mi pasaporte.

Belgrado a cien kilómetros. A ver qué pasa.

Belgrado

Buenas noches desde algún punto entre Belgrado y Sofía.

20150819_110445Vamos en un tren nocturno. Es la única forma decente de salvar la distancia (casi 500 km.) entre la capital de Serbia y la de Bulgaria. Ocupamos parte de un vagón conformado por tres literas pareadas. Viajamos con una pareja de británicos y otra de catalanes. Huele u olerá a sudor. Alguien con acento mexicano ha alardeado de haber viajado en la India junto a un muerto. Desconozco esa sensación, pero tampoco presupongo el placer de contarlo.

Un vagón de esta clase es como una confederación de repúblicas. Cada cual se agarra a lo que conoce y odia, como puede o sabe, a lo que le es ajeno.

Apunté un chiste de Slavoj Zizek: ‘un político yugoslavo viaja en tren por Alemania y pregunta dónde se encuentra a su guía. Cuando le dicen que en Baden-Baden le responde que no es idiota, que no hace falta que se lo digan dos veces’. El chiste no es gracioso, creo, pero define una de las características de los serbios: el orgullo. Un amor por lo suyo que les hace idolatrar a Gavrilo Princip, el terrorista que mató al Archiduque Francisco Fernando, y dedicarle calles y camisetas con un eslogan: ‘Una cuestión de Princip-ios’.Tito, un dictablando o dictaduro según la óptica, también parece otro objeto de culto. Sólo bajo su férrea mano pudo mantener esta zona del mundo parida para vivir matando una tensa paz. Y luego llegaron los vagones y los nacionalismos. Y la religión excusó la muerte (algo propio de su sinsentido).

20150819_162140La gente que sabe lo que es la muerte aprecia más la vida, por eso parece que los serbios -bombardeados y señalados hace nada por la hipocresía occidental- se toman lo cotidiano como un premio.

Son cultos -en Knez Mihailova, su principal calle comercial, conté más de quince librerías-, ríen como mediterráneos, aprecian la cultura del deporte como en ningún otra latitud (el Partizán tiene una cancha junto a Kalemegdan, su gran fortaleza, y allí mismo se puede entrenar al tenis) y sus mujeres aprovechan cada palmo de sus muchos centímetros para sacarse un partido exquisito.

Belgrado merece un paseo leyendo la historia de los Balcanes de Mark Mazower. Y una reflexión sobre cómo el país con más sabor europeo de la zona siente tanta animadversión hacia la eurozona. A toda no. Los españoles somos recibidos con sonrisas. Entre otras cosas, porque no aceptamos con buen criterio en su día que les quitaran por la cara Kosovo, una región que sienten tan suya como para los castellanos Burgos.

20150818_225121No. No hay guerra sino sol por las calles de Belgrado. No la hay en su pequeño Mont Martre de Skadarlija donde los músicos amenizan las digestiones de las Prebanac (judías tostadas) y los kehvapcici (unas salchichas finas y picantes). Ni en su inacabada San Sava, ni incluso en el hagiográfico museo dedicado a honrar a Tito junto a su tumba. Ni en el pequeño Maracaná del botellazo a Juanito. Ni siquiera en su atestada, siniestra y descuidada estación de tren donde orinar entre heces y hedor cuesta 200 dinares o un euro (y una charla con unos bangladesíes culés).

Si venís buscando guerra a Belgrado, no la encontraréis en esta tierra. Pero para todo lo demás, me ha resultado una de las ciudades más evocadoras de esa Europa que la odia e ignora como en su día ignoró al genial Nikola Tesla, también hijo de Serbia. ‘¿Qué valdrá Serbia si matan a todos los serbios?’, fue lo que reflexionó Karagjorgje, el líder de los notables rebelde ante el sultán turco. Y por eso se quedó y lucho (luego, cosas que pasan, otro notable antagónico y patriota -Milos Obrenovic- le envío su cabeza cortadita al Sultán como regalo).

Se hizo la calma en la República independiente de mi vagón 80. Voy a intentar leer. O a escuchar al fantasma mexicano. O a pensar en Sofía. Mañana os digo.

Sofía

Buenos días desde Córdoba

Tras once horas de cha-ca-chá del tren (nos contaron, no sé si creerlo, que las máquinas tiraban más rápido antes de la Guerra mundial que ahora), las ganas de descubrir Sofía competían con las de echarse la siesta del cordero. Ganó, con cuórum a lo búlgaro claro, lo de tomar contacto con la capital aunque fuera bajo la lluvia y con las maletas.

20150820_165609Accedimos por la puerta de los leones. Allí descubrimos la importante influencia que dejaron los romanos en la que fuera la capital de una de sus regiones de la Dacia. Serdica, tal era el nombre de la ciudad en aquellos tiempos, fue la favorita secreta de Constantino –únicamente por motivos estratégicos le dio prevalencia a Constantinópolis, su propia urbe- y también la de Galerio. Muchos cristianos tal vez desconozcan que fue Galerio, y aquí mismo quien convirtió su fe en “religio licita”. Por eso aquí empezó antes que en otras latitudes la construcción de templos paleocristianos. La Basílica de Santa Sofía –que aún se puede visitar- es la que da el nombre actual de una ciudad a la que los eslavos llamaron Sredets. Paseé por sus catacumbas, que fueron lugar de enterramiento de mártires y obispos, mientras en la superficie celebraban un sentido funeral. En realidad todo en los ritos ortodoxos parece muy sentido. Asistimos también a un bautizo en el mismo lugar y nos regalaron unos bombones. Vida y muerte en dos días.

20150820_175044Santa Sofía es antigua, pero aún lo es más San Jorge. Una construcción oculta, enterrada entre modernos bloques ministeriales y rodeada de ruinas de la antigua Serdica entre las que el turista puede viajar confundido entre los sacerdotes y los fieles sin ningún tipo de restricción. También tapada a la vista (vamos, dentro de una estación de metro) está Santa Petka, iglesia medieval que cumplía el requisito que los ocupantes otomanos pusieron a los cristianos de sus territorios europeos, que sus iglesias no fueran más altas que un hombre a caballo. Uno queda satisfecho tras ver ambas construcciones, y termina de hacerse una idea de lo que fueron Serdica y Sredets tras pasear por el poco publicitado pero magnífico Museo arqueológico. Sus tesoros no tienen nada que envidiar a los de otras capitales europeas más afamadas.

Los búlgaros vivieron muchos siglos sin saber quiénes fueron. Tan cerca estaban de Constantinopla, luego Estambul, que durante mucho tiempo –así lo cuenta Mark Mazower en su magna obra- preferían decir que eran griegos. Cuando los intelectuales se empezaron a poner farrucos ante los bajás, al sultán de turno le bastaba con enviar a sus basi-bazoucs (mercenarios cuya traducción significa ‘sin cabeza’ a los que citaba Haddock cuando se enfadaba) desde Albania a matar rebeldes y violar a sus mujeres.

20150821_101021Así estuvieron hasta que la Sublime Puerta empezó a decaer. Entonces, un ministro británico, William Edward Gladstone empezó a darle voz en Europa a lo que se vino a llamar como “horrores búlgaros” y luego Alejandro II vio rentable lo de ‘liberarles’. Por eso hay una calle Gladstone en Sofía y una majestuosa catedral que merece un aparte.

Opinión personal: de todas las construcciones que he visto durante esta semana la Catedral de San Alejandro Nevski me ha resultado la más impresionante. No sé si por su majestuosidad, por el brillo de sus cúpulas neobizantinas o al saber que está erigida por –o sobre- la sangre de cerca de 200.000 soldados rusos. Es un trozo de San Petesburgo en el sur (en realidad, no. Es terriblemente injusto quitarle su propia personalidad).

La Nevski se marca el comienzo de la historia de la Bulgaria moderna. Un relato que alcanza su apogeo en la conocida como la Bulgaria de San Stéfano (por el tratado que le dio unas generosas fronteras que luego fueron recortadas). No obstante, el patriotismo búlgaro es tan reciente que un historiador llamado Livanios relata una reflexión de una familia de campesinos macedonia de principios de siglo XX: “Nuestros padres eran griegos y ninguno mencionaba a los búlgaros. Nos convertimos en búlgaros, vencimos. Si tenemos que ser serbios, no hay problema. Pero de momento es mejor que seamos búlgaros”. Tal vez esto explique un poco que los Balcanes sean conocidos como el avispero que sacude Europa de tanto en cuanto.

20150821_103243En Sofía se quiere a Boris III, su rey durante la Segunda Guerra Mundial. Fue capaz de, haciendo encaje de bolillos, parecer aliado de Hitler y de paso evitar la deportación de judíos a su exterminio. De eso y de decirle a Mussolini en su primer encuentro que “una dictadura, un régimen totalitario, solo puede ser transitoria. Recuerde las palabras de Bismarck: se puede hacer de todo con las bayonetas, excepto sentarse encima. Lo admiraré mucho más si se va, cuando sea necesario, y vuelve la legalidad”. Incluso fue capaz de conciliar su originaria fe católica con la ortodoxa de sus súbditos. Con ese carácter brillante y valiente no resulta extraña que por un lado le excomulgaran y por otro le envenenaran (eso no está corroborado por la historia, pero resulta singular que falleciera de un supuesto ataque al corazón nueve días después de darle nones a Hitler en el enésimo intento del dictador loco de convencerle de atacar a los rusos. Blanco y en botella). Boris recibe su homenaje en uno de los laterales de Santa Sofía, en el otro está la llama al soldado desconocido.

De la Sofía comunista queda un parque deslavazado y un enorme (y no fue bonito) Palacio de Congresos. Por cierto, la avenida Vitosha resulta –al menos a mí me lo resultó- bastante convencional, con poca chicha. Resultan mucho más interesantes las callejuelas adyacentes. En una de ellas –Hristo Belchov- se encuentra Izvite, un restaurante que me recomendó mi amiga Martina Dragomirova y en el que casi reventamos tras tomar un surtido de deliciosos quesos y un plato llamado Unashki Sach que combina pollo, champiñones, salami y bacon sobre un fondo aceitoso como de perol. Espectacular. A los postres, un chupito de rakia con hielo. También me aconsejó Martina la terraza del Hotel Sense. Y allí probamos sus cócteles –uno con rakia y vino tinto- mientras disfrutábamos que la vista de la bella desconocida. Y eso que allí no conocía nada de la vida y obra del artista nacional búlgaro, Ivan Vazov, que dejó escrito –profético- al comienzo del XX que “en nuevo siglo entramos, pero no en días nuevos/penden irresolutos aún siniestros problemas, gobiernan injusticias y males sempiternos y caóticas resuenan las cadenas”. Es la historia de este país. Y un poco también la historia de nosotros mismos.

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