Higuita, el loco del balón

De todos los locos que han jugado al fútbol, Higuita fue –es- uno de los mejores. René Higuita (Medellín, 1966) nunca fue realmente dueño de su vida, pero disfrutó muchísimo de las vueltas de su destino.

Nació pobre y sin padre (a los siete años también perdió a su madre) y mientras repartía periódicos para ayudar a su abuela Ana Felisa, comenzó a jugar al fútbol. Era delantero, el goleador del equipo de su escuela hasta que justo el día que llegaron los ojeadores de Independiente de Medellín a buscar jóvenes promesas para su cantera, se les lesionó su portero. Higuita se puso los guantes y nunca más se los quitó.

René Higuita en el instante en el que su Atlético Nacional se proclama campeón de la Libertadores

René Higuita en el instante en el que su Atlético Nacional se proclama campeón de la Libertadores

De sus orígenes como atacante le quedó su gusto por salir de su arco. Era el no-portero, como cuando en una pachanga a uno “le toca” durante un tramo del encuentro guardar sus redes sin tener ninguna gana. Pero René era buenísimo en lo suyo. Comenzó en Millonarios de Bogotá aprendiendo el oficio del argentino Vivalda (al que llamaban “Loco”). Se fija en sus cualidades el narco Pablo Escobar, que lo ficha para su ambicioso proyecto con el Atlético Nacional de Medellín en 1986. Ambos se hicieron, con el tiempo, íntimos amigos.

Cromo de Panini para el Mundial de Italia´90 de Higuita

Cromo de Panini para el Mundial de Italia´90 de Higuita

Con el Nacional vive Higuita su gloria deportiva. En ese año 86 su concurso deviene fundamental para que los verdolagas se alcen con la primera Libertadores de la historia del fútbol colombiano. En la final ante Olimpia de Asunción frustra hasta cuatro lanzamientos de los paraguayos, y anota otro para los suyos de fuerte derechazo. Porque ésa era otra, Higuita –recordemos: delantero al que la suerte le ancló en su propia portería- tenía un formidable golpeo de balón. Una de las mejores faltas de la historia la anotó él en un partido ante River Plate. Al argentino rival, Goycoechea, le faltó aplaudir.

Sus actuaciones también fueron claves para que Colombia volviera a un Mundial 28 años después. Un gol de Palomo Usuriaga –el ex del Málaga al que un sicario asesinó en 2004- en la repesca ante Israel selló el pasaporte para una generación mítica –Valderrama, Leonel Álvarez, Redín, Perea…-. Higuita echó el cerrojo en Tel-Aviv para mantener el 0-0 y ya en Italia’90 –a pesar de que se le recuerde por la cantada ante el camerunés Milla en octavos- cuajó grandes partidos ante Alemania –antológico un sombrero que le colocó a Rudi Völler en una de sus salidas- y Yugoslavia, a la que le paró un penalti, otra de sus especialidades.

Milla se dispone a marcar después de robarle la pelota a Higuita en los octavos de Italia'90

Milla se dispone a marcar después de robarle la pelota a Higuita en los octavos de Italia’90

Tras superar el asesinato de su primera esposa, en el 92, ya maduro y consagrado internacionalmente, llega de la mano de Pancho Maturana, Valderrama y Leonel Álvarez al Real Valladolid. Pero la mentalidad española no estaba preparada para él o él no estaba por la sobriedad castellana. El caso es que en las revistas especializadas se organizan debates sobre su idoneidad o no como guardameta. Hasta colegas sobrios le defienden –desde Cedrún hasta Busquets-, pero la afición de Pucela le señala y termina retornando a su país.

Desde entonces siguió acumulando acciones imposibles. Desde su célebre (e incomprensible) autogol ante Brasil en la Copa América del 95 hasta el histórico despeje de escorpión en un Wembley abarrotado a centro de Redknapp ante la selección inglesa unos meses después. Por cierto, su célebre desvío lo inventó grabando una campaña publicitaria para la marca de refrescos “Frutiño”. Nunca pensó que lo podría poner en práctica.

Higuita pasó por la cárcel, pero lo hizo como chivo expiatorio de la política contra los cárteles de la droga colombianos. Su delito fue tratar de mediar en un secuestro y cobrar 50.000 dólares por ello. Esos meses de presidio le hicieron perderse el Mundial del 94. Como cuenta Petón en su libro “El fútbol tiene música”, aunque el estado colombiano le indemnizó por aquello, “nadie le devolverá lo que no jugó”.

Valderrama, Higuita y Leonel Álvarez junto a Maturana en el mítico Valladolid de la 91-92

Valderrama, Higuita y Leonel Álvarez junto a Maturana en el mítico Valladolid de la 91-92

Al final de su carrera deportiva, más vedette que futbolista ya, pasó por el Gran Hermano colombiano, participó en un reality en el que le cambiaron la cara (ahora sólo se le reconoce por la voz y el inconfundible pelo a lo cantante de “Medina Azahara”), entrenó a los porteros del Al-Nassr árabe y terminó ascendiendo al club de su corazón, el Deportivo Pereira, con 42 tacos.

Higuita los tuvo bien puestos siempre. Loco, o no, fue un adelantado a su tiempo en la concepción del portero como un jugador más de campo. Además, el adorno –en su caso no exento de utilidad- nunca lo utilizaba como forma de humillar al rival sino para dar espectáculo. Como reivindicación de que él, aunque portero, no se sentía del todo como tal.

Su lección vital –ser como uno quiera ser a pesar de las circunstancias- la dejó expuesta en una entrevista para el diario El Comercio de hace unos días.

-“¿Se arrepiente de algo de lo que hizo?”

-“No, uno con lo que ha vivido, después de que pasan las cosas, ¿de qué se va a arrepentir? Lo hecho, hecho está. Hice lo que quería hacer. Unas veces me tocó ganar y otras perder”.

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