Un cuento: La búsqueda de Orfeo

Orfeo miró el intermitente reloj electrónico que colgaba de una pared. Las diez menos veinte de la noche. Apenas habían pasado tres minutos desde la última vez que lo había consultado. Por aquella amplia avenida los caminantes se cruzaban entre aparente indiferencia y desorden. Las luces artificiales, titilantes, se reflejaban en las lunas de los vehículos, en los escaparates y en los charcos. Todo brillaba y, desde determinados ángulos, un tímido arco iris antinatural, como de hojalata, parecía abrírsele ante sus ojos.

Se sentía indefenso. Nadaba en lugar de caminar entre aquella marea de autómatas tratando de buscarle un sentido a su aleatoria danza. Intentaba reparar en detalles que realzaran su condición de individuos. Atendió a sus rostros sin discreción. Los había quienes ocultaban su mirada detrás de unas opacas gafas negras; otros escondían sus bocas con pañuelos de tejidos aparentemente agradables; los más jóvenes guardaban su cuero cabelludo en gorras de material sintético mientras que algunos tapaban sus oídos con trozos de goma unidos por unos hilos que parecían transmitir algo. Acaso, pensó, temían que sus miradas, sus voces, sus pensamientos o sus recuerdos se escaparan por algún conducto inadecuado o no filtrado por el tamiz de la corrección.

Los pocos rostros desnudos se le mostraban a Orfeo yermos de sentimientos. Miró el de un joven rechoncho, desfigurado por los granos y con las comisuras de los labios manchadas por el marrón oscuro de algún tipo de pastel que portaba en una de sus manos. En la otra, un artefacto también brillante –todo refulgía- que parecía dominar sus movimientos y sus actos. Cuando la máquina emitía un determinado sonido o adoptaba un color prefijado, el niño parecía sufrir un dolor moral. De cuando en cuando, sin mirarlo siquiera, se llevaba el pastel de su otra mano a la boca sin quitarse los trozos que acumulaba en sus labios. Y todo sin detenerse en ningún momento, demostrando una enorme destreza para evitar los obstáculos que se reproducían en su vía.

El joven sometido se cruzó en su deambular con otro caballero de rostro parcialmente desnudo. Usaba un artilugio similar al del niño que sujetaba junto a su oreja. Hablaba consigo mismo a través de ese aparato. A Orfeo le parecía, por los gestos que realizaba con la mano que le quedaba libre, que estaba enfadado, aunque a veces su gesto pasaba de la ira al entusiasmo en apenas unos segundos. Le resultaba gracioso y triste al mismo tiempo. Daba la sensación de que estaba confesándose con alguien como él o incluso con él mismo mientras pisaba fuerte, muy fuerte, por el duro suelo de aquella ancha avenida. Estuvo un rato buscando en el caballero. En sus facciones severas. En cada ángulo de su rostro. Entre su pelo bien cuidado. Le hubiera gustado acercarse más para olerle. Parecía oler bien. Cuando se dio cuenta de que estaba siendo observado por Orfeo, apretó el paso y se hundió entre la multitud.

Entonces, delante de los enrojecidos ojos de Orfeo se presentó una mujer de mediana edad que pretendía no parecerlo. Exhibía una melena blonda que debía ser blanca; y un cutis estirado como piel para tambor. Lo que debían ser un nido de arrugas era un mar en calma. También parecía oler bien, como a santidad corrupta. Olía a todas las cosas que nunca terminan de ser puesto que perecen prematuramente diluyéndose en la sociedad. Orfeo escrutó en ella, intentando encontrar eso que tanto anhelaba. En el corte impecable de su traje de chaqueta. En sus complementos a juego. En su imponente belleza conservada en formol. Pero le distraía el tramo que separaba el suelo de su talón, un camino de piel y madera confeccionado a propósito para evitar que se contagiara de la realidad; para que dispusiera de unos centímetros de ventaja sobre el resto y así, egregia, pudiera mirarlos por encima del hombro, apuntalando así las normas de la evolución que ella misma habría creado.

Orfeo se empezó a sentir realmente mal. Desconcertado, comenzó a buscar el camino de vuelta a su casa entre rutas que se cruzaban y se entrecruzaban. Miraba números y leía nombres de posibles rutas a elegir, pero ninguna le indicaba claramente cómo llegar a algo parecido a su hogar. Entró en una tienda. La más grande y la que más brillaba. Buscó alguna señal que le hiciera albergar esperanzas entre los miles de objetos de toda índole y condición que se mostraban en las vitrinas, pero las miradas inquisitivas de las mujeres que regentaban esa tienda, que marcaban con celo –como si fuera suyo el local- su demarcación territorial en cada palmo, le hizo desistir de solicitar ayuda.

Salió a la calle sintiéndose observado. Un hombre vestido con un uniforme negro comenzó a seguirle. Dado que Orfeo no era veloz y tampoco sabía correr bien, fue alcanzado rápidamente. El hombre de uniforme le pidió que se detuviera y empezó a realizarle toda serie de preguntas que Orfeo no era capaz de responder. Mientras le hablaba, observó la chapa prendida en su camisa. Se obnubiló con ese brillo que, siendo parecido al del resto de cosas que le rodeaban, parecía diferente. Como si tuviera más peso. Más autoridad. El uniformado se desesperaba al no recibir respuestas adecuadas y comenzó a zarandear a Orfeo, que se asustó aún más y se zafó para acurrucarse en una esquina. Ante su actitud, el uniformado comenzó a hablar solo a  un artefacto negro mientras apretaba con firmeza un aparato duro que tenía amarrado a su cintura.

orpheusOrfeo no tenía un reloj que mirar, pero calculó que apenas habían pasado cinco minutos cuando entre grandes estruendos un y alaridos de sirena, un vehículo blanco acudió al lugar donde se encontraban él y el uniformado. De su interior salieron dos hombres fuertes también vestidos de blanco. Sus gestos le parecieron amables a Orfeo, que dejó de acurrucarse y trató de agradecérselos con una media sonrisa. También éstos le preguntaban cosas que Orfeo no era capaz de comprender, pero el tono –muy diferente del hombre del uniforme negro, que contemplaba la escena refunfuñando a cierta distancia- le resultaba mucho más tranquilizador.

Los hombres de blanco condujeron a Orfeo hasta el interior del vehículo, que también era de un blanco impoluto. A Orfeo le maravilló la cantidad de objetos extraños que se amontonaban en tan poco espacio. Entre los dos hombres tumbaron a Orfeo en una cama no muy cómoda y le amarraron por los brazos. Uno de ellos sacó de uno de los cajones una aguja grande. Orfeo también reparó en cómo brillaba su punta fría con la luz blanca e intensa que imperaba en el interior de un vehículo que ya se encontraba en movimiento. Hablándole de cosas que seguía sin comprender, el hombre de blanco consiguió distraer a Orfeo para clavarle lentamente la aguja en su brazo. Orfeo sintió primero como un mar de fuego caminando por dentro de su carne y luego como si una lengua de hielo le diera un lametazo en el cuello y por toda la espalda.

Poco a poco, el miedo, el pavor y el desconcierto inicial fueron dando paso a una calma casi absoluta. Sin quererlo, Orfeo sonreía en la incómoda cama escoltado por el hombre de blanco, que seguía tratando de darle conversación sin obtener resultado.

Después de un trayecto vertiginoso, el vehículo se detuvo delante de un edificio grande y también blanco. A Orfeo le sacaron en la cama, que tenía ruedas –algo que le divirtió- y le transportaron directamente a una habitación donde se desataron y le quitaron sus ropajes, dándole a cambio una especie de bata verde muy fina y fresca. Después, otro hombre de blanco le obligó a tomarse una pastilla con un vaso de agua.

El hombre de blanco le señaló el reloj de su muñeca como haciéndole ver a Orfeo que era tarde y debía dormir, luego se encaminaba hacia una pared para darle a un interruptor cuando Orfeo comenzó a hacerle torpes gestos como llamando su atención. El hombre de blanco, intrigado, se acercó a la cama donde yacía Orfeo, quien le dijo en tono muy quedo:

-¿Crees que Padre me habrá perdonado ya? ¿Crees que volverá a ponerle puerta a mi habitación?

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