Algo de historia: el español más corrupto de todos los tiempos, Fernando VII, el rey Felón

“Con nosotros no habrá borrón y cuenta nueva. La gente tiene que cumplir sus obligaciones. Gente que hace trampas seguro que la hay”. Esa frase de Rodrigo Rato –pronunciada en marzo de 2004- recuerda bastante a una del, a juicio de la mayoría de historiadores, gobernante más podrido de la historia de España. Fernando VII dijo aquello de: “Marchemos francamente, y Yo el primero, por la senda constitucional” en 1820 después del levantamiento de Riego. Tres años después, el monarca avalaría otra insurrección de signo contrario para imponer el absolutismo con el que siempre se sintió feliz.

Fernando VII, una joyita borbónica

Fernando VII, una joyita borbónica

Definió con precisión a Fernando VII Pedro Voltes en su Disparates Regios: “Siempre estuvo incómodo e inseguro en la compañía de las personas solventes y se sintió, en cambio, feliz entre mastuerzos, confidentes, truhanes y golfas”. Fue un infante malcriado. Noveno de catorce hermanos. Creció educado por religiosos corruptos –especialmente un tal Escóiquiz- y odiando al Ministro Godoy, amante de su madre María Luisa–Carlos IV resultó un bobo consumado aparte de cornudo-.

Mientras se hacía mayor iba ganando en fealdad –prognatismo y cara de tonto– y mezquindad. Se casó cuatro veces y a sus respectivas esposas las iba reventando por dentro. Pero literalmente: aún se estudia si el desproporcionado tamaño del miembro del monarca –sufría macrosomía genital debido a la impureza de su sangre después de tanta endogamia en su familia- pudo haber sido la causa de sus muertes por daños internos. Merimée dijo que su miembro era tan gordo como un puño cerrado, así que para copular utilizaba un cojín con un agujero en el centro que le habían diseñado. También era falón aparte de felón.

Fernando VII, Carlos IV y Napoleón jugándose en Bayona la soberanía nacional a los chinos o al tute cabrón

Fernando VII, Carlos IV y Napoleón jugándose en Bayona la soberanía nacional a los chinos o al tute cabrón

Pero no fue su aspecto lo peor. Fernando VII traicionó a sus asesores, a su progenitor y, sobre todo, a su pueblo. Después de intentar derrocar a Carlos IV en El Escorial en 1806 lo logró tras el motín de Aranjuez un año más tarde sin saber que la corona iba a acabar en manos de Napoleón. Tras la primera intentona fallida pidió perdón por escrito a sus padres delatando a sus cómplices. Luego solicitó de manera miserable la mano de su hija al Emperador galo, que se mofó de él y colocó en el trono a José I.

Después de las abdicaciones de Bayona, asistió como preso de lujo en la cárcel de oro del castillo de Valençay a la luego conocida como Guerra de la Independencia. Y mientras los españoles morían invocándole –fue llamado El Deseado por tal motivo- en su lucha con los invasores, él sigue recibiendo clases de baile y música y organizando sus ‘Te Deum’ por cada victoria del Emperador o por las venturas de los vástagos del corso.

El General Riego, quien consiguió doblegar temporalmente al tirano

El General Riego, quien consiguió doblegar temporalmente al tirano

Las Cortes de Cádiz – ¡qué oportunidad perdida!- le mantienen en el trono y tras la derrota de Napoleón regresa triunfante para considerar a la Constitución del 12 “como si no hubiesen pasado jamás tales actos”. Seis años de absolutismo (14-20) en los que, entre otras tropelías, desterró a luchadores por la libertad como El Empecinado (al que luego ejecutaría).

La revolución de Riego le obliga –otro de sus rasgos era la cobardía- a expresar la frase del comienzo y a terminar –entre otras cosas- con la Inquisición, pero tras apelar a la Santa Alianza y a sus Cien Mil Hijos de San Luis vuelve a campar por sus anchas durante los diez últimos años de su vida (1823-1833). Durante esa década tiene como aficiones matar liberales, prohibir todo indicio de progreso y jugar al billar con su cuadrilla de imbéciles chupópteros que le ponían las carambolas a huevo (de ahí la frase de “ponérselas como a Fernando VII”).

Cometió mil tropelías, la más anecdótica y nimia fue la de forzar que le tocara la lotería (esto nos suena), y terminó regalando al país –gracias a la Pragmática Sanción de 1830- todas las guerras carlistas del siglo XIX tras colocar en el trono a su hija Isabel (otra prenda) en lugar de a su hermano Carlos María Isidro (que vivía con la mente en otros siglos y era aún más rancio).

Una joya el caballero. Hoy sigue rigiendo en España un sucesor suyo. ¿Cabe decir algo bueno del Rey Felón? Sí, que permitió pintar a Goya –quien nunca le tragó- y que bajo su mandato se inauguró el Museo del Prado.

Éste es el retrato del rey al que los españoles llamaron El Deseado. Luego pasan cosas como las de Rato. Y nos extrañamos. Lo llevamos en la sangre. “Un pueblo que ha soportado a reyes como estos tiene alma de esclavo”. Palabra de Napoleón.

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