La batalla más absurda de la historia: Karánsebes, 1788

De entre todos los conflictos bélicos de la historia, tal vez la batalla más absurda fue la de Karánsebes. El episodio, tragicómico como leeréis, se enmarca dentro de la guerra entre el Imperio austriaco de José II y los otomanos del sultán Selim III.

Recreación romántica de la batalla. Tuvo que ser menos heróica

Recreación romántica de la batalla. Tuvo que ser menos heroica

La disputa era muy impopular en Austria, porque nació de una alianza personal del emperador con la zarina Catalina la Grande y también porque, a la larga, apenas reportó beneficios para el estado centroeuropeo.

Así se pueden entender las pocas ganas con las que el ejército de cien mil soldados del Sacro Imperio se dirigió en septiembre de 1788 a la plaza fronteriza de Karánsebes. Además, aquella tropa era una amalgama de nacionalidades, por las vastas posesiones de José II. Había italianos, húngaros, croatas, serbios… de hecho, eran minoría los germanoparlantes.

El 17 de septiembre una avanzadilla de expedicionarios a caballo (húsares) se adelantó a buscar la posición del enemigo turco, pero en su camino lo que encontró fue a un grupo de comerciantes gitanos que despachaban licor. Demostrando las muchas ganas de batallar que tenían, los jinetes desmontaron, compraron todo el aguardiente y allí mismo montaron una improvisada y desenfrenada orgía báquica.

Al sentir su ausencia durante horas, un destacamento de infantería acudió a socorrerles y, al verles en un estado ya absolutamente lamentable les reprendieron… por no haberles guardado ningún barril de aguardiente.

Unos por estar ya como cubas y los otros por querer estarlo comenzaron una trifulca tabernaria –sin taberna- a puñetazos. Un soldado, sin duda con buena fe, disparó al aire para poner paz… consiguiendo que el resto pensara que se trataba de un francotirador enemigo. Para colmo, llegó el resto del ejército imperial, que no entendía nada y se pensaba que sus compañeros de armas estaban siendo atacados, lanzándose a galope.

El aguardiente, causa y solución de todos los males del mundo, para algunos

El aguardiente, causa y solución de todos los males del mundo, para algunos

Alguien en mitad del caos alarmó sobre un ataque de los turcos y otros –los alemanes- chillaban “Halt! (alto)”. Ese Halt fue confundido con una invocación a Allah por todos los que no entendían la lengua de Goethe, así que –entre el alcohol y la furia- ya no veían más que rivales por todas partes. Como colofón, la artillería dio por hecho que ya había comenzado la esperada batalla y comenzó a martillear el campo con sus cañones sin distinguir entre tirios y troyanos (en este caso entre austriacos y austriacos).

No se sabe quién le puso el cascabel al gato y se dio cuenta de que se estaban matando entre ellos mismos, pero lo hizo tarde. Las horas de absurda batalla dejaron sobre aquella explanada de Karánsebes cerca de nueve mil cadáveres que los turcos, dos días después, contemplaron estupefactos. Fue, sin duda, la batalla más absurda de la historia. Por no hablar de la resaca que tendrían los supervivientes…

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