El santo Job, el Castillo y la burocracia

Mi tiempo no es oro. Al menos, no es más valioso que el de cualquier otro ciudadano. Pero odio desde lo más profundo de mis entrañas la burocracia. Ese entramado de montañas de papel inescrutable e inaccesible que retrató Kafka en El Castillo y El Proceso. Trabas. Sólo trabas.

Debía realizar dos gestiones aparentemente sencillas el viernes pasado. Una en Hacienda y la otra en la Seguridad Social (de aquí en adelante, SS – toma ya-). De hecho, para hacer la segunda debía completar la primera (algo de lo que tuve constancia después de haber intentado saltarme, ¡ay ingenuo de mí!, el primer escalón).

El número trece, el de la mala suerte. Me tocó.

El número trece, el de la mala suerte. Me tocó.

Concerté una cita previa a las 10:30. Llegué a la máquina y saqué mi número de turno. E-13. Listo para las 10:50. Tenía ya relleno lo poco que debía rellenar de una serie de folios grapados –esa es otra: ¡qué cantidad de papel desperdiciado en estos asuntos!- así que me senté en una sala de espera con aspecto de nueva.

Con las piernas cruzadas me dieron las once. Y las once y media. Me extrañé. Más cuando comprobé que del E-012 saltaron al E-014. Así que me acerqué a uno de los dos funcionarios que estaban ubicados junto a la sala de espera. El caballero, sin mover un dedo, me dijo que no debía sorprenderme, pues muchas veces el turno puede demorarse ese tiempo, todo en función del orden de llegada. Claro, me sorprendió, porque se supone que ya desde los tiempos babilónicos el turno trece precede al catorce y ha de esperar a que termine el doce. No le quise exponer este trabalenguas tan de parvulario al irresoluto gestor y decidí tirar de un último resquicio de paciencia.

Doce. Doce y cuarto. No pude más. Volví a buscar al barbudo funcionario (lo mismo carecía de barba cuando le sentaron allí) y ya sí le pareció exagerado el tiempo de espera. Así que, aleluya, por fin decidió teclear en su ordenador para buscar mi E-13.

-Pues es que no existe.

No soy muy alto precisamente y mi tiempo no es muy valioso… pero aún creo que existo. Así se lo hice saber constatando mi propia naturaleza humana y corpórea antes de enseñarle mi ya arrugado ticket: E-13.

-Ah, pues sí. Pues es que llevo apenas dos semanas aquí y todavía no sé mucho de esto. ¿Por qué no le consulta a mi compañera?

Con la cara ya vuelta del revés, me acerqué a la mesa aledaña. Allí, una señora efectivamente más resuelta, volvió a teclear “E-13”.

-Qué raro.

Pensé que efectivamente estaba dejando de existir. O eso o que mi propia naturaleza era tan insignificante para la burocracia que carecía de importancia (Ojalá). Acto seguido, el ruego de la mujer me hizo despertar de mi sueño. Me pidió el número de identidad y, milagro, mi nombre y mi número regresaron. Al parecer, según me explicaron todo había obedecido a un error informático.

-Sí que has tenido paciencia, ¿eh?

No quise colegir ironía en las palabras de la funcionaria, regresé a mi sala de espera –que ya consideraba casi mía por usucapión- con otro número de espera: E-22. Un número que, esta vez, sí me trajo la lotería de la prontitud. Apenas diez minutos más aguardé. Eran las 12:35.

La gestión, una vez sentado con la responsable de mi asunto duró apenas cinco minutos. Dos horas de espera para cinco minutos. No obstante, lo mejor llegó cuando me dirigí a la SS. Allí, tras una espera considerablemente menor de tiempo, la mujer que debía dar la conformidad a unos y otros papeles (los suyos y los de Hacienda) me dijo que había un problema. Que faltaba un dato y un sello.

-¿Y no lo puedo escribir yo mismo? A fin de cuentas…es sobre mi situación personal.

El tono casi de ruego debió conmover durante unos segundos a mi interlocutora… Unos segundos insuficientes a los postres, porque todo lo que hizo por mí fue escribirme a lápiz el espacio que debía rellenar y el lugar donde debía estampar el sello Hacienda.

Desalmado y por la puerta de atrás (literal, porque iban a cerrar la oficina de la SS) abandoné toda esperanza de resolver ese trámite tan nimio ese viernes.

Toda una mañana perdida de vida. En mi caso, no es un drama para la economía, pero… cuánto ímpetu y cuánta energía consume la burocracia. Votaría a cualquier partido que me prometiera recortar o eliminar los farragosos trámites con el Estado (todos lo son, de cualquier naturaleza e índole y por mucha cita previa que se concierte).

Mañana tengo otra cita en Hacienda por el mismo asunto. Cruzad los dedos por mí… o ponedle una vela al santo Job a mi salud.

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