Me han explicado estos días en Perú que los incas creían que se amaba con el cerebro y no, como suponían los antiguos egipcios, con el corazón. Por eso a sus momias las eternizaban sin sacarles su materia gris.
Nuestros cerebros y corazones despertaron el 19 de julio de 2026 en un hotel en mitad del Valle Sagrado a las cinco de la mañana. En nueve horas España iba a jugar la final del Mundial. Calzoncillos verdes de la suerte y unos calcetines del Córdoba. Camiseta roja después. Es falsa, dicen los de Adidas, pero para mí es auténtica porque desde que la compré España siempre ganó. En la recepción suena «Mi soledad y yo» de Alejandro Sanz. En días clave el aficionado busca augurios donde apenas hay meras casualidades para agarrarse a la cordura.
Una furgoneta nos lleva a la estación de Ollantaytambo. Hace frío y la bandera rojigualda con Naranjito de escudo actúa como bufanda. En la semifinal que soñé sufriendo porque no había wifi en el avión fue mi manta. Cuando un tripulante me desveló el marcador ya casi aterrizando en Lima una aficionada belga septuagenaria me dio la enhorabuena al comprobar mi euforia: «Y eso que nos ganásteis», me dijo. Hoy no espero palmaditas en la espalda. En la final de un Mundial la Gloria se escribe en mayúsculas y en la derrota, aunque sea digna, no cabe consuelo.

Para subir a Macchu Picchu hay que tomar un tren lento y luminoso. Son las ocho de la mañana y ya llevo dos cafés. Me doy cuenta mientras me acomodo en el asiento de que el gorro de lana del Cienciano que compré en el Inca Garcilaso durante el partido contra el Melgar es de color rojo y que, sobre el escudo, tiene bordadas dos estrellas. Uno de los jugadores del Melgar, cuya plantilla se alojaba en nuestro hotel, me dijo convencido al darles la enhorabuena por el 1-3 que íbamos a ganar. La casualidad. El augurio de nuevo.
El chachachá del coche en el que viajamos me haría dormir cualquier otro día. No hoy. Pienso en España. En mis padres que serán futboleros por dos horas y pico. En mi hija que cumplirá su tradición de retratar a Naranjito sonriente (pase lo que pase). En mis suegros que la cuidarán con cariño infinito. En mis amigos que se juntarán -o no- para vivirlo. Eso es España para mí cuando estás lejos.

Me meto en Twitter para palpar el ambiente. Me salgo. Me vuelvo a meter. Escribo. Borro. Vuelvo a escribir. He calculado que el partido lo podré ver almorzando en Aguas Calientes. Tuvimos que cambiar el billete de vuelta, previsto para las cuatro, a las cinco y media de la tarde. Mientras surcamos imponentes desfiladeros siguiendo el cauce del Urubamba compruebo que el wifi va y viene y calculo las posibilidades de poder seguir in extremis una resolución por penaltis. Leo a Villoro a ratos sobre fútbol y pasión. Escribe que cuando el ser humano descubre que ha de morir es cuando inventa un talismán mágico para garantizar que los héroes sean posibles y que lo fugitivo dure. Ese talismán es la pelota.
Llegamos a la bulliciosa Aguas Calientes, que es un pequeño núcleo lanzadera hacia Macchu Picchu. Somos ocho los expedicionarios del grupo. Lole y yo vestidos de rojo, un guía vestido de guía y la familia del rosarino Óscar vestida de argentinos. Tras un primer momento de shock, pido que nos hagamos una foto con nuestras respectivas banderas. Sin problema. Todos convenimos que lo de luego sería memorable. Hay respeto. Abraham, el guía, se ofrece de árbitro.
Machu Picchu es un constante viaje que requiere un prodigioso ejercicio de paciencia. Colas y curvas. Miles de turistas vestidos de kalenji. Algunos arriesgan sus caderas descalcificadas por un selfie. Cuando llega nuestro turno de posar para la posteridad despliego la rojigualda de Naranjito y escucho un poderoso silbido. Era uno de los vigilantes del recinto sagrado que me recriminaba por lucir una bandera con un tomate. Le corregí alegando el carácter cítrico de nuestra mascota antes de acabar preguntándole que connotación política podría tener un fruto.Conflicto geopolítico-hortofrutícola. Apelo a la PAC.
A las 13:25 la visita va tocando a su fin. Reconozco que durante el último tramo mi mente ya estaba más en Nueva Jersey que en Yupanqui. La cola para tomar el autocar de vuelta resulta interminable. Uno de los organizadores del cotarro me ve nervioso y me tranquiliza apelando a la cábala. «¿Qué día es hoy? 19. Cómo el número de Lamine. Ganaréis. Lo aseguran mis antepasados incas». Fernando Huamam, que así ponía en su chapa identificativa, había apostado 500 soles por España.
El autobús baja al mismo ritmo que se incrementa mi agobio. Trato de conectarme a COPE por internet, pero los imponentes Andes borran cualquier rastro de cobertura. Me cago en ellos en sentido figurado.

La comida incluida en la excursión era en el restaurante de un hotel. Daban las dos y allí no había televisor. Renunciamos al almuerzo y dedicamos nuestras mermadas energías a buscar cualquier sitio con una silla y una televisión. Comer se puede hacer a diario, pero una final de un Mundial siempre puede ser la última. Tras subir saltando por dos calles nos metemos en un restaurante mexicano y encontramos el maná: sillas y televisor y minuto 3 de juego. Los prolegómenos han demorado el comienzo para mí alegría. Y va 0-0 a pesar de que por la calle habíamos escuchado ya alguna algarabía.
Lole me pregunta qué comer y qué beber. La mesera también. Hay un grupo de norteamericanos superfluos disfrazados de Indiana Jones y que no se enteran de nada y dos mexicanos, uno de ellos llamado Nacho, que se posicionan claramente con España y sufren y celebran cada lance.
La narración del partido que tengo que sufrir es la de un locutor argentino. Uno que llama «insoportables» a los jugadores españoles por caerse ante el aluvión de patadas y empujones que sufren de una selección que decidió vivir deceso en la final. Es un profesional lamentable. Llega el descanso.
Al volver de mear compruebo que dos argentinas han entrado al restaurante y se han colocado a tres sillas de donde he puesto la bandera. Sé que no voy a dejar de vivir el partido a mí modo. Es la final y continúo increpando a rivales y arbitro cuanto se merecen. Paredes merece ser expulsado por parecer lo que es: un homínido. Sin embargo, la roja la ve Enzo por una segunda amarilla alevosa. Dibu Martínez mantiene viva a una paupérrima Argentina hasta la prórroga y en ella Williams marca un 1-0 que no sube al marcador por lo que sea. Escribo que habrá que marcar otro y en el 106′ Ferrán remacha una asistencia de Williams. Lloro mientras me arrodillo delante de la tele sin tener en cuenta que estoy en un pueblo de Perú y en la cara de dos argentinas. Casi le rompo un dedo a Lole en la celebración. Nacho, mi amigo mexicano de final, me abraza y celebra. Los cocineros, que hace rato dimitieron de sus funciones, se ríen en segundo plano y aplauden. Sufro hasta el pitido final y salimos corriendo hacia la estación porque el tren debía salir en diez minutos. No habríamos podido ver la tanda y puede que no lo hubiera resistido. Recibo la deportiva felicitación de las dos argentinas que empatizan con mi euforia como, supongo, yo habría empatizado con la suya.
Ya en la calle quiero romper la tranquilidad de Aguas Calientes cantando, pero me doy cuenta de que los aficionados de la selección apenas tenemos cánticos para celebrar. Tiro del «campeones, campeones» a gritos y del manido «yo soy español». Me topo con una familia vestida con la blanca rota y nos abrazamos. No son españoles, pero iban con España. Un comerciante me pide la bandera y le digo que cualquier cosa menos eso le daría hoy. En el camino acelerado al tren un argentino que no ha visto el partido me felicita, pero me exceptúa que le han dicho desde su país que la expulsión a Enzo no fue. Cuando le digo el minuto de la roja se calla. Le remato recordándole que fue un baño de fútbol. No estoy para debates.
En la fila para acceder al Inca Rail que nos debe devolver a Ollantaytambo nos topamos con dos españolas que comentaban el mal perder de los argentinos. En la otra fila un grupo de rivales cantan y yo respondo con un «campeones, campeones» que es seguido por ellas y replicado por una señora con cara de pájaro que nos canta «saqueadores». Probablemente sus antepasados fueran los saqueadores, pero para saber eso habría que tener cierto nivel intelectual. Tampoco conviene calentar el ambiente porque jugamos, a fin de cuentas, en América.

En el tren de vuelta, última paradoja, hay un vagón en el que se hace una fiesta mientras se miran las estrellas. Acudo a él buscando la segunda que nos pondremos en el pecho con la sonrisa en el rostro y la bandera de Naranjito, que se convierte en objeto de deseo. Con ella se retratan noruegos, brasileños, ingleses… Y lo más sorprendente es que sabían que fue la mascota de España’82. Todos nos dan la enhorabuena y nos agradecen haber salvado el fútbol (eso me dicen ellos, no yo). Brindo con una cusqueña y el viaje pasa más rápido que el posterior en furgoneta a Cusco.
Agotada, Lole se acuesta. Yo, nervioso todavía, salgo a pasear sin temor mi recién estrenada segunda gloria por la ciudad imperial y recibo cinco felicitaciones y muchas miradas cómplices. Me acuesto sin poder dormir y pienso en que los incas tenían razón. Si me tienen que momificar algún día que no me extirpen ni los recuerdos ni el amor que almaceno en el cerebro.
Enhorabuena a tod@s 🇪🇸
