Johan Cruyff, el hombre que quiso ser nueve y acabó glorificando el 14

El flaco. El holandés errante. El Pelé blanco. Hendrik Johannes Cruijff fue para muchos el mejor jugador europeo de todos los tiempos. El hijo del verdulero y de la limpiadora fue ‘colocado’ por su madre en el Ajax con apenas diez años. Como ajacied lo ganó todo: seis Ligas y cuatro Copas holandesas; tres Copas de Europa, una Intercontinental y la Supercopa de Europa. No siempre llevó a las espaldas el catorce que le hizo célebre, tuvo que usarlo a la fuerza tras superar una lesión de ingle en el 71 y perder la titularidad. Su primer número, el que le gustaba, era el nueve.

En el verano del 73, Jaap van Praag, el presidente del Ajax estaba negociando su pase a algún club grande del continente. Lo tenía casi cerrado con el Madrid, pero Cruyff le dejó muy claro que estaba molesto por esos manejos a sus espaldas y llegó a amenazar con colgar las botas si no fichaba por el Barça o incluso con no jugar el Mundial de 1974 en Alemania si la Federación Holandesa frenaba el transfer. Tras superar todos los trámites, Johan no pudo debutar como azulgrana hasta el 28 de octubre, ante el Granada. El Barça estaba en zona de descenso y terminó aquella temporada como campeón por vez primera en catorce años. De los 24 goles que anotó en esa campaña sobresalió uno que le coló de espuela y en escorzo al cordobés Miguel Reina, que defendía en esos momentos la meta del Atlético. Recibió al final de esa campaña su tercer balón de oro.

Cruyff

Las dos siguientes temporadas fueron más discretas, y los blaugrana no lograron título alguno. Además, la llegada del alemán Weisweiler junto, una vez más, al complicado carácter de Cruyff hicieron casi imposible su continuidad. No obstante, aguantó un par de campañas más hasta que en el 78 emigró a Estados Unidos a hacer caja: primero los Aztecs de Los Ángeles y luego los Diplomats de Washington. Pelé, que era la gran referencia de ese campeonato que nunca terminó de despegar, dijo de él que cuando le vio jugar: “fue el mejor delantero de su tiempo”.

Ya por aquel entonces había renunciado a la selección de su país, con la que no pudo –aunque debiera– ganar ni el Mundial del 74 ni la Eurocopa del 76. El del 78 de Argentina no lo disputó por motivos de conciencia, para no respaldar la dictadura de Videla.

En el 81 protagonizó un rocambolesco episodio firmando por el Levante, en Segunda división y apenas metió dos goles -al Oviedo- en uno de los once partidos que disputó, antes de terminar su carrera en Holanda. Primero en el Ajax –donde inventó el penalti indirecto con Jesper Olsen– y luego, para recalcar su indómito carácter, en el Feyenoord, eterno rival ajacied. Allí, en el 84, le volvieron a nombrar mejor jugador de la Liga neerlandesa. Tenía 37 años.

Hemos contado la historia del Cruyff jugador. Quedaría la del Cruyff entrenador. La del técnico que -tras brillar en el banquillo de su Ajax- el 4 de mayo del 88, al ser presentado en el Camp Nou no prometió “títulos, sino espectáculo. Tengo la intención de marcar una época excepcional en este gran club que, como digo, es mi casa”. Cuatro Ligas, una Copa del Rey, una Recopa, una Intercontinental y, sobre todo, la primera Copa de Europa del Barça, la de Wembley del 92, parecen darle la razón a ese hombre del que Valdano dijo que “hacía lo que se le antojaba sobre la cancha”. Vamos, “en un momento dado”, genio y figura.

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