Una de historia: La increíble fuga de Henry ‘Box’ Brown

Año 1816. En Estados Unidos ocupa la presidencia el cobarde –por ello lo tiene la historia- James Madison. Madison es virginiano. Y blanco. También de Virgina, del condado de Louisa, es Henry Brown. Brown es apellido de negro. Y nace esclavo. Pero fue un hombre valiente.

Henry Brown

Henry Brown

Los quince primeros años de su vida los pasa bajo la tutela de un dueño “extrañamente bondadoso” (son palabras extraídas de su biografía). Brown aprovecha las concesiones que le permite su amo y aprende todo lo que puede en los libros y en la calle. Pero en 1831 fallece su dueño y a Brown le envían a una plantación tabaquera en Richmond.

Allí vivió de primera mano la rebelión de Nat Turner, y supo cómo le habían ahorcado y luego descuartizado. Pero Brown era muy joven entonces para luchar y muy apto para amar, así que encontró a una mujer llamada Nancy, se gustaron y se casaron. ¿El problema? Nancy también era negra. Y esclava, naturalmente. Así que su matrimonio no tenía ninguna validez legal. No solo eso, sino que los tres hijos que tuvieron, según la doctrina imperante partus sequitus ventrem, iban a ser esclavizados también cuando fueran útiles.

Y así sucedió. Y Brown tuvo que vivir cómo a Nancy y a sus tres hijos los vendían en 1848 a todo esclavista. No podía hacer nada. O sí.

En ese momento, Brown tuvo una “visión celestial”. Era un plan descabellado. Pero podía funcionar. Necesitaba ayuda y contactó con un liberto llamado James C.A. Smith y con un tendero de ideas progresistas (Samuel Smith). Entre los tres acordaron que la mejor fórmula era enviar a Brown a un Estado en el que la esclavitud no estuviera permitida. Literalmente.

Se pusieron en contacto con una sociedad antiesclavista de Pennsylvania y acordaron enviarle a Brown metido dentro de un paquete. Así que introdujeron los cinco pies y ocho pulgadas (1,72 metros) de Brown en una caja de tres pies de alto, dos de ancho y dos y medio de profundidad (hagan sus cuentas de cómo podía ir de estrecho). El esclavo pagó 86 de los 166 dólares que había ahorrado durante toda su vida y lo dejó todo en manos de sus cómplices.

Quedaba un detalle: librarse por un día de sus trabajos forzados. Para ello, se quemó a posta su mano con ácido sulfúrico. Así pudo ir a la ciudad para que curaran sus heridas. Con una mano quemada, un orificio en la madera para respirar, un poco de agua y unas galletas, Henry Brown (ya “Box” Brown, por lo de la caja) comenzó su viaje en tan angosto espacio el 29 de marzo de 1849. Fue llevado durante 29 horas en carreta, ferrocarril, barco de vapor, ferrocarril, barco, de nuevo ferrocarril, y por último vagoneta. A pesar de la etiqueta de “manejar con cuidado” y de “este lado hacia arriba”, la caja de Brown se llevó múltiples golpes y fue colocada de las más diversas maneras (con todo el sufrimiento que eso iba generando en su ocupante).

Brown saliendo de su caja.

Brown saliendo de su caja.

Pero Brown aguantó y, a pesar de llegar casi exhausto a su destino, cuando el presidente del centro antiesclavista, William Still, abrió la caja que terminó por rebautizarle tuvo fuerzas para decirle, flemático: “¿Qué tal está usted, caballero?”.

Henry Box Brown se convirtió en un activista por su causa, la de la libertad. Tuvo incluso que emigrar a Inglaterra en 1850 cuando ni en el norte estaba seguro. Jamás volvió a ver a su mujer Nancy ni a sus hijos, pero nos dejó una frase que puede servir de leitmotiv: “si nunca has sido privado de tu libertad, como yo, no puede uno darse cuenta de la fuerza de la esperanza en la libertad , que fue para mí, de hecho, un ancla para el alma segura y firme”. Hasta en una pequeña caja se puede esconder un enorme anhelo.

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