El gol de Ghiggia

El gol de Ghiggia cambió el fútbol. Era el minuto 34 de una segunda parte de un partido de hace 65 años y un día. Era Maracaná y le miraban 200.000 personas. Agachó la cabeza y echó a correr por su flanco derecho tras el regalo de Julio Pérez. Bigode no le podía seguir el ritmo. Hubiera necesitado cuatro piernas. Tampoco Juvenal, que ya pensaba en cómo llevarse las manos a la cabeza para penar con elegancia. Disparó el ‘siete’ con la derecha, “la pelota rasante al poste escapó al contralor del portero”, como recitó el locutor Solé. La pelota toco madera y crucificó a Barbosa, un morocho que ya nunca recuperaría su autoestima por mucho que luego otro uruguayo –Tabaré Cardozo– le dedicara una cariñosa tonada. Ni quemar aquellos los tres palos de aquel madero que le regalaron le liberó de la pena. A Barbosa le visitó años después una señora en la tienda que regentaba y, al verle, llamó corriendo a su hijo que le esperaba en su coche para decirle: “Ven, mira al hombre que hizo llorar a Brasil”.

Ghiggia batiendo a Barbosa

Ghiggia batiendo a Barbosa

El gol de Ghiggia pintó para siempre de amarillo la camiseta hasta entonces blanca de Brasil y de un celeste que aún perdura la fachada Maracaná, haciendo la más ingrata tarea del universo la de aquellos trabajadores cariocas que dedicaran meses de sus vidas a flagelarse con una brocha.  Ese gol también arruinó la primera gran campaña publicitaria a costa del balón, mandando a la basura las más de quinientas mil camisetas ya impresas: “Brasil Campeâo”.

La Uruguay campeona del 50

La Uruguay campeona del 50

El gol de Ghiggia se cagó en los pusilánimes dirigentes y hasta en el entrenador de la República Oriental del Uruguay, que le pidieron a sus representantes sobre el verde en el propio vestuario que al menos no perdieran por muchos en esa final. Les contestó Obdulio Varela, El Negro Jefe, diciéndoles a sus compañeros que todos los de fuera eran de palo. Que en el fútbol nunca debe dar miedo ganar. Ni perder si es de buena ley. Y que cuando uno lo tiene todo perdido –como cuando Friaça metió el primero- o mejor es coger el problema con las dos manos e ir despacito hacia el centro del campo, como hizo Obdulio para desconcierto de sus enemigos. Y mirarles. Y decirles con la vista que les vas a ganar. “Si entramos vencidos es mejor ni salir al campo de juego, no vamos a perder ese partido, y si la hacemos no será por cuatro goles”. Todo eso dijo el Negro Varela.

El gol de Ghiggia aisló a Jules Rimet acunando su propia copa sobre un verde color azufre. Deseando darla como a quien le arde un cáliz en las manos hasta que se la entregó a Varela de forma clandestina, como el que pasa la droga de lo imposible. Nadie vio ese acto: los brasileños porque se taparon los ojos y los treinta uruguayos de Maracaná porque no se arriesgaron a abrirlos por si estaban soñando.

Ghiggia, homenajeado en su país

Ghiggia, homenajeado en su país

El gol de Alcides Ghiggia provocó el silencio más ruidoso de la historia. Y en Brasil, como explica Antonio Fagundez en su corto en el que trata de cambiar la historia, “durante 38 años, entre tragedias y victorias, aquella derrota permanecería como una señal del destino para comprobar que en este país nada va a salir bien”. Por su gol se mataron algunas personas mientras que en Uruguay otros muchos llegaron al mundo nueve meses bautizados con su nombre y apellidados con su gol. Y generó lo que para muchos ha sido la mayor sorpresa de los Mundiales, a pesar de que ni aquélla Brasil era tan fuerte ni –sobre todo- aquélla Uruguay era tan pequeña.

E incluso después de marcar el gol probablemente más importante que este deporte ha parido, a Ghiggia El Cotorra Míguez le recriminó: “Pero no me viste, que estaba esperando el pase”. Ghiggia, justo después de cantarlo como se cantan en Sudamérica, le replicó, resumiendo la esencia del fútbol y de la vida: “Dejá la bola, que ahí (besando la red) está bien”.

El gol de Ghiggia cambió el fútbol. Pero ni el propio fútbol, ahora más feo y más previsible, ha conseguido cambiar el gol de Ghiggia.

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