Un cuento: El escritor famélico

“Hay dos clases de lugares: aquellos de los que uno habla, y aquellos de los que uno no habla pero frecuenta igualmente”

Me llamo Markus. Soy escritor. Tengo hambre, porque como poco y mal, así que, en consecuencia,  estoy muy delgado. Estas eran las premisas fundamentales del anuncio que suscitó mi atención en el Berliner Tageblatt de hace tres meses. Apenas había una dirección y la cuantía máxima a la que podía aspirar. Un puñado de marcos que suponían diez veces más de lo que no ganaba con la pluma.

Recuerdo que en mi deambular hacia la Blumenstrasse -lugar de mi entrevista de trabajo- elucubré sobre los motivos que podría tener alguien para contratar a un escritor famélico. Pensé en que tal vez algún editor confiara en la elocuencia del ayuno. ¿Buscaban un San Jerónimo eremita, tal vez?

Bundesarchiv_Bild_183-R52689,_Berlin,_Potsdamer_PlatzMis dudas no se disiparon al comprobar la naturaleza de la empresa que podía precisar de mis servicios. El número diez de la Blumenstrasse estaba ocupado por el Residenz-Casino, uno de los cabaret más prestigiosos de cuantos rodean la Alexanderplatz. Había escuchado hablar de él, aunque naturalmente y en mi condición económica nunca había ni siquiera pensado en entrar como cliente. Contaban que tenía una fuente de chorros de colores inmensa en su interior, que entre los distinguidos comensales podían flirtear mediante una suerte de intercomunicadores entre las mesas que facilitaban un juego sexual que en algunas ocasiones incluso terminaba en una bodega acolchada que tenían habilitada para tales coyundas.

Una despampanante secretaria deshizo mis iniciales dudas y me invitó a pasar a una sala donde estaban los otros candidatos al puesto de trabajo, prometiéndome una espera corta. La competencia parecía dura. Al lado de algunos de los allí presentes -desdentados, desarrapados, piojosos, harapientos y tiñosos- me sentía un burgués de Unter den Linden. Me dio hasta vergüenza liarme un cigarrillo con el tabaco que mi padre, que seguía albergando esperanzas de que regresara al villorrio de Franconia donde nací, me regaló por mi cumpleaños.

-Herr Prögler, bitte.

La dulce voz de la veinteañera asistenta me llamó con amabilidad. Apenas habían pasado quince minutos de espera que se me hicieron cortos ante la expectación y las múltiples interrogantes sobre nuestra presencia allí. ¿Acaso querrían un guionista para un número nuevo? ¿Lo irían a reformar como teatro?

Fui recibido en una lujosa sala, un tanto recargada para mi gusto, por un típico empresario de los retratados por George Grosz. Se levantó pesadamente de su poltrona para darme su sudorosa mano. Quevedos minúsculos sobre nariz prominente. Amplios mofletes sonrosados y calva disponible para varios Messerschmitds. Smoking oscuro y corbata de oficinista que contorneaba, puesto que no se había abrochado los botones, una oronda figura que junto a la mía formaban los dos extremos perfectos.

-Siéntese, Markus. Creo que se llama Markus, ¿no?

No me gustó el exagerado tono coloquial de su saludo. Me temía lo peor.

-Verá, iré al grano. Como usted sabrá, en el Resi siempre buscamos lo último para nuestra exigente clientela. La competencia es difícil, el auge de estos espectáculos en este Berlín encantador que vivimos es espectacular y cada vez resulta más complicado encontrar algo que resulte verdaderamente innovador. Desde las fiestas de La Scala con sus pequeñas criaturitas desnudas celebrando la Primavera, hasta las orgías del Tingel-Tangel o el explosivo “Conférencier” del Komiker…

-Me prometió -tercié insolente- que iría al grano…

metropoli_grosz_thyssen_mu569x1978.23x_c.jpg_1306973099El empresario, que hasta ese momento había observado una posición más bien distante y fría rió con naturalidad. De sus minúsculos esputos deduje que mi osadía no le había sentado del todo mal. Se encendió un puro de a marco la unidad, me ofreció otro que rechacé por orgullo de clase y continuó hablando.

-Me gusta. Tiene carácter. Bien, pues allá voy. No le quiero a usted por sus dotes literarias. Ni siquiera por su aspecto físico. Le quiero por lo que representa. Es usted un escritor. Y está hambriento. Y eso lo dice no solo su huesudo rostro. Ni sus costillas prominentes. Lo dicen sus ojos. Sus ojos tristes. Su mirada muerta de esperanza. Sus escasas ganas de vivir y su desazón por lo injusto de este mundo. Quiero exhibir su pena en una jaula. Quiero que los comensales que se sienten en cualquier mesa del Residenz vean su dolor mientras degustan sus bratwurst, sus knoblauch o sus wienerschnitzel. Que brinden a su propia salud y sientan multiplicar su ventura ante su desgracia. Que se convenzan aún más de que, en este tiempo y en mitad de tanta subversión comunista, si existe una lucha de clases ellos la han ganado. Porque, me figuro que usted será comunista o, si no lo es, aspirará a serlo. Pues quiero que la cerveza y el champán corran felices ante sus ojos. A cambio, naturalmente, usted dispondrá de ese sueldo tan jugoso que le prometía el anuncio. Y las propinas, que no serán pocas. Créame amigo que a cambio de esas dos horas diarias de humillación usted dejará las miserias. Tendrá otras 22 horas del día para odiar a los ricos, a los poderosos e, incluso, hasta le recomiendo que así lo haga, para hacer cosas de comunistas como escribir o protestar. ¿Qué me dice, eh? ¿Se lo quiere usted pensar? Para mí las entrevistas terminan con usted, creo que da el perfil adecuado. No es feo, con lo cual dará más lástima, y su forma de vestir denota un pasado algo menos penoso que el de la otra chusma que ha venido a esta cita. Su sola presencia denota el error de su elección y eso es, exactamente, lo que quiero transmitir cuando le meta en esa jaula. Perfectamente acondicionada, eso sí, el Resi cuida a sus trabajadores. Bueno, le veo aturdido, piénselo. Le doy dos días de margen. No me desilusione y sabré recompensarle generosamente.

Efectivamente, estaba aturdido. La claridad expositiva del plutócrata me dejó sin respuesta. Ensimismado, abandoné el Residenz sin ni siquiera despedirme de la bella secretaria. Me sentí como un personaje de los de Brecht de los de la Ópera de los tres centavos que acababa de estrenar. Nunca me identifiqué con la causa proletaria. Ni siquiera, por mis cada vez más lejanas convicciones religiosas, simpaticé con el socialismo. Ante mí, la opción de ser el Wilhelm Bendow de los bastardos y olvidados. La Margo Lion de los de la tercera clase. Un residuo social de la intelectualidad expuesto a las críticas y a la mofa. A la bufa de otros que se creen superiores por la simple condición de poseer el capital.

El resto de aquel lunes de hace tres meses pasa por mi cabeza como entre tinieblas. Acudí a mi sórdido garito de costumbre, me tomé innumerables jarras de cerveza y no menos schnapps. Brindé por el comunismo, creo. Brindé luego por el capitalismo, creo. Departí con unos marineros de permiso que reían mis ocurrencias mientras despotricaban contra el estado de la República. Pensé en arrojarme al Spree, pero preferí fornicar con una fulana madura de generosos pechos que me robó los últimos pfennings que me quedaban. Desperté más decrépito de lo que jamás lo había estado, con vómitos propios y ajenos sobre mi ropa y con un tremendo dolor de cabeza que, sin embargo no había hecho olvidar mi disyuntiva moral tras mi peculiar oferta de trabajo.

Disyuntiva que, sin embargo, no era tal. Me educaron en la cultura del esfuerzo. Los campos de trigo de la granja familiar en Zirndorf no se cultivaban sin muchas horas de sudor, sed y paciencia. La escritura, el noble oficio que elegí, es similar a la agricultura. Uno siembra con trabajo unas semillas que, a base del riego constante de la perseverancia, terminan dando sus frutos. Antes o después. Estaba seguro de que tal vez no hoy, ni mañana, pero sí en un futuro el nombre de Markus Prögler estaría a la altura de los grandes. ¿Goethe y su nacionalismo furibundo? Tal vez sea pedir mucho. ¿El cursilón de Schiller? Qué más dará. ¿Acaso el frenético y peligroso Nietzsche? Todos imperiales. Todos tuvieron que superar infiernos personales para llegar a la gloria. Y yo lo iba a hacer. Sin que nadie mi pisara. Sin prostituirme intelectualmente.

Así que, por supuesto, desde hace tres meses menos dos días estoy trabajando en el Residenz. A excepción de unas mínimas normas como la de no afeitarme la barba más de lo preciso y una estricta dieta, el trabajo está bien. Los orondos comensales y sus rameras se ríen de mí y yo, por dentro y solapadamente, de ellos. En mis ratos libres he avanzado bastante en mi primer recopilatorio de cuentos – “Sueños espaciados”, se llamará-. He ahorrado cien marcos y, además, llevo ya un mes haciendo el amor cada noche con la secretaria de mi jefe. A ella también le gustan los idealistas como yo.

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