Una de historia: Vassily Arkhipov, el hombre que salvó al mundo

Vassili Arkhipov. Este nombre, así, de primeras, aparte de sonar a eslavo, no tiene un apartado especial en los libros de historia. Es lo que tiene ser un héroe anónimo. Uno de ésos que cambian las cosas con una simple acción heroica. Puede que gracias al señor Arkhipov usted esté vivo. Y yo. Y toda la humanidad. Y no es una exageración.

El semidesconocido héroe Vassily Arkhipov

El semidesconocido héroe Vassily Arkhipov

Pongámonos en situación. 1962, Cuba, Guerra Fría (templada, más bien). Después de la fracasada invasión proyectada por la CIA y los exiliados en Miami en Bahía Cochinos y del fracaso de la –ésta sí respaldada por Kennedy- operación Mangosta (que trató de arruinar el gobierno comunista de la isla), Castro solicita ayuda militar a Nikita Jruschev. El líder soviético se frota su reluciente calva y no duda en aceptar el envío de mísiles balísticos y otras joyas de su arsenal –entre ellas, 45 ojivas nucleares– para apuntar a los Estados Unidos (operaciones Anádir y Kama). Los aviones espía U-2 norteamericanos, aún no asimilados por la inteligencia de la URSS, detectan el envío a mediados de ese año 62 y, naturalmente, Kennedy reacciona (los misiles se habían colocado a 200 kilómetros de suelo de Florida).

Así las cosas, en octubre la escalada de tensión y de amenazas entre las dos superpotencias nucleares llega a su cima. Un grupo de submarinos soviéticos B-59 trata de burlar el embargo al que ya someten los Estados Unidos a la isla caribeña. En uno de ellos marcha el oficial Arkhipov. No es nadie en especial. De hecho, no es ni el capitán de la nave –de nombre Vitaly Savitsky– ni tampoco el comisario político que mantuviera la ortodoxia a bordo, un tal Ivan Semonovich Maslennikov.

Las órdenes dadas por el Secretario de Defensa americano eran claras: “identificar y bloquear el paso de cualquier nave que tratara de entrar en aguas cubanas”. Así, el 27 de octubre de 1962, un grupo de destructores de la marina detecta a las naves soviéticas. No saben que tienen capacidad para lanzar torpedos nucleares y el USS Beale comienza a enviarle cargas de profundidad. Las cargas de profundidad no son un instrumento directamente ofensivo sino disuasorio, con la finalidad primaria de que el submarino saliera a la superficie (o, en caso contrario, de fijar su posición).

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Submarino soviético B-59

La guerra no ha estallado. Kennedy y Jruschev siguen con su pulso entre Cuba y Turquía. Pero en el fondo del mar ninguno de los tripulantes de ese B-59 ruso lo saben. Discuten entre el ensordecedor sonido de las cargas. Tienen autorización del kremlin para apretar el botón de sus proyectiles nucleares si así lo estiman oportuno. Y no saben nada de Moscú ni tienen cuerpo para ponerse en contacto con nadie en su país. Se reúnen de urgencia los tres hombres de más peso de la nave. Savitsky, el capitán, dice que deben atacar el veterano portaaviones USS Randolph. Viene a expresar, encendido, que prefiere morir matando. El comisario Maslennikov da la bendición de los herederos de Lenin a la operación. Todo está a expensas de Arkhipov, un hombre normal. O no.

Si Arkhipov hubiera dado su consentimiento –era preciso unanimidad a bordo del submarino-, a juicio de todos los actores principales de la historia –desde Jruschev a Mcnamara- hubiera estallado la Tercera Guerra Mundial. Esa de la que dijo Einstein que haría que la cuarta fuera con piedras y lanzas.

Pero Arkhipov, para su suerte y para la mía, dijo que nones. Convenció –debía ser un hombre con talante y buena reputación- a sus camaradas de que era mejor ser prudente (imaginen esa decisión en mitad de lo que parece un bombardeo enemigo) y conminó a salir a la superficie y tratar de ponerse en contacto con sus superiores.

Así pasó. El B-59 reflotó y dio la vuelta ante el alivio de los norteamericanos y de todo el mundo. Kennedy y Jruschev tuvieron tiempo de hacer las paces y la Guerra Templada volvió al congelador. Nunca el mundo ha estado tan cerca de la aniquilación.

Tuvieron que pasar muchos años –en 2002- hasta que su nombre salió a la luz. Lo dio a conocer el Director del Archivo de Seguridad Nacional americano, Thomas S. Blanton. Fue contundente: “Un tipo llamado Vasili Arkhipov salvó al mundo”.

Después de su acción, el héroe anónimo siguió progresando en su carrera hasta llegar a vicealmirante. Murió en 1998, con 72 años. Su enfermedad pudo deberse a la exposición a las armas nucleares en los años 60. Hoy no existen plazas ni calles ni monumentos que lleven su nombre. Por eso, si cabe, su historia merece más ser recordada.

Enlaces relacionados:

http://www.theguardian.com/commentisfree/2012/oct/27/vasili-arkhipov-stopped-nuclear-war

http://www.taringa.net/posts/ciencia-educacion/16328435/Vasili-Arkhipov-el-marino-sovietico-que-salvo-al-mundo.html

http://www.abc.es/20120509/archivo/abci-crisis-misiles-cuba-201205071319.html

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