Twitter: La prisión de los 140 caracteres (no va de fútbol)

Me vais a permitir una reflexión que nada tiene que ver con las cotidianas historias de fútbol y vida que podéis leer en este blog. Como los que me seguís por twitter ya sabréis, el otro día, cuando se confirmó que Córdoba pasaba a nivel 0 de alerta sanitaria, escribí una humorada, chominada o gilipollez en la red de los 140 caracteres. Pude no haber escrito lo que escribí. Pude haberlo puesto de otro modo o pude redactarlo de un modo más sardónico o irónico. Pero así quedó.

Cuando pulsé el botón de “Twittear” nunca imaginé la repercusión que esos escasos 29 signos tendrían. Desde el momento en el que mi hiperbólico comentario se publicó la bola de nieve rodó y rodó acumulando tergiversaciones, versiones diversas, acusaciones cruzadas y algún que otro -pocos, afortunadamente- insulto.

En primer lugar, me sorprendió que hubiera muchos que relacionaron mi consideración con un deseo de prohibir una postura concreta, en este caso el uso de mascarillas. En ningún momento me posicioné contrario a su empleo, pero el simple hecho de cuestionar su uso en determinados momentos ya supone -o les supone a muchos- que mi voluntad es impedir que haya quien se las coloque en todo momento. Es una costumbre demasiado extendida en estos tiempos. Todo o nada. O conmigo o contra mí. O enmascarado o negacionista. El gris no está de moda.

Escribí, como forma de afinar o complementar mi primer tuit, otro en el que orientaba más el tiro por el que iba mi primer planteamiento. No señalaba, nunca fue mi intención, a aquellos que -dentro de su libertad personal- opten por una visión más precavida a pesar de la mejoría hecha pública dentro de la pandemia. Por el contrario, era precisamente al colectivo laboral en el que desarrollo mi actividad -la prensa- a quien achacaba que se sigan llevando a cabo determinadas conductas que a mi me parecen innecesarias. Bueno, a mi y -según dicen los que saben del tema- a la ciencia. Porque en los últimos meses los medios han manipulado, señalado a colectivos “irresponsables” y hecho cundir un pánico innecesario con el único fin de obtener audiencia -y en consecuencia dinero-. Los mismos medios, en algunos casos, que consideraban risible que hubiera quien se colocara mascarilla en los primeros momentos de este desastre que, afortunadamente, ya empieza a tocar a su fin. Una postura indigna que me ha provocado una especial vergüenza.

A pesar de esa matización -nunca justificación- tuve una extraña conversación con una mujer a la que recalqué mis planteamientos y que -erre que erre- insistía en que yo era un negacionista y un irresponsable que pretendía burlarme del miedo de la gente. Con cada respuesta calmada y serena que le daba se crispaba más hasta bloquearme sin que yo la hubiera insultado ni menospreciado. Es más, no paraba de indicarme que yo era el ofendido cuando siempre le dejé claro que yo no estaba en ningún caso indignado ni cabreado con su visión opuesta a la mía.

Pero tal vez lo que más me dolió de toda esta historia fue el daño colateral que sufrió un tercero al que considero buena persona. Un hombre que dio su versión e hizo público su miedo en la red de los tiburones. Unos cuantos usaron sus palabras para vilipendiarle, ridiculizarle e incluso hacer chanzas a su costa. La mayoría de ellos desconocen el motivo de ese miedo. Esa persona -a veces un termino que se olvida cuando se ve un icono o un nombre en internet- sufrió un cáncer que le ha dejado inmunodeprimido y, en consecuencia, más expuesto de lo normal. Y tiene un miedo lógico. Quiero creer que ninguno de los que le atacaron sabían esta circunstancia, porque nadie sabe realmente lo que la otra persona piensa o siente cuando teclea. Ni sus intenciones reales.

De toda esta experiencia extraigo apenas dos conclusiones, porque tampoco da para mucho más. La primera es que cualquiera está expuesto a poco que dé su parecer sobre algo en estos tiempos a juicios sumarísimos en los que no cabe defensa porque, en determinados ámbitos, la mejor respuesta es el silencio. Hay que asumirlo y responsabilizarse de ello con cierta entereza. Borrar una opinión inocente y libre (no todas lo son) es, siempre, una derrota del sentido común y de la independencia. La otra es que falta empatía. La que se precisaba para comprender lo que yo quise escribir en mi tuit en sus justos términos -no iba contra nadie salvo contra quien maticé que iba: el terror impuesto por los medios- y la que también se necesita -y yo el primero para no generalizar- para comprender los motivos que pueden mover a alguien a dar una opinión que puede parecer irrelevante o descabellada.

Y, claro, que tampoco sobra humor en este mundo en el que vivimos. Que a twitter hay que venirse llorado y preparado para todo. Y que seguiré opinando en la prisión de los 140 caracteres de lo que considere oportuno. Porque no hay nada, siempre lo creeré, que no pueda discutirse dialogando. Y tampoco nada que nos deba ser ajeno en este mundo en el que todo molesta, todo ofende y todo es censurable. Porque salir del juego es dejar la oportunidad de cambiar sus normas. Y porque twitter, no voy a ser hipócrita, me ha dado mucho más de lo que puede haber quitado.

Disculpad la parrafada. El siguiente ya volverá a ser de penaltis, paradas, goles y sordideces varias. Y prometo no escribir nunca más la palabra “embrague” en un tuit.

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